Uno lleva un training. Abrir los ojos y cerrarlos haciendo creer que ya no vemos nada. Seguimos viendo lo que mirábamos. Hasta que abrimos los ojos otra vez y entonces ya no vemos nada. Uno viene desde el sueño a veces, una escena en vivo de la memoria en la pantalla en la cabeza. Actúa su parte desde el dictado que nos apunta el pasado. Vive su soundtrack propio.
En este cortometraje de muertos, procuro romper el cuadro que un desconocido filma sin enterarnos. Este insomnio de Té, de zapping lamentable por canales del cable, tiene una razón y motivo. Suena Chet Baker, su trompeta.
Amanecemos antes del alba. Voy tomando en la mano el Sol, lo unto con el viento entre las ramas y los pájaros que ya no cantan, y te lo ofrezco al despertar de desayuno para que seques el sudor de tus ropajes al llegar ante mi casa.
Me levanto y nunca llegas. Me quedé dormido en un bodrio de Hallmark en donde aparece una muchacha con el mismo entornar de ojos que los tuyos y en donde quien me filma y escribió esto, decidía que me dormía y te soñaba llegando ante el timbre dañado enmarcado por la rejas de la casa. Que tampoco existe. Como tampoco la taza vacía de Té al borde de la mesa, a lado del control remoto del cable que ven mis ojos amargos, tan abiertos.Tan entrenados desde la falta de sueño y los motivos
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martes, 22 de septiembre de 2009
lunes, 14 de septiembre de 2009
La vigilia y el sueño
A Alejandro Oliveros
Respeto el pudor de las personas. Tengo conocidos, amistades, que prefieren el momento del sueño para hablar conmigo, para hacerme saber lo que quieren. Está una muchacha que, para mi desconcierto, me mira con un deseo furioso y dulce mientras me acerca sin complejos la longitud de su cuerpo. Gente del trabajo que bebe con uno. Amigos del liceo que me cuentan que ha sido de ellos. A veces se apilan en la entrada, a veces uno por uno. Pasa a veces que no llega nadie y me dejan seguir en lo más oscuro de mi sueño. This land will not comunicate, decía Auden, y entiendo desde la nostalgia de quien espera una epístola, alguna razón de aquellos que están tan lejos de hablarte sin complejos. Uno también lo hace: se pone sus disfraces y sale a velar a quienes anhela. Se llena de palabras y los rodea: para unos, conmovedoras; para otros, irónicas; para el resto, un intento de ser precisas. Pero nunca exactas como quisieras, nunca pertinentes, nunca concretas.
Hablar en sueños es hablar desde una bisagra: el contar lleva un camino de Argonauta y el delirio de Coleridge. Me gusta que aparezcan ellos, así, con grandes ropajes en la desnudez de mis complejos. Me siento menos solo. Me siento menos lejos de aquellos.
Acepto el pudor de las personas. Son bienvenidos en la ambigüedad de mis palabras, son bienvenidos en la inconstancia irresponsable de mis sueños. Que nunca condenan.
Respeto el pudor de las personas. Tengo conocidos, amistades, que prefieren el momento del sueño para hablar conmigo, para hacerme saber lo que quieren. Está una muchacha que, para mi desconcierto, me mira con un deseo furioso y dulce mientras me acerca sin complejos la longitud de su cuerpo. Gente del trabajo que bebe con uno. Amigos del liceo que me cuentan que ha sido de ellos. A veces se apilan en la entrada, a veces uno por uno. Pasa a veces que no llega nadie y me dejan seguir en lo más oscuro de mi sueño. This land will not comunicate, decía Auden, y entiendo desde la nostalgia de quien espera una epístola, alguna razón de aquellos que están tan lejos de hablarte sin complejos. Uno también lo hace: se pone sus disfraces y sale a velar a quienes anhela. Se llena de palabras y los rodea: para unos, conmovedoras; para otros, irónicas; para el resto, un intento de ser precisas. Pero nunca exactas como quisieras, nunca pertinentes, nunca concretas.
Hablar en sueños es hablar desde una bisagra: el contar lleva un camino de Argonauta y el delirio de Coleridge. Me gusta que aparezcan ellos, así, con grandes ropajes en la desnudez de mis complejos. Me siento menos solo. Me siento menos lejos de aquellos.
Acepto el pudor de las personas. Son bienvenidos en la ambigüedad de mis palabras, son bienvenidos en la inconstancia irresponsable de mis sueños. Que nunca condenan.
lunes, 27 de julio de 2009
Esta lengua que me aprendo
Me sé el menos aventajado de tus alumnos.
Me cuesta deletrearte el cuerpo.
Soy torpe, lo sé, y me lo recuerdan apropiadamente amigos más avezados.
Pero uno te sabe en el paladar y empieza a chuparte como durazno que se abre.
He visto el punto exacto en donde disfrutas la caricia y se blanquean tus ojos, y aún así me miras.
No conozco las artes de subir balcones y por eso las alturas gramaticales de tu cuerpo me hacen trizas.
Te espero al final del parque y, cuando nadie te mira, te rapto y violo detrás de un banco, en los últimos árboles, hacia una esquina. Tapo tu boca y te acaricio. Sólo entonces habla tu cuerpo para mi, te entiendo y puedo aprenderte cada día.
Así, siempre ando al acecho. Sé muy poco de metodologías. Solo cumplo con devolverte, magreada pero vestida.
Así aprendo a escribirte, lengua mía: del balcón donde te miro y no comprendo, a la cama de hojas en que te acechan manos y boca que aún así son tuyas y no mías.
Sólo desde el rapto te comprendo, solo desde el deseo puedo leerte y hacer de tus palabras un hervidero de saliva.
Me cuesta deletrearte el cuerpo.
Soy torpe, lo sé, y me lo recuerdan apropiadamente amigos más avezados.
Pero uno te sabe en el paladar y empieza a chuparte como durazno que se abre.
He visto el punto exacto en donde disfrutas la caricia y se blanquean tus ojos, y aún así me miras.
No conozco las artes de subir balcones y por eso las alturas gramaticales de tu cuerpo me hacen trizas.
Te espero al final del parque y, cuando nadie te mira, te rapto y violo detrás de un banco, en los últimos árboles, hacia una esquina. Tapo tu boca y te acaricio. Sólo entonces habla tu cuerpo para mi, te entiendo y puedo aprenderte cada día.
Así, siempre ando al acecho. Sé muy poco de metodologías. Solo cumplo con devolverte, magreada pero vestida.
Así aprendo a escribirte, lengua mía: del balcón donde te miro y no comprendo, a la cama de hojas en que te acechan manos y boca que aún así son tuyas y no mías.
Sólo desde el rapto te comprendo, solo desde el deseo puedo leerte y hacer de tus palabras un hervidero de saliva.
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