89 vueltas a la tierra llevó Bergamín sobre sus espaldas. Hijo de comunista y madre católica, es quizás una de las figuras más raras de España, como lo son Gómez de la Serna y sus Greguerías, aforismos y frases y sentencias; Max Aub y sus cuatro suelos en donde pisar: alemán, francés, español y mexicano; Jorge Semprún, exiliado por razones propias a la lengua francesa, como Beckett; o Luis Cernuda, andaluz homosexual, anglófilo y brillante. Bergamín es de esos temples incatalogables, a quienes la crítica literaria llega a huirle por no poder colocarle un cartel que lo identifique: fue ensayista, poeta, editor, cronista taurino, hombre cercano al aforismo, dramaturgo, activista político. Fundador de Cruz y Raya, una de las revistas más importantes de España y emblema de la generación del 27 (a la que le gustaba llamar Generación Republicana), se encargó con vehemencia de publicar a los principales escritores de españoles de su tiempo. Comunista acérrimo, católico convencido, nunca tuvo miedo de sus contradicciones. Hizo de España el centro del Congreso Internacional de Escritores Antifacistas, ese fracaso en donde Stephen Spender comenzó a blanquear sus cabellos y tantos sus esperanzas.
Bergamín vivió exiliado a partir del triunfo de Franco en México, Venezuela, Uruguay y Francia. Volvió en dos ocasiones a España, en donde siempre era perseguido y vilipendiado por su constante conspiración política. Bergamín terminó, en su radicalismo político, afiliándose a Herri Batasuna y autoexiliándose en el País Vasco en donde decidió morir con la decisión de ser enterrado en Fuenterrabía, con este verso en la boca:
Fui peregrino en mi patria desde que nací
Y fue en todos los tiempos que ella viví,
Y por eso sigo siéndolo ahora y aquí
Peregrino de una España que ya no está en mí.
Y no quisiera morirme aquí y ahora
Para no darle a mis huesos tierra española.
Su sequedad, ese amor por la tierra que se hace odio y convive en el pecho, es similar al que sintió Cernuda. Hombres de talante religioso, vivieron su pathos de españoles hasta el fin.
En su estadía por Venezuela, que duró un año, 1946, dictó cursos en la Universidad Central y en el Pedagógico. Renunció por considerar el nivel de sus alumnos demasiado bajo y se marchó a Montevideo.
Bergamín fue de esos artistas a quienes el alma se les salía por la boca y al verla en el piso, no dudaban en pisarla. La recogían luego y la guardaban en algún bolsillo del abrigo para coserla de madrugada.
De sus libros, aparte de De una España peregrina, y Aforística y epigramática 1935-1981, conservo los de toros, en especial La claridad del toreo. Me enseñan a entender el elemento salvaje en nosotros, cuan cercanos estamos a los hombres y mujeres de Altamira. La escritura de Bergamín es la de un estilista puro y refinado, elegante. No precisamente como la vida lo trató, en especial España, ni como él trató, en los excesos de sus acciones, a ella.
Bergamín no fue un hombre como Juan Goytisolo, tan poco español, con casi nada de ella en sus hombros o páginas. Llevaba a España como su cruz y la separó de él a punta de cuchilladas, siendo también la mayor de sus pasiones desoladas.
Era un hombre astillado, como tantos del siglo XX, tantos que no supieron leer bien su partitura.
Fue uno más que tomó en sus manos un puñado de su tierra, y se dedicó a rabiarla. Y a amarla sin cuidados.
domingo, 7 de junio de 2009
Ciudades
¿Me habitan las ciudades o solamente se recorren?, ¿qué tan de paso es uno?, ¿cuánto de ellas llevamos en las entrañas?
He recorrido tantas ciudades, he vivido en tantas. Cinco ciudades antes del uso de razón, una sola en veinticinco años. ¿De cual soy realmente?, ¿De aquella en donde nací o de aquello en donde transito? En esta, en donde vivo ahora, me siento apenas testigo de sus andares y mutaciones. De las otras, alguien que las busca siempre en sueños.
Acabo de llegar de varias. Se me esconden, me evaden, me seducen con silencios de mujer, con secretos de los que no se nada. ¿Qué tan de ellas puedo ser?, ¿Qué tanto puede ser uno de lo que ama?
Siete Troyas llevo dentro, siete Troyas que mi cuerpo se reparten.
Me recorren, me averiguan, me espían en la noche.
Las habito, las escribo. No sé más nada.
He recorrido tantas ciudades, he vivido en tantas. Cinco ciudades antes del uso de razón, una sola en veinticinco años. ¿De cual soy realmente?, ¿De aquella en donde nací o de aquello en donde transito? En esta, en donde vivo ahora, me siento apenas testigo de sus andares y mutaciones. De las otras, alguien que las busca siempre en sueños.
Acabo de llegar de varias. Se me esconden, me evaden, me seducen con silencios de mujer, con secretos de los que no se nada. ¿Qué tan de ellas puedo ser?, ¿Qué tanto puede ser uno de lo que ama?
Siete Troyas llevo dentro, siete Troyas que mi cuerpo se reparten.
Me recorren, me averiguan, me espían en la noche.
Las habito, las escribo. No sé más nada.
Venezia
Venezia
I
No creo en las primeras impresiones. No revelan nada. Los individuos somos complejos y detrás de una mirada profunda puede haber un abismo que nos conduzca al desastre o a una entrada al paraíso. A veces, ambos suceden. Pero más allá de eso, de abismo o no, no sabemos.
El no saber, el afrontar las cosas desde la ignorancia más que el conocimiento es lo que se espera del viaje. Digo ignorancia, porque si me guío por la azafata, bellísima, que me habla solo en italiano aunque le diga que lo hago más lento y pierde la paciencia; o la otra azafata, veterana a pesar de ser un vuelo nacional, que respeta mi desconocimiento del idioma y con expresión sabia me da las indicaciones en inglés, no se que pensar. Creo que el conocimiento no suele aplicar tanto para interpretar. Es todo un obstáculo en el viaje, en este viaje de montañas y cielos altos e infinidad de culturas, musulmanes, hinduistas, y uno, hereje cristiano a las puertas de la Ferrari Shop: elegancia y velocidad en este tiempo del comenzar del siglo. Pasos de Gacela o de Guepardo.
II
A Tráfico y Guaire
San Polo, de mañana, codo a codo con mi hermano. Camino a Lido y un azul inmenso en el cielo y tantos años en sus calles, sus iglesias, sus turistas.
Tanto silencio enferma. Simón y yo añoramos un cañoneo, un golpe de timbales o de piano. Ni un canto de pájaros.
Mujeres de toda Italia la pueblan y uno se acuerda de Giácomo, de los embustes de sus memorias, de sus idas y venidas a su ciudad, de su odio y de cuánto la llevaba encima, como un estandarte.
Yo traigo el mío, también mi hermano: un escándalo lascivo que llevamos en la mirada y en los pasos, llenitas de ron las palabras y como un estandarte el hediondo río.
Tráfico llevamos:
Somos los muchachos más hermosos de esta ciudad.
III
Ayer llegué a esta ciudad y lo que más me impresiona es el silencio. Solo lo acompaña el tac-tac de los pasos en la calle, pasos de mujer sonora la mayoría. Rilke decía que París era la ciudad para morir; Pound, Brodsky y otros escogieron Venezia. No fue tonta su decisión. Esta ciudad va en camino a la muerte, está herida. Sus bases de van desmoronando día a día y lo alto de los costos habitacionales hace que la gente emigre a zonas más modernas y de tierra firme del Venetto. Quieren hacer de Venezia un museo y no se dan cuenta que lo que hace a la ciudad, lo que le otorga aire es el hecho de ser habitada. Aquí la gente vive, cocina, trabaja, estudia, hace el amor, tiene niños, bota la basura, canta y saca los perros a pasear por la plaza.
El silencio de Venezia, su serenidad, son sus habitantes. Vaciarla significaría llenarla de ruidos, de sonidos sin eco, sin sentido.
IV
Paolo ama su ciudad. Su familia la habita desde hace más de cuatrocientos años. Ha vivido fuera, en Dinamarca, pero su alma está en este lugar. Valora salir de madrugada a caminar en soledad, seguro. Su ciudad es su refugio. Uno lo sabe no porque camine con él, a fumar afuera, pues Geyleen, su esposa y mi gran amiga de siempre, no soporta el cigarrillo, sino por aquello que puede ver a la izquierda o derecha de San Polo, el Arsenal o Rialto: Colón demostró la poca verosimilitud de su visión al comparar Venezia con los palafitos que vio en el Lago de Maracaibo. La droga debía correr en el siglo XV. La imaginación medieval era exagerada (uno no entiende cómo pretendían criticar al bueno de Don Quijote sus contemporáneos). Somos hijos de una imaginación desbordada. La palabra que nos nombró venía llena del error que contenía. No hay que tomárselo en juego. El que nombra, crea, y con ello hay una responsabilidad que ninguna cruz puede expiar. Lo entiendo rápido al pasar debajo de Ponte Della Teta, en donde las prostitutas pagadas por el gobierno de la ciudad esperaban a los marineros a su regreso. Eso sí es una forma coherente de nombrar. También en sus pasos, después de los últimos toques de campanas de las iglesias, por parte de Paolo, que le echa un último vistazo a su bote y sabe que lo que se nombró en esa laguna hace más de mil años lleva el temple de la coherencia, aunque se esté derrumbando, como todo lo que se acaba, en el eco diminuto que queda del nombrar, de la primera palabra, la fundadora, dado por el hombre en ese lugar.
V
En la plaza, hombres y mujeres de su tiempo: razas y pueblos con sus olores y sus lenguas, pakistaníes y alemanes, chinos y españoles, caminando codo a codo, sin molestarse, pidiéndole al vecino que les tome una fotografía y viceversa, tolerándose atrás y delante de la fila para entrar al Campanile o a la Basílica.
Nadie ve el abismo de un cuchillo, ni el anuncio de un fusilamiento, ni a niños que lloran balanceándose en el abismo.
De repente suena una gaita escocesa, que encabeza una novia rubia del brazo de su padre, seguida de los acompañantes y los niños. Todos hacemos silencio y al pasar, casi al final de la fachada de la Basílica, alguien comienza a aplaudir la felicidad del otro (o la desdicha, nunca se sabe) y el resto la secunda.
Ninguna bomba estalló, ninguna viuda lloraba a su marido.
Bajo la mirada del santo hemos sido piadosos.
Creo que no debemos pedirnos más.
I
No creo en las primeras impresiones. No revelan nada. Los individuos somos complejos y detrás de una mirada profunda puede haber un abismo que nos conduzca al desastre o a una entrada al paraíso. A veces, ambos suceden. Pero más allá de eso, de abismo o no, no sabemos.
El no saber, el afrontar las cosas desde la ignorancia más que el conocimiento es lo que se espera del viaje. Digo ignorancia, porque si me guío por la azafata, bellísima, que me habla solo en italiano aunque le diga que lo hago más lento y pierde la paciencia; o la otra azafata, veterana a pesar de ser un vuelo nacional, que respeta mi desconocimiento del idioma y con expresión sabia me da las indicaciones en inglés, no se que pensar. Creo que el conocimiento no suele aplicar tanto para interpretar. Es todo un obstáculo en el viaje, en este viaje de montañas y cielos altos e infinidad de culturas, musulmanes, hinduistas, y uno, hereje cristiano a las puertas de la Ferrari Shop: elegancia y velocidad en este tiempo del comenzar del siglo. Pasos de Gacela o de Guepardo.
II
A Tráfico y Guaire
San Polo, de mañana, codo a codo con mi hermano. Camino a Lido y un azul inmenso en el cielo y tantos años en sus calles, sus iglesias, sus turistas.
Tanto silencio enferma. Simón y yo añoramos un cañoneo, un golpe de timbales o de piano. Ni un canto de pájaros.
Mujeres de toda Italia la pueblan y uno se acuerda de Giácomo, de los embustes de sus memorias, de sus idas y venidas a su ciudad, de su odio y de cuánto la llevaba encima, como un estandarte.
Yo traigo el mío, también mi hermano: un escándalo lascivo que llevamos en la mirada y en los pasos, llenitas de ron las palabras y como un estandarte el hediondo río.
Tráfico llevamos:
Somos los muchachos más hermosos de esta ciudad.
III
Ayer llegué a esta ciudad y lo que más me impresiona es el silencio. Solo lo acompaña el tac-tac de los pasos en la calle, pasos de mujer sonora la mayoría. Rilke decía que París era la ciudad para morir; Pound, Brodsky y otros escogieron Venezia. No fue tonta su decisión. Esta ciudad va en camino a la muerte, está herida. Sus bases de van desmoronando día a día y lo alto de los costos habitacionales hace que la gente emigre a zonas más modernas y de tierra firme del Venetto. Quieren hacer de Venezia un museo y no se dan cuenta que lo que hace a la ciudad, lo que le otorga aire es el hecho de ser habitada. Aquí la gente vive, cocina, trabaja, estudia, hace el amor, tiene niños, bota la basura, canta y saca los perros a pasear por la plaza.
El silencio de Venezia, su serenidad, son sus habitantes. Vaciarla significaría llenarla de ruidos, de sonidos sin eco, sin sentido.
IV
Paolo ama su ciudad. Su familia la habita desde hace más de cuatrocientos años. Ha vivido fuera, en Dinamarca, pero su alma está en este lugar. Valora salir de madrugada a caminar en soledad, seguro. Su ciudad es su refugio. Uno lo sabe no porque camine con él, a fumar afuera, pues Geyleen, su esposa y mi gran amiga de siempre, no soporta el cigarrillo, sino por aquello que puede ver a la izquierda o derecha de San Polo, el Arsenal o Rialto: Colón demostró la poca verosimilitud de su visión al comparar Venezia con los palafitos que vio en el Lago de Maracaibo. La droga debía correr en el siglo XV. La imaginación medieval era exagerada (uno no entiende cómo pretendían criticar al bueno de Don Quijote sus contemporáneos). Somos hijos de una imaginación desbordada. La palabra que nos nombró venía llena del error que contenía. No hay que tomárselo en juego. El que nombra, crea, y con ello hay una responsabilidad que ninguna cruz puede expiar. Lo entiendo rápido al pasar debajo de Ponte Della Teta, en donde las prostitutas pagadas por el gobierno de la ciudad esperaban a los marineros a su regreso. Eso sí es una forma coherente de nombrar. También en sus pasos, después de los últimos toques de campanas de las iglesias, por parte de Paolo, que le echa un último vistazo a su bote y sabe que lo que se nombró en esa laguna hace más de mil años lleva el temple de la coherencia, aunque se esté derrumbando, como todo lo que se acaba, en el eco diminuto que queda del nombrar, de la primera palabra, la fundadora, dado por el hombre en ese lugar.
V
En la plaza, hombres y mujeres de su tiempo: razas y pueblos con sus olores y sus lenguas, pakistaníes y alemanes, chinos y españoles, caminando codo a codo, sin molestarse, pidiéndole al vecino que les tome una fotografía y viceversa, tolerándose atrás y delante de la fila para entrar al Campanile o a la Basílica.
Nadie ve el abismo de un cuchillo, ni el anuncio de un fusilamiento, ni a niños que lloran balanceándose en el abismo.
De repente suena una gaita escocesa, que encabeza una novia rubia del brazo de su padre, seguida de los acompañantes y los niños. Todos hacemos silencio y al pasar, casi al final de la fachada de la Basílica, alguien comienza a aplaudir la felicidad del otro (o la desdicha, nunca se sabe) y el resto la secunda.
Ninguna bomba estalló, ninguna viuda lloraba a su marido.
Bajo la mirada del santo hemos sido piadosos.
Creo que no debemos pedirnos más.
Milano, San Siro y la Vecchia Signora
Milano, San Siro y la Vecchia Signora
Llegamos a Milano en un Eurostar, antes de mediodía. La estación de tren, hija de Mussollini, no es tan avasallante por dentro. Llegan trenes de toda Italia, de Suiza y de Francia. Los Alpes conviven ahí, serenos, entre ciclistas de Zürich o Basilea, o comerciantes de Niza o Marsella. Compramos un mapa y decidimos hacer la ruta a pie (después nos arrepentiríamos). Nos llamó la cantidad de calles con nombres alusivos al Sur (Buenos Aires o Uruguay, italianos que volvieron) y con reminiscencias izquierdistas en la ciudad más capitalista del país. Llegamos cansados a la Galleria y enseguida, la Catedral. Todo es grande en Milano: las iglesias, los edificios, las avenidas, las mujeres. La catedral Gótica deja sin aliento (mi hermano casi sufrió un síncope. Dentro de un año lo sufrirá en Sevilla): su silencio, su oscuridad, la meticulosidad con que fue hecha (y con que estaba siendo reparada) abruman. En la plaza, al lado de la Catedral, abundan los africanos ofreciendo cualquier cosa que le compres. Te persiguen, te aturden. Uno tiene que huir rápido de ahí. Entramos a MacDonalds a comprar un refresco. Al subir al baño, entro a mi urinario y cierro la puerta. Escucho a otra persona entrar al del frente, seguido de golpes, bufos, bamboleos de la puerta increchendo. Al salir, un oriental esperaba para entrar y, mágicamente, salen del urinario una muchacha y un muchacho corriendo y muertos de la risa. Sexo rápido en MacDonalds.
Llenos de dudas decidíamos cómo ir hasta San Siro. Un taxi nos cobraba veinte euros y no entendíamos del todo el sistema del metro. En un kiosco preguntamos y un muchacho, salvadoreño (la ciudad estaba llena de centroamericanos), nos recomendó irnos en tranvía. Fue la mejor decisión. Gracias a él, recorrimos la ciudad de cabo a rabo y la disfrutamos. Al llegar a San Siro, la emoción nos embargaba. Estaba muy solo el estadio. Mi hermano decidió preguntar y volvió contando que hay un museo y de ahí sale un tour dentro de un rato. Me dijo el precio. Muy alto como para que fuéramos los dos. Le dije que entrara él, fanático furibundo del Milan (aunque mucho más de Barca). Quedé en esperarlo en unas escaleras cerca, fuera del sol.
El tour duraba más de tres cuartos de hora. Entretanto, pregunté hacia donde quedaba Torino. Me señalaron con el dedo y, sentado, luego de sacar una camisa del equipo y ponerla al frente mío, me dediqué a cantarle loas a la Juve, a celebrar ese origen ancestral con el Deportivo Táchira, agradecerle por tanto fútbol, por ser un equipo fundado por estudiantes y luego de los Agnelli, por ganar el campeonato mundial del 38, por Rossi y Platini, por tantos juegos vistos en secreto, a espaldas de mi hermano.
Le declaré mis amores a la Vecchia Signora, ahí, bajo sombra, bajo la rabia de San Siro.
Cuando salió del estadio, venía eufórico de tanta foto y lo apuré hacia el tranvía por las miradas asesinas que me dirigían.
Mi hermano nunca supo nada. No lo sabe todavía.
Llegamos a Milano en un Eurostar, antes de mediodía. La estación de tren, hija de Mussollini, no es tan avasallante por dentro. Llegan trenes de toda Italia, de Suiza y de Francia. Los Alpes conviven ahí, serenos, entre ciclistas de Zürich o Basilea, o comerciantes de Niza o Marsella. Compramos un mapa y decidimos hacer la ruta a pie (después nos arrepentiríamos). Nos llamó la cantidad de calles con nombres alusivos al Sur (Buenos Aires o Uruguay, italianos que volvieron) y con reminiscencias izquierdistas en la ciudad más capitalista del país. Llegamos cansados a la Galleria y enseguida, la Catedral. Todo es grande en Milano: las iglesias, los edificios, las avenidas, las mujeres. La catedral Gótica deja sin aliento (mi hermano casi sufrió un síncope. Dentro de un año lo sufrirá en Sevilla): su silencio, su oscuridad, la meticulosidad con que fue hecha (y con que estaba siendo reparada) abruman. En la plaza, al lado de la Catedral, abundan los africanos ofreciendo cualquier cosa que le compres. Te persiguen, te aturden. Uno tiene que huir rápido de ahí. Entramos a MacDonalds a comprar un refresco. Al subir al baño, entro a mi urinario y cierro la puerta. Escucho a otra persona entrar al del frente, seguido de golpes, bufos, bamboleos de la puerta increchendo. Al salir, un oriental esperaba para entrar y, mágicamente, salen del urinario una muchacha y un muchacho corriendo y muertos de la risa. Sexo rápido en MacDonalds.
Llenos de dudas decidíamos cómo ir hasta San Siro. Un taxi nos cobraba veinte euros y no entendíamos del todo el sistema del metro. En un kiosco preguntamos y un muchacho, salvadoreño (la ciudad estaba llena de centroamericanos), nos recomendó irnos en tranvía. Fue la mejor decisión. Gracias a él, recorrimos la ciudad de cabo a rabo y la disfrutamos. Al llegar a San Siro, la emoción nos embargaba. Estaba muy solo el estadio. Mi hermano decidió preguntar y volvió contando que hay un museo y de ahí sale un tour dentro de un rato. Me dijo el precio. Muy alto como para que fuéramos los dos. Le dije que entrara él, fanático furibundo del Milan (aunque mucho más de Barca). Quedé en esperarlo en unas escaleras cerca, fuera del sol.
El tour duraba más de tres cuartos de hora. Entretanto, pregunté hacia donde quedaba Torino. Me señalaron con el dedo y, sentado, luego de sacar una camisa del equipo y ponerla al frente mío, me dediqué a cantarle loas a la Juve, a celebrar ese origen ancestral con el Deportivo Táchira, agradecerle por tanto fútbol, por ser un equipo fundado por estudiantes y luego de los Agnelli, por ganar el campeonato mundial del 38, por Rossi y Platini, por tantos juegos vistos en secreto, a espaldas de mi hermano.
Le declaré mis amores a la Vecchia Signora, ahí, bajo sombra, bajo la rabia de San Siro.
Cuando salió del estadio, venía eufórico de tanta foto y lo apuré hacia el tranvía por las miradas asesinas que me dirigían.
Mi hermano nunca supo nada. No lo sabe todavía.
Los italianos
Los italianos
¿Cómo se comenta, se cuenta, el viaje de otro?, ¿con qué palabras se puede referir uno a las palabras del otro?. Hacia 1937 Mariano Picón Salas visita Europa. Escribe sendas meditaciones alrededor de Francia y Alemania, además de España y Bohemia. De estas notas, reseñan de viaje que hace don Mariano, me sacude la que hace de Italia. Picón Salas se da cuenta desde un principio que esa maravilla de país ha sido comentada por muchos y, más aún, en esos comentarios surgen generalmente los mismos asombros, con palabras de distintos talantes. Goethe, Stendhal, Durero, Burkhardt, Simmel, Nietzsche, Mann, Manuel Díaz Rodríguez. Generalmente todos comienzan el viaje por el norte y sus primeras escalas son Milano y Venecia. Me he preguntado muchas veces si el hecho de que las estadías de Gracilaso de la Vega fueron hacia el sur haya determinado la referencia a sus pisadas en la Bota. Gracilaso visitó y vivió en el sur de Italia como militar y por él, encontramos la primera reforma de la poesía escrita en español, gracias a las influencias del metro italiano. También le deben los ingleses: Shakespeare, Byron, Shelley. Aparentemente, el norte trae luces y tradición del contar. Picón empieza su viaje por Venecia, continúa hacia Ferrara y Rávena y termina en Florencia. Él, al igual que Díaz Rodríguez (cosa venezolana entonces) no deja de sorprenderse con la belleza de sus mujeres. Las sigue, admira y escribe. Se fija en las estudiantes: “estas muchachas que son el más vivo y bello pueblo que exista en Europa, se esparcen con sus pizarras y sus libros por entre el laberinto de las calles, tarareando sus canciones”.Más adelante se fijará en las formas de ellas: reconoce a Botticelli andando por las calles.
Picón Salas toma como compañeros de viaje a Stendhal y a Burkhardt. Dialoga con el francés y el alemán. Para los tres, Italia es la casa del sol y la primavera. Lírica y conmovedora es la exaltación de Stendhal de sus helados y el café, melancólica además. La sensibilidad de los italianos para él es viva e irritable. Se desvive por su chocolate y su Panettone así como por la música de Rossini: “música del estómago bien comido y del corazón bien regado, música que está-al alcance de cualquiera- en el aire de Italia y la contiene en sus vinos y los quesos y el imponderable café negro de los italianos”. Y más adelante: “Italia es la patria de la melodía, y la melodía significa la aventura puramente humana de los corazones”. La melodía tiene mucho que ver con la medida. Al hablar del arte en Italia, Stendhal hace hincapié en que la raza ardiente de los italianos encontró el arte para librarse del crimen o para purgarlo. Las pasiones pueblan el alma italiana. Se debate, de manera parecida a los españoles pero también de muy distinta manera (son dos talantes diferentes), entre cierto ascetismo y una pulsión pagana de la vida. Creo que por ello encontramos figuras como Galileo, Bruno, Savonarola, Leopardo, Pasolini: hombres que hicieron de una pasión de la tierra y el cielo, una forma. La fiereza y la vehemencia italiana se concentran en su arte, refinándose.
Tensa, densa, profunda la visión del catolicismo, de la política italiana por parte de Burkhardt. Para él, la gran pregunta es: “Mirar a Italia es pensar lo que seríamos sin ella”. Italia es la Arcadia alemana. La tierra de la luz, el equilibrio que sostiene a Europa, y con ello, hago peso en los espíritus del continente. “En solo doscientos treinta años, precisamente entre 1300 y 1530, aquí se crearon las grandes formas de la felicidad de que ha disfrutado plenamente nuestra civilización. La sombría danza de la muerte aquí se convirtió en animada danza de la vida. Emana de la tierra italiana, como de ningún otro suelo europeo, una poderosa voluntad enérgica”, nos dice. La línea de sus formas, su belleza concreta, la búsqueda interior del hombre la recorre.
Ardor en la medida. Esa es para mí la definición de Italia. La he encontrado en sus obras, sus calles, su comida, en los cuerpos de sus mujeres. Al igual que Picón Salas, los viajes que he realizado a Italia los he hecho con acompañantes literarios (la guía Manuel Díaz Rodríguez y de Alejandro Oliveros , por ejemplo). Encontré similitudes en las impresiones, a pesar de mediar más de cien años entre el viaje del primero y el mío. Más de dos mil años de impresiones semejantes hay. Y nunca pasa su belleza.
¿Cómo se comenta, se cuenta, el viaje de otro?, ¿con qué palabras se puede referir uno a las palabras del otro?. Hacia 1937 Mariano Picón Salas visita Europa. Escribe sendas meditaciones alrededor de Francia y Alemania, además de España y Bohemia. De estas notas, reseñan de viaje que hace don Mariano, me sacude la que hace de Italia. Picón Salas se da cuenta desde un principio que esa maravilla de país ha sido comentada por muchos y, más aún, en esos comentarios surgen generalmente los mismos asombros, con palabras de distintos talantes. Goethe, Stendhal, Durero, Burkhardt, Simmel, Nietzsche, Mann, Manuel Díaz Rodríguez. Generalmente todos comienzan el viaje por el norte y sus primeras escalas son Milano y Venecia. Me he preguntado muchas veces si el hecho de que las estadías de Gracilaso de la Vega fueron hacia el sur haya determinado la referencia a sus pisadas en la Bota. Gracilaso visitó y vivió en el sur de Italia como militar y por él, encontramos la primera reforma de la poesía escrita en español, gracias a las influencias del metro italiano. También le deben los ingleses: Shakespeare, Byron, Shelley. Aparentemente, el norte trae luces y tradición del contar. Picón empieza su viaje por Venecia, continúa hacia Ferrara y Rávena y termina en Florencia. Él, al igual que Díaz Rodríguez (cosa venezolana entonces) no deja de sorprenderse con la belleza de sus mujeres. Las sigue, admira y escribe. Se fija en las estudiantes: “estas muchachas que son el más vivo y bello pueblo que exista en Europa, se esparcen con sus pizarras y sus libros por entre el laberinto de las calles, tarareando sus canciones”.Más adelante se fijará en las formas de ellas: reconoce a Botticelli andando por las calles.
Picón Salas toma como compañeros de viaje a Stendhal y a Burkhardt. Dialoga con el francés y el alemán. Para los tres, Italia es la casa del sol y la primavera. Lírica y conmovedora es la exaltación de Stendhal de sus helados y el café, melancólica además. La sensibilidad de los italianos para él es viva e irritable. Se desvive por su chocolate y su Panettone así como por la música de Rossini: “música del estómago bien comido y del corazón bien regado, música que está-al alcance de cualquiera- en el aire de Italia y la contiene en sus vinos y los quesos y el imponderable café negro de los italianos”. Y más adelante: “Italia es la patria de la melodía, y la melodía significa la aventura puramente humana de los corazones”. La melodía tiene mucho que ver con la medida. Al hablar del arte en Italia, Stendhal hace hincapié en que la raza ardiente de los italianos encontró el arte para librarse del crimen o para purgarlo. Las pasiones pueblan el alma italiana. Se debate, de manera parecida a los españoles pero también de muy distinta manera (son dos talantes diferentes), entre cierto ascetismo y una pulsión pagana de la vida. Creo que por ello encontramos figuras como Galileo, Bruno, Savonarola, Leopardo, Pasolini: hombres que hicieron de una pasión de la tierra y el cielo, una forma. La fiereza y la vehemencia italiana se concentran en su arte, refinándose.
Tensa, densa, profunda la visión del catolicismo, de la política italiana por parte de Burkhardt. Para él, la gran pregunta es: “Mirar a Italia es pensar lo que seríamos sin ella”. Italia es la Arcadia alemana. La tierra de la luz, el equilibrio que sostiene a Europa, y con ello, hago peso en los espíritus del continente. “En solo doscientos treinta años, precisamente entre 1300 y 1530, aquí se crearon las grandes formas de la felicidad de que ha disfrutado plenamente nuestra civilización. La sombría danza de la muerte aquí se convirtió en animada danza de la vida. Emana de la tierra italiana, como de ningún otro suelo europeo, una poderosa voluntad enérgica”, nos dice. La línea de sus formas, su belleza concreta, la búsqueda interior del hombre la recorre.
Ardor en la medida. Esa es para mí la definición de Italia. La he encontrado en sus obras, sus calles, su comida, en los cuerpos de sus mujeres. Al igual que Picón Salas, los viajes que he realizado a Italia los he hecho con acompañantes literarios (la guía Manuel Díaz Rodríguez y de Alejandro Oliveros , por ejemplo). Encontré similitudes en las impresiones, a pesar de mediar más de cien años entre el viaje del primero y el mío. Más de dos mil años de impresiones semejantes hay. Y nunca pasa su belleza.
Ipod 2
Ipod2. Sketches from Spain (Miles Davis)
Es verano en sus finales, treinta y nueve grados casi a las cuatro de la mañana. Una niña de diez años mira al mar desde alguna orilla de Nueva York. A otra hora, del otro lado del Atlántico, otra niña mira el cielo desde el norte de Marruecos. Una ha dormido, la otra a trabajado todo el día. Tiene los ojos cansados y velados. A pesar de aviones y de buques que salen y llegan por aire y por mar, llenando de ruidos sordos de motor los espacios y ensordecen, no dejan de mirar, hasta que brotan lágrimas, lo que están mirando, fijamente en algún lado. Entonces, una empieza a taconear. Poco a poco. Luego la otra, lentamente. Van golpeando más fuerte o más fuerte o rápido según el ritmo de las olas y el viento que llevan consigo lo que el tiempo ensordece.
Llevan la calma a sus lugares, a pesar de las tristezas. Serenas a los suyos del insomnio y el cansancio. En lo alto de su baile, al fin llega la lluvia. Agotadas, se derrumban en la tierra.
Concierto de Aranjuez con una trompeta quita los zapatos a las niñas y las acuesta, al fondo, besándoles sus huellas.
Es verano en sus finales, treinta y nueve grados casi a las cuatro de la mañana. Una niña de diez años mira al mar desde alguna orilla de Nueva York. A otra hora, del otro lado del Atlántico, otra niña mira el cielo desde el norte de Marruecos. Una ha dormido, la otra a trabajado todo el día. Tiene los ojos cansados y velados. A pesar de aviones y de buques que salen y llegan por aire y por mar, llenando de ruidos sordos de motor los espacios y ensordecen, no dejan de mirar, hasta que brotan lágrimas, lo que están mirando, fijamente en algún lado. Entonces, una empieza a taconear. Poco a poco. Luego la otra, lentamente. Van golpeando más fuerte o más fuerte o rápido según el ritmo de las olas y el viento que llevan consigo lo que el tiempo ensordece.
Llevan la calma a sus lugares, a pesar de las tristezas. Serenas a los suyos del insomnio y el cansancio. En lo alto de su baile, al fin llega la lluvia. Agotadas, se derrumban en la tierra.
Concierto de Aranjuez con una trompeta quita los zapatos a las niñas y las acuesta, al fondo, besándoles sus huellas.
Aeropuertos
Marc Augé llama a los aeropuertos no-lugares. También a las habitaciones de hotel, a las estaciones de metro o tren, a las autopistas, a los supermercados. Sucede que amo esos lugares (o no-lugares). También los puertos, las paradas de autobuses. El movimiento, el tránsito, el viaje, la ida, el regreso. Parafraseando a Cees Nooteboom, son lugares en donde dependemos de los otros. Otro conduce, es responsable de tu seguridad, coordina, atiende. Dependes de quien arregle la cama, de quien cocine, de quien marque tu ticket. Dependes de su puntualidad, de su sentido de la responsabilidad. Es decir, son esos sitios en donde aún somos, de alguna manera, nómadas. Puertos, hoteles, paradas, estaciones, adquieren su sacralizad por el tránsito, por el no vivir ahí, por la no permanencia. Somos por y desde la incertidumbre. Es decir, reúnen la esencia de nuestra realidad y posmodernidad. Augé lo llama sobremodernidad. Incluye a los medios de comunicación, es decir, el teléfono, el móvil, Internet, cámaras. Los determina como espacios en donde no hay intimidad en las personas. Discrepo de él. La soledad es intrínseca a nuestra naturaleza. Somos solos. Y reducir esos espacios a no-lugares, es no vivirlos desde la realidad fenomenológica de nuestro ser. La calle es el espacio del encuentro. Los no-lugares de Augé son la nueva plaza, el nuevo parque. Hablo de un espacio en donde se puede dar el reconocimiento del otro, desde la soledad de cada quien. Llenamos la mirada de lo que corre frente a nuestros ojos, de los olores que respiramos en el mercado, del vaivén musical de los otros en nuestros oídos. ¿Vivimos un tiempo de regreso al nomadismo, de redescubrimiento de él gracias a la globalización?, ¿hemos aceptado que todo pasa, que poco permanece por fin?
Todo viaje es un viaje hacia adentro también. Dormir, transitar fuera de los espacios cotidianos tuyos es salir de ti mismo. Solo así nos encontramos (o nos perdemos, cosa que a veces también queremos tanto). Estamos al descampado.
Todo viaje es un viaje hacia adentro también. Dormir, transitar fuera de los espacios cotidianos tuyos es salir de ti mismo. Solo así nos encontramos (o nos perdemos, cosa que a veces también queremos tanto). Estamos al descampado.
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