Ayer pude comprar una edición, hermosa en su presentación, de "El mago de la cara de vidrio", de Eduardo Liendo. Lo hice para tener a la mano una edición menos manoseada que la que tengo, ya en trance de desarmarse. Me gusta Liendo, defiende una línea escritural que me es cara: la de la ironía y la sátira. Tradición que se remonta a Aristófanes, autores como Horacio o Cervantes, Swift y Sterne, la vasta literatura rusa y polaca. Es, quizás, una de las líneas más cercanas a la crítica en nuestra heredad, que debemos releer constantemente. En fin, Liendo propone en su obra mucho de este camino, y por eso suelo releerlo para buscar piso cuando me encuentro sin él.
Al comprar una reedición, suelo revisar el índice; si tiene alguna cronología o epílogo, también. Pero lo que más busco es alguna nota en donde el autor o los editores especifiquen algún agregado o modificación a los textos, alguna supresión. Luego, por último, leo el prólogo. En esta edición, del 2008, de Monte Ávila, me encuentro con que es la cuarta Reeimpresión, y que ha sido editada (con alguna modificación, creo), quince veces, la última, en 2003. El prólogo es de Alexis Márquez Rodríguez. De este prólogo, es de lo que me gustaría realmente hablar.
Comienzo celebrando a Márquez, que muy bien dice que Liendo es un escritor con suerte, pues nunca ha tenido mayores problemas para editar y menos para reeditar. Sus libros son muy leídos y eso es todo un logro en el mapa narrativo venezolano. Pero entonces, nos encontramos con estas palabras: "Desde muy joven Liendo se ubicó ideológicamente en sectores radicales, que buscan una transformación auténticamente revolucionaria de la sociedad, capaz de corregir las injusticias, con demasiada frecuencia verdaderas iniquidades de todo sistema social basado en las desigualdades clasistas y en la explotación de unos hombres por otros". Posteriormente, Márquez no habla de sus incursiones en la guerrilla en los sesenta, " con miras a la instauración de un sistema socialista". Luego, Liendo cae preso, es llevado a juicio, y exiliado. Vive en Suiza, Holanda, Checoslovaquia, y realiza estudios en la Unión Soviética de Psicología. Desde su regreso al país, trabajó en la Biblioteca Nacional.Márquez continúa su prólogo, siempre haciendo énfasis en las virtudes revolucionarias de Liendo, aunadas a las estéticas, para justificar su triunfo como escritor. Es así como se explica su vena satírica: Liendo es un hombre de izquierdas. Nos dice Márquez: "No hace falta apelar a complicadas teorías y a otros instrumentos del análisis psicológico, para inferir que en el caso de Liendo se ha producido una especie de sustitución de los procedimientos y de las armas de lucha. El antiguo combatiente, derrotado en el alba misma de su primera salida, persiste en su convencimiento de que es necesario luchar por una radical transformación de la sociedad. Más la realidad histórica le impone un cambio en los métodos y en los instrumentos de la lucha. Para el escritor, dijo alguna vez, escribir es una manera de combatir". Nuestro prologuista continúa hablando y nos señala la denuncia social de la obra de Liendo, la de la desigualdad clasista y la explotación de unos hombres por otros. Ya hacia el final, nos encontramos con una sorpresa que se nos va revelando palabra a palabra: Márquez nos está hablando de un hombre de algo más de cuarenta años de edad, con tres libros publicados y le augura un futuro promisorio. La fecha de este prólogo es de 1985.
Desconozco si Liendo alentó la publicación de este prólogo, pero mi lectura hace del texto de Márquez una suerte de burla del lector contemporáneo. Liendo, luego del año 1985, ha publicado seis novelas más y dos libros de relatos. Es un autor que no simpatiza con el régimen actual, editor de esta obra. El prólogo de Márquez, de raingambre marxista leninista (recuerdo aun la ingenua carta de Márquez a Fernánde Retamar, recopilada en "Cartas en la batalla", libro editado por Alfa), es un texto totalmente fuera de contexto y que no genera aportes sustanciales a la lectura de la obra de Liendo, mírese por donde se mire. Este libro suele ser lectura de bachillerato: ¿es interesante que un adolescente lea este prólogo desactualizado?
Pensamos que solo la coleccion Milenio Libre de Monte Ávila era de carácter peligrosa. Veo que no es así. La propuesta de lectura de la obra de un autor, casi 40 años después de publicado ese texto, cambia. Hacer énfasis en las virtudes revolucionarias de Liendo, cuando el contexto sociopolítico actual es definitivamente diferente, es una vulgar manipulación del lector y debe denunciarse. Es una de las más insanas costumbres del mundo editorial del siglo XX. Cuando escribí mi tesis de licenciatura sobre W.H.Auden, encontré en mis lecturas editores que, con más de treinta años de distancia, todavía exaltaban al Auden inglés, de línea marxista y freudiana, en detrimento del Auden desde los años cuarenta: conservador y cristiano. Todo, fuera de contexto y sin considerar la obra posterior del mismo. Lo mismo veo con Liendo: el afán fanático en exaltar la vida y la visión de un hombre en un momento, descartando cualquier otro cambio u aporte en años subsiguientes. Me pregunto si es así como debemos leer a Victoria de Stefano, Antonieta Madrid o, quien ha sido manipulado de la misma manera que Liendo: Mario Vargas Llosa.
La obra de Liendo se ha estado reeditando por la editorial Alfaguara.Recomiendo cualquiera de sus obras, en especial "El último fantasma", en donde marca clara distancia con la figura de Vladimir Lenin. Lean "El mago de la cara de vidrio", pero sáltense el prólogo. La obra de Liendo sigue con nosotros, plena de sátira y denuncia. Esa denuncia continúa hoy, en y a este gobierno, no se quedó en 1985. Aunque algunos quisieran que así fuera.
domingo, 12 de junio de 2011
domingo, 29 de mayo de 2011
El Buscón: la plaza en donde encontrarnos. (Palabras de presentación a "Las palabras de El Buscón")
a Walter Rodríguez y a Javier Marichal, maestros libreros.
Quisiera comenzar contando dos lecturas: la primera, de Umberto Eco y Jean- Claude Carriére, contenida en Nadie acabará con los libros; la segunda, con la que terminaré, de Augusto Monterroso, titulada Cómo me deshice de quinientos libros. En estos tiempos bárbaros, en donde un control de cambio nos impide traer los libros que necesitamos, en donde imprimimos sólo si hay papel y en donde cierran librerías a diestra y a siniestra, celebrar los libros como los celebran Eco y Carriere, podría parecer una ironía. Pero en Venezuela, celebrarlos es una forma de resistencia, un ejercicio de ciudadanía que nos aleja de las lecciones no aprendidas en el siglo XX por un grupo de aventureros del poder. En el libro de Eco y Carriere, hay un recorrido por la historia de la literatura, de los libros, de las bibliotecas que en el mundo han sido, llenos de reflexiones y anécdotas pertinentes alrededor de ello. Nos llenamos al leerlo de certezas, pero a la vez, de temores. Ninguno de los dos intelectuales menciona con demasía al librero en esta historia del devenir humano, más considerando que son coleccionistas reconocidos de libros. Aparece, sí, pero privan los editores, los transcriptores, los autores por supuesto, por encima de la labor del librero. Y ya eso me llena de pesadumbres. Eco nos da una frase central: El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se ha inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo…Quizá evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es. Ante estas palabras, uno podría sentirse tranquilo. Pero la historia nos enseña que ese futuro no lo determinamos nosotros: no sabemos cuándo podrá truncarse por milenios o algunos años, como ha ocurrido en épocas oscuras de la humanidad. Estar atentos, alertas, advertir esto, es la labor de los libreros.
En esta labor, El Buscón ha logrado un lugar central entre las librerías en Caracas. Tomando como herencia el legado de la Librería Monte Ávila, fundada por Katyna Henríquez, actual gerente y socia de El Buscón, y también de las hermanas Pardo en la librería Soberbia, los autores, los editores, el pensamiento, en fin, venezolano, ha tenido un lugar en donde respirar, sentirse a sus anchas, no dejar nunca de sembrar el sentido crítico en cada lector y escucha de esas palabras. Eugenio Montejo, Rafael Cadenas y tantos intelectuales venezolanos hicieron y han hecho de nuestra librería su casa, y han hecho de sus espacios, el lugar privilegiado para presentar un libro ante el mundo. Como libreros, hemos estado siempre abiertos a su llegada. Las librerías son la plaza en donde encontrarse. El lugar del té y el vino. El espacio del diálogo y la amistad. El espacio de una librería, en estos tiempos modernos, debe seguir el dictado de Montejo: si la poesía es la última religión que nos queda, la librería debe ser uno de sus templos. Toda librería, siguiendo a Mallarmé, es un libro que contiene otros muchos hasta abarcar el mundo. En este tránsito, reclamo para el librero no otra labor sino la de Virgilio en la Comedia: mostrar el camino.
Una sociedad sin libreros es una sociedad sin ley. Hablo de la antigua ley de los hombres, la de la Ruta de las especies, la de los desiertos de Arabia, la de los barcos de Crusoe, Melville y Stevenson, la de los intercambios, trueques, comercios e intercambios: la de los tránsitos. El Buscón es uno de esos espacios y este libro que leeremos a partir de hoy evidencia ese andar perenne en donde el dialogo, cada día menor en nuestra sociedad, persiste.
Cierro con la segunda historia, la de Monterroso. Quiere, nos dice, vender quinientos libros, pues encontró que ya no lo interesaban: por sobreabundancia, por la ignorancia que muestran esos libros, por fastidio. Pero no quiere donarlos a bibliotecas, quiere que sus amigos se los lleven, que los compren individuos, no que terminen en cajones. Dentro de los libros que está dispuesto a desprenderse, estos son algunos: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro): 50; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace): 6; erotismo ½ (conservé las ilustraciones del único que tenía), métodos para dejar de beber: 19; literatura hispanoamericana: 86. Y así. Evidentemente, Monterroso no buscó a un librero para que lo ayudara a venderlos. Seguramente en el Buscón lo habríamos ayudado.
Muchas gracias.
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Quisiera comenzar contando dos lecturas: la primera, de Umberto Eco y Jean- Claude Carriére, contenida en Nadie acabará con los libros; la segunda, con la que terminaré, de Augusto Monterroso, titulada Cómo me deshice de quinientos libros. En estos tiempos bárbaros, en donde un control de cambio nos impide traer los libros que necesitamos, en donde imprimimos sólo si hay papel y en donde cierran librerías a diestra y a siniestra, celebrar los libros como los celebran Eco y Carriere, podría parecer una ironía. Pero en Venezuela, celebrarlos es una forma de resistencia, un ejercicio de ciudadanía que nos aleja de las lecciones no aprendidas en el siglo XX por un grupo de aventureros del poder. En el libro de Eco y Carriere, hay un recorrido por la historia de la literatura, de los libros, de las bibliotecas que en el mundo han sido, llenos de reflexiones y anécdotas pertinentes alrededor de ello. Nos llenamos al leerlo de certezas, pero a la vez, de temores. Ninguno de los dos intelectuales menciona con demasía al librero en esta historia del devenir humano, más considerando que son coleccionistas reconocidos de libros. Aparece, sí, pero privan los editores, los transcriptores, los autores por supuesto, por encima de la labor del librero. Y ya eso me llena de pesadumbres. Eco nos da una frase central: El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se ha inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo…Quizá evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es. Ante estas palabras, uno podría sentirse tranquilo. Pero la historia nos enseña que ese futuro no lo determinamos nosotros: no sabemos cuándo podrá truncarse por milenios o algunos años, como ha ocurrido en épocas oscuras de la humanidad. Estar atentos, alertas, advertir esto, es la labor de los libreros.
En esta labor, El Buscón ha logrado un lugar central entre las librerías en Caracas. Tomando como herencia el legado de la Librería Monte Ávila, fundada por Katyna Henríquez, actual gerente y socia de El Buscón, y también de las hermanas Pardo en la librería Soberbia, los autores, los editores, el pensamiento, en fin, venezolano, ha tenido un lugar en donde respirar, sentirse a sus anchas, no dejar nunca de sembrar el sentido crítico en cada lector y escucha de esas palabras. Eugenio Montejo, Rafael Cadenas y tantos intelectuales venezolanos hicieron y han hecho de nuestra librería su casa, y han hecho de sus espacios, el lugar privilegiado para presentar un libro ante el mundo. Como libreros, hemos estado siempre abiertos a su llegada. Las librerías son la plaza en donde encontrarse. El lugar del té y el vino. El espacio del diálogo y la amistad. El espacio de una librería, en estos tiempos modernos, debe seguir el dictado de Montejo: si la poesía es la última religión que nos queda, la librería debe ser uno de sus templos. Toda librería, siguiendo a Mallarmé, es un libro que contiene otros muchos hasta abarcar el mundo. En este tránsito, reclamo para el librero no otra labor sino la de Virgilio en la Comedia: mostrar el camino.
Una sociedad sin libreros es una sociedad sin ley. Hablo de la antigua ley de los hombres, la de la Ruta de las especies, la de los desiertos de Arabia, la de los barcos de Crusoe, Melville y Stevenson, la de los intercambios, trueques, comercios e intercambios: la de los tránsitos. El Buscón es uno de esos espacios y este libro que leeremos a partir de hoy evidencia ese andar perenne en donde el dialogo, cada día menor en nuestra sociedad, persiste.
Cierro con la segunda historia, la de Monterroso. Quiere, nos dice, vender quinientos libros, pues encontró que ya no lo interesaban: por sobreabundancia, por la ignorancia que muestran esos libros, por fastidio. Pero no quiere donarlos a bibliotecas, quiere que sus amigos se los lleven, que los compren individuos, no que terminen en cajones. Dentro de los libros que está dispuesto a desprenderse, estos son algunos: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro): 50; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace): 6; erotismo ½ (conservé las ilustraciones del único que tenía), métodos para dejar de beber: 19; literatura hispanoamericana: 86. Y así. Evidentemente, Monterroso no buscó a un librero para que lo ayudara a venderlos. Seguramente en el Buscón lo habríamos ayudado.
Muchas gracias.
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sábado, 30 de abril de 2011
Gonzalo Rojas. Un recuerdo personal de los noventa
Los años noventa son años poco comentados ultimamente. Pareciera que a partir de las asonadas golpistas del 92, y luego la victoria de Hugo Chavez hacia finales de la década, todo se hubiera evaporado. Para 1990 yo tenía 14 años, es decir, es MI década, la de mi adolescencia alucinada, intensa, pero también muy fructífera. En esos años, vino el segundo gobierno de Caldera (que dios lo guarde en el infierno) y un evento de magnitudes escalofriantes: la quiebra y crisis de los bancos. Los ochenta tuvieron su viernes negro, la primera década del siglo XXI su paro petrolero, los noventeros tuvimos nuestros bancos hechos trizas. Para cuando tenía 18 años, entendí que vivía en un país casi extraterrestre. Los años en mi infancia en Jamaica me marcaron sólidamente, y volver a entender este zafarrancho, me costó mucho. Sobrevivimos. Y tuvimos con nosotros a R.E.M, a Nirvana, a Red Hot Chilli Pepers, el asomo de Radio Head. Con poco, soportamos. Los noventa fueron la confirmación para nuestros padres de que ahora sí, sí de verdad, el país se había jodido, tocado fondo, hecho pupú. El auge de los institutos Tecnológicos como salida para el estudio, en especial para los que tuvimos un bachillerato de pacotilla, se convirtió en una opción salvadora. Soy Técnico Superior Universitario en Administración Industrial. Hice una tesis sobre Estaciones de Gas Natural para vehículos. Tengo más todavía: mis hermanos también fueron TSU; el mayor continuó la senda del Turismo en Margarita, el menor rompió caminos como yo. Los noventa, para mí, fueron juventud católica, viajes cada 15 días a los Valles del Tuy a casa de mi padre, trabajar desde adolescente, ver a mi madre con dos trabajos, ver la llegada plena del DVD y recorrer la señal de Televen, a ver qué había. Grabar música de la radio en cassettes (la Radio vivió el gran momento de su historia en Venezuela), comprar, por fidelidad, acetatos de Heavy Metal en Don Disco, aprender a fumar, enamorarme furiosamente cada mes de una mujer distinta.
Pero también fue la profundización de la lectura en la biblioteca de mi padre. En Cúa, donde vivía papá, no había mucho que hacer. Con el tiempo, andar en bicicleta se convirtió en un fastidio, y mi prioridad fue leer en las noches y ver películas en VHS (todavía existía con plenitud) todo el día. 4 y 5 películas por día. Por eso, mi formación cinematográfica es por Beta Max y VHS, no por salas de Cine. Frecuenté mucho la literatura latinoamericana, buscando un lugar donde respirar. Lo encontré en los Periolibros, una iniciativa única del Grupo de Diarios de América y en la columnas de Ibsen Martínez y José Ignacio Cabrujas. Marcas de mi escritura las tomé de Paz (utilización de los dos puntos:), el punto y coma de Bioy (amargamente desaparecido en el siglo XXI), otros. En casa de Gaby Henríquez, una amiga, leí decenas de obras editadas por Salvat en una cartulina que dejaba mucho que desear. Pero eran muy buenas obras y su generosidad, inmensa. Sí, también fue época de Mario Benedetti, de Rayuela, de Pablo Milanés, de vez en cuando, pero ante todo, Joan Manuel Serrat.
En los noventa trabajé en la Cantv de Concresa y del Hatillo, y ganaba bien, y entonces pude empezar a comprarme cuanto libro existía. Quise ser poeta y ensayista, y Monte Ávila me brindó todo, a bajos precios, y de altísima calidad. Me hice asiduo a la librería del Ateneo, a Ludens y a la librería del FCE en Plaza Venezuela. Cobraba, pasaba por ahí, compraba un par de libros, seguía al Ateneo, compraba dos más, me metía en el cine, me tomaba una cerveza, de vuelta a casa. Cada quincena lo mismo. Entraba a todos los museos, los devoraba, regresaba a casa. Ser cajero de Cantv me permitía darle la mayor parte de mi sueldo a mi madre y darme los mayores gustos a mí mismo. Ser cajero. Cómo han cambiado las cosas. Con Simón, mi hermano menor, alquilaba películas cerca de casa (sí, se alquilaban) e íbamos a Don Disco y a AM Musical, en Chacaíto, a comprar cuanto acetato de Metallica, Iron Maiden,The Cure, el U2 de Rattle & Hum, etc, consiguiéramos.Los noventa fueron Soda Stéreo, claro que sí, y Fito, y Charlie. Y ese evento legendario que ha caído en el olvido y merece una crónica mayor: el Festival Iberoamericano de Rock, con sus miles de jubilados adolescentes hediondos a marihuana y perro mojado, pues llovió y llovió mucho. Una de las imágenes mayores de esa década para mi: ver a cientos y cientos de muchachos y muchachas bajar de los Naranjos y avanzar caminando por el Bulevar del Cafetal, con los ojos hinchados de felicidad, como solo de adolescentes podemos serlo.
Un día, mientras empezaba una licenciatura en Recursos Materiales y Financieros en la Universidad Simón Rodríguez, interpretaba todo lo que decía el profesor en términos literarios y me di cuenta que debía tomar una decisión. Decidí dejar el trabajo; presenté en la UCV para estudiar Letras.....y no quedé. Tenía 20 años y no sabía ahora qué carajo hacer.Pero había esperanzas.
Los noventa, fueron para muchos de nosotros la continuidad de una política cultural acertada. El año se dividía en el Festival Internacional de Teatro, la Feria del Libro en Plaza Venezuela, la Semana Internacional de la Poesía, los Festivales de Cine en el Ateneo y la Cinemateca. Había para todo el año, a bajos precios, gratis y con la oportunidad de poderlo pagar si ahorrabas un poco. Era feliz en los noventa, con sus desastres, era feliz. Fue en la Semana Internacional de la Poesía que conocí a Gonzalo Rojas. Cambié. Nunca he escuchado a alguien leer poesía como lo hacía ese viejito enano y chileno. El poder de su voz, que nacía de su condición de asmático, era impresionante. Hacía delirar a las mujeres. Casi le lanzaban pantaletas. Era un héroe. Recuerdo todo de sus apariciones en esa Semana. Su comentarios sobre Pablo de Rockha, Pablo Neruda, su célebre cuento de Huidobro recitando latín, sus años en Alemania Oriental, su amistad con Paz y Montejo. Rojas me enseñó a respirar al escribir, a no tenerlo miedo al intercambio de fluidos entre eso que llamamos alta cultura y baja cultura. Recuerdo una historia suya: estaba en Madrid en un recital y el lugar estaba lleno de Punks. Pero Punks serios. Casi ingleses. Lo idolatraban. Y eso viejito conversó, se llenó de risas, cantó con los Punks. No tenía miedo de los retos culturales, no se amilanaba por nada.
Los noventa fueron buenos años. Al final de la década, comenzó realmente nuestra debacle, quizá por eso no puedo dejar de pensar en ellos como los años de entreguerra europeos, versión criolla. Los ochenta y los noventa: la luminosa decadencia de un país.
A partir de Gonzalo Rojas, me dije, ahora sí, ahora sí, voy a ser el gran super poeta de la historia. Presenté en Letras otra vez y quedé. Puedo jurar que cuando vi la nota en la cartelera de la Facultad, escuché la Quinta de Beethoven. O la Novena. O las dos juntas. En fin, era Beethoven. Dejé el trabajo y empecé a trabajar en una Farmacia. Luego, fui librero en la Librería del Ateneo con Iván NIño, Juan Pablo Mojica, Federico Pérez, el gran Guillermo. Recuerdo haber visto a Cayayo comprando discos de Putumayo, a Salvador Garmendia presentando un libro con esa voz maravillosa, tanto, tanto, tanto. Seguía siendo feliz. El año que trabajé en el Ateneo, estudiando Letras, con menos de 25 años, fue mi París particular.
La muerte de ese hermoso viejo, me hace sentir que ese mundo ahora sí de verdad se clausuró. Hace años vendí decenas de mis libros de poesía en una crisis de escritura, pero siempre que lo releía compraba otro, y luego otro. Solamente Rojas me reconciliaba con el ritmo universal, con Eros, con la creatividad. Era como beber el mejor de los vinos. Lamento mucho su muerte, pues con él muere, ahora sí, toda una etapa mayor de mi vida.
La buscaré en sus poemas. La buscaré en el iluso intento de tratar de escribir cada vez mejor, bien por lo menos, y que Beethoven suene, siempre, cada vez.
Gonzalo Rojas vivió en Venezuela, en la Venezuela que este gobierno deplora y escupe. Una Venezuela democrática, llena de miles de defectos, pero en donde todos podían venir: toda la izquierda latinomericana pasó por aquí, tuvieron trabajo y casa, y amigos. También la derecha. Me gusta recordar que en los noventa todavía éramos gente.
Gonzalo Rojas se fue. Ya lo extraño tanto como a mi década. Adiós viejo. Gracias por enseñarme a mandar la Administración al carajo. Porque ahora soy profesor de Literatura, porque fui y soy librero, porque escribo. Gracias por tanto. Gracias.
Pero también fue la profundización de la lectura en la biblioteca de mi padre. En Cúa, donde vivía papá, no había mucho que hacer. Con el tiempo, andar en bicicleta se convirtió en un fastidio, y mi prioridad fue leer en las noches y ver películas en VHS (todavía existía con plenitud) todo el día. 4 y 5 películas por día. Por eso, mi formación cinematográfica es por Beta Max y VHS, no por salas de Cine. Frecuenté mucho la literatura latinoamericana, buscando un lugar donde respirar. Lo encontré en los Periolibros, una iniciativa única del Grupo de Diarios de América y en la columnas de Ibsen Martínez y José Ignacio Cabrujas. Marcas de mi escritura las tomé de Paz (utilización de los dos puntos:), el punto y coma de Bioy (amargamente desaparecido en el siglo XXI), otros. En casa de Gaby Henríquez, una amiga, leí decenas de obras editadas por Salvat en una cartulina que dejaba mucho que desear. Pero eran muy buenas obras y su generosidad, inmensa. Sí, también fue época de Mario Benedetti, de Rayuela, de Pablo Milanés, de vez en cuando, pero ante todo, Joan Manuel Serrat.
En los noventa trabajé en la Cantv de Concresa y del Hatillo, y ganaba bien, y entonces pude empezar a comprarme cuanto libro existía. Quise ser poeta y ensayista, y Monte Ávila me brindó todo, a bajos precios, y de altísima calidad. Me hice asiduo a la librería del Ateneo, a Ludens y a la librería del FCE en Plaza Venezuela. Cobraba, pasaba por ahí, compraba un par de libros, seguía al Ateneo, compraba dos más, me metía en el cine, me tomaba una cerveza, de vuelta a casa. Cada quincena lo mismo. Entraba a todos los museos, los devoraba, regresaba a casa. Ser cajero de Cantv me permitía darle la mayor parte de mi sueldo a mi madre y darme los mayores gustos a mí mismo. Ser cajero. Cómo han cambiado las cosas. Con Simón, mi hermano menor, alquilaba películas cerca de casa (sí, se alquilaban) e íbamos a Don Disco y a AM Musical, en Chacaíto, a comprar cuanto acetato de Metallica, Iron Maiden,The Cure, el U2 de Rattle & Hum, etc, consiguiéramos.Los noventa fueron Soda Stéreo, claro que sí, y Fito, y Charlie. Y ese evento legendario que ha caído en el olvido y merece una crónica mayor: el Festival Iberoamericano de Rock, con sus miles de jubilados adolescentes hediondos a marihuana y perro mojado, pues llovió y llovió mucho. Una de las imágenes mayores de esa década para mi: ver a cientos y cientos de muchachos y muchachas bajar de los Naranjos y avanzar caminando por el Bulevar del Cafetal, con los ojos hinchados de felicidad, como solo de adolescentes podemos serlo.
Un día, mientras empezaba una licenciatura en Recursos Materiales y Financieros en la Universidad Simón Rodríguez, interpretaba todo lo que decía el profesor en términos literarios y me di cuenta que debía tomar una decisión. Decidí dejar el trabajo; presenté en la UCV para estudiar Letras.....y no quedé. Tenía 20 años y no sabía ahora qué carajo hacer.Pero había esperanzas.
Los noventa, fueron para muchos de nosotros la continuidad de una política cultural acertada. El año se dividía en el Festival Internacional de Teatro, la Feria del Libro en Plaza Venezuela, la Semana Internacional de la Poesía, los Festivales de Cine en el Ateneo y la Cinemateca. Había para todo el año, a bajos precios, gratis y con la oportunidad de poderlo pagar si ahorrabas un poco. Era feliz en los noventa, con sus desastres, era feliz. Fue en la Semana Internacional de la Poesía que conocí a Gonzalo Rojas. Cambié. Nunca he escuchado a alguien leer poesía como lo hacía ese viejito enano y chileno. El poder de su voz, que nacía de su condición de asmático, era impresionante. Hacía delirar a las mujeres. Casi le lanzaban pantaletas. Era un héroe. Recuerdo todo de sus apariciones en esa Semana. Su comentarios sobre Pablo de Rockha, Pablo Neruda, su célebre cuento de Huidobro recitando latín, sus años en Alemania Oriental, su amistad con Paz y Montejo. Rojas me enseñó a respirar al escribir, a no tenerlo miedo al intercambio de fluidos entre eso que llamamos alta cultura y baja cultura. Recuerdo una historia suya: estaba en Madrid en un recital y el lugar estaba lleno de Punks. Pero Punks serios. Casi ingleses. Lo idolatraban. Y eso viejito conversó, se llenó de risas, cantó con los Punks. No tenía miedo de los retos culturales, no se amilanaba por nada.
Los noventa fueron buenos años. Al final de la década, comenzó realmente nuestra debacle, quizá por eso no puedo dejar de pensar en ellos como los años de entreguerra europeos, versión criolla. Los ochenta y los noventa: la luminosa decadencia de un país.
A partir de Gonzalo Rojas, me dije, ahora sí, ahora sí, voy a ser el gran super poeta de la historia. Presenté en Letras otra vez y quedé. Puedo jurar que cuando vi la nota en la cartelera de la Facultad, escuché la Quinta de Beethoven. O la Novena. O las dos juntas. En fin, era Beethoven. Dejé el trabajo y empecé a trabajar en una Farmacia. Luego, fui librero en la Librería del Ateneo con Iván NIño, Juan Pablo Mojica, Federico Pérez, el gran Guillermo. Recuerdo haber visto a Cayayo comprando discos de Putumayo, a Salvador Garmendia presentando un libro con esa voz maravillosa, tanto, tanto, tanto. Seguía siendo feliz. El año que trabajé en el Ateneo, estudiando Letras, con menos de 25 años, fue mi París particular.
La muerte de ese hermoso viejo, me hace sentir que ese mundo ahora sí de verdad se clausuró. Hace años vendí decenas de mis libros de poesía en una crisis de escritura, pero siempre que lo releía compraba otro, y luego otro. Solamente Rojas me reconciliaba con el ritmo universal, con Eros, con la creatividad. Era como beber el mejor de los vinos. Lamento mucho su muerte, pues con él muere, ahora sí, toda una etapa mayor de mi vida.
La buscaré en sus poemas. La buscaré en el iluso intento de tratar de escribir cada vez mejor, bien por lo menos, y que Beethoven suene, siempre, cada vez.
Gonzalo Rojas vivió en Venezuela, en la Venezuela que este gobierno deplora y escupe. Una Venezuela democrática, llena de miles de defectos, pero en donde todos podían venir: toda la izquierda latinomericana pasó por aquí, tuvieron trabajo y casa, y amigos. También la derecha. Me gusta recordar que en los noventa todavía éramos gente.
Gonzalo Rojas se fue. Ya lo extraño tanto como a mi década. Adiós viejo. Gracias por enseñarme a mandar la Administración al carajo. Porque ahora soy profesor de Literatura, porque fui y soy librero, porque escribo. Gracias por tanto. Gracias.
domingo, 27 de marzo de 2011
Jornada tercera. 23 de marzo de 2011
Llegué a las 8 al Paraninfo. Juan Cristóbal se alegró, pues sospechaba que la mesa en donde estaría no tendría mayor público. Era sobre Literatura y Política. Efectivamente, al comenzar, no abundaba (pero luego las cosas cambiarían: un asunto de puntualidad criolla, tráfico y lejanía contribuyeron a que no llegara la gente a tiempo). Un par de muchachos de sociología de la UCAB leyeron un trabajo en ciernes sobre la idea de Nación y Literatura y su elemento inconcluso. Juan Carlos Araque, segundo en el orden de lectura, no llegaba. Leyó entonces Juan Criistóbal. Me pareció muy importante su ponencia, alrededor de "Gallegos espectral". Cómo la figura de Gallegos, en estos tiempos, ha vuelto a surgir. La idea del intelectual como pastor de hombres, como salvador de la patria, ronda nuestra literatura, en especial nuestra narrativa más existosa en estos momentos, aquella de carácter histórico. Fue una ponencia demoledora. Luego, María Julio Cordero reflexionaría sobre su padre y cómo su obra se vio relegada entre las roscas culturales de la IV República. Su meditación alrededor de pueblo y ciudadanía crítica, fue impactante. Al final, Araque llegaría. Venía directo desde Barquisimeto para leer su ponencia, había salido la noche anterior. Toda una lección para algunos caraqueños y su pequeño desprecio a estas Jornadas. La ponencia de Araque era sobre el Testimonio en la literatura, en la figura de tres autoras venezolanas de los setentas: De Stéfano, Madrid, Zago. Mostró cómo la década del fracaso de la guerrilla, del pensamiento sobre ese fracaso se hace cada vez más, mostrando sus costuras en cuanto a una posibilidad de cura, lo cual se manifiesta en el revanchismo de quienes están en el poder.
A las 10, escuchamos la mesa sobre Narrativa y Espacio Urbano II. Santaella, Rodrigo Blanco, fueron los interpelados en estas ponencias desde posiciones interesantes. Luego, escucharíamos una lectura, sobre el testimonio en la literatura presidiaria de los años setenta. Toda una reflexión, en donde la métafora del país como cárcel es escalofriante, pero no menos cierta.
Almorcé con Enza García Arreaza y José Manuel Guilarte, luego de caminar mucho por la Universidad. Pude conocer a Moreno Villamediana y conversar con gente valiosa. Fue muy esperanzador vivir unos días en donde en cada esquina te encontrabas con alguien con quien intercambiar experiencias, conocimientos, alegría, dudas, terror.
En la tarde, nos encaminamos hacia la Conferencia Plenaria sobre Narrativa Contemporánea, la gran protagonista de las Jornadas. Carlos Pacheco, Arnaldo Valero y Gustavo Guerrero, invitado especial, leerían para nosotros. La conferencia de Pacheco nos llevó al Falke, como paradigma narrativo de la novela de esta década. Valero, nos llevó, quizás en un tiempo demasiado extenso de lectura, hacia la figura maravillosa de Juan Félix Sánchez. Guerrero nos cautivó con una conferencia llena de esperanzas para la literatura venezolana, sobria, bien escrita. Esperábamos conferencias semejantes a la de Guerrero definitivamente. Pienso que la Plenaria no apuntaba a trabajos personales sobre la literatura venezolana, sino a una interpretación de ella en la última década, o la anterior y la por venir.
A las 4 de la tarde, luego de mucho café, risas y cigarrillos, entramos nuevamente al Paraninfo para escuchar a Federico Vegas, Alberto Barrera Tyzska, Oscar Marcano, y Juan Carlos Méndez Guedez. Fue un conversatorio relajado, divertido, reflexivo. La nota más alta la alcanzó Méndez Guedez, al presentarnos su pesimismo sano. Que no creeamos en mesianismos literarios, en mini booms, en enchinchorramientos como escritores. No debemos nunca dejar de trabajar, más allá de los vaivenes del mercado. Hubo un debate interesante en Vegas y Barerra. El primero (recordamos al Gallegos espectral de la mañana), anunció que el escritor es el verdadera salvador de la patria. Que sus mayores influencias eran Reverón, Villanueva y Gallegos. Algo que no invita a reflexionar hasta el hueso. Son todos figuras de antes de 1958, es decir, antes de la democracia. ¿ No concibe todavía la literatura venezolana patrones, imaginarios, más allá de la huella modernizadora (1935-1955) y la revolucionaria (60s)? Es curioso cómo un período como lo fue la democracia entre 1958 y 1978 no se considera un paradigma. El período de la historia en donde realmente se gestó una idea de ciudadanía, de democracia en Venezuela, merece una nueva mirada, sin ingenuidades de derechas e izquierdas centradas en sus absurdos más degradantes. Vegas fue encantador, como suele serlo, y supo llevar sus intervenciones. Es un gran escritor y un gran amigo a quien admiramos, que sabemos se abrirá a nuevas esferas. Barrera, amablemente, lo llevó a hacer tablas con él, a partir de un escepticismo sano, crítico, quebrantador de espectativas. Me hubiera gustado contar con la presencia de Israel Centeno en esa mesa; creo, sin temor a equivocarme, que hizo muchísima falta. Fue un conversatorio respetuoso, entre amigos, que escriben distinto, piensan distinta a la literatura, pero son capaces de establecer un debate sin matarse. Un ejemplo a seguir (pero faltó más sangre).
Las Jornadas finalizaron con un brindis, planes futuros, debates entre copas, críticas, abrazos, cansancio. Es quizás una experiencia sin igual en nuestro mapa literario, que nos llevará, si nos organizamos y vencemos los egoísmos, a presentarnos críticamente y como "marca" (aunque no guste esta palabra) ante el mundo, como lo hacen argentinos, mexicanos, colombianos y españoles sin ningún complejo. Hay que mostrarse y hacerlo valerosamente, trabajar y seguir trabajando por unas próximas Jornadas en 2013. Quizás, un nuevo premio Herralde esté entre nosotros, o un Alfaguara, o una tendencia rica en cuanto a crítica del teatro o una revaloración del ensayo. Un lugar donde las alegorías nacionales sean sobre un futuro posible, una ciudadanía lectora y crítica a partir del lenguaje. Una clausura del siglo XIX.
Gracias a todo el equipo de la Simón Bolívar, en especial a Carmen Victoria Vivas, que se entregó en cuerpo y alma a estas Jornadas. A ella y a todos, salud y literatura.
A las 10, escuchamos la mesa sobre Narrativa y Espacio Urbano II. Santaella, Rodrigo Blanco, fueron los interpelados en estas ponencias desde posiciones interesantes. Luego, escucharíamos una lectura, sobre el testimonio en la literatura presidiaria de los años setenta. Toda una reflexión, en donde la métafora del país como cárcel es escalofriante, pero no menos cierta.
Almorcé con Enza García Arreaza y José Manuel Guilarte, luego de caminar mucho por la Universidad. Pude conocer a Moreno Villamediana y conversar con gente valiosa. Fue muy esperanzador vivir unos días en donde en cada esquina te encontrabas con alguien con quien intercambiar experiencias, conocimientos, alegría, dudas, terror.
En la tarde, nos encaminamos hacia la Conferencia Plenaria sobre Narrativa Contemporánea, la gran protagonista de las Jornadas. Carlos Pacheco, Arnaldo Valero y Gustavo Guerrero, invitado especial, leerían para nosotros. La conferencia de Pacheco nos llevó al Falke, como paradigma narrativo de la novela de esta década. Valero, nos llevó, quizás en un tiempo demasiado extenso de lectura, hacia la figura maravillosa de Juan Félix Sánchez. Guerrero nos cautivó con una conferencia llena de esperanzas para la literatura venezolana, sobria, bien escrita. Esperábamos conferencias semejantes a la de Guerrero definitivamente. Pienso que la Plenaria no apuntaba a trabajos personales sobre la literatura venezolana, sino a una interpretación de ella en la última década, o la anterior y la por venir.
A las 4 de la tarde, luego de mucho café, risas y cigarrillos, entramos nuevamente al Paraninfo para escuchar a Federico Vegas, Alberto Barrera Tyzska, Oscar Marcano, y Juan Carlos Méndez Guedez. Fue un conversatorio relajado, divertido, reflexivo. La nota más alta la alcanzó Méndez Guedez, al presentarnos su pesimismo sano. Que no creeamos en mesianismos literarios, en mini booms, en enchinchorramientos como escritores. No debemos nunca dejar de trabajar, más allá de los vaivenes del mercado. Hubo un debate interesante en Vegas y Barerra. El primero (recordamos al Gallegos espectral de la mañana), anunció que el escritor es el verdadera salvador de la patria. Que sus mayores influencias eran Reverón, Villanueva y Gallegos. Algo que no invita a reflexionar hasta el hueso. Son todos figuras de antes de 1958, es decir, antes de la democracia. ¿ No concibe todavía la literatura venezolana patrones, imaginarios, más allá de la huella modernizadora (1935-1955) y la revolucionaria (60s)? Es curioso cómo un período como lo fue la democracia entre 1958 y 1978 no se considera un paradigma. El período de la historia en donde realmente se gestó una idea de ciudadanía, de democracia en Venezuela, merece una nueva mirada, sin ingenuidades de derechas e izquierdas centradas en sus absurdos más degradantes. Vegas fue encantador, como suele serlo, y supo llevar sus intervenciones. Es un gran escritor y un gran amigo a quien admiramos, que sabemos se abrirá a nuevas esferas. Barrera, amablemente, lo llevó a hacer tablas con él, a partir de un escepticismo sano, crítico, quebrantador de espectativas. Me hubiera gustado contar con la presencia de Israel Centeno en esa mesa; creo, sin temor a equivocarme, que hizo muchísima falta. Fue un conversatorio respetuoso, entre amigos, que escriben distinto, piensan distinta a la literatura, pero son capaces de establecer un debate sin matarse. Un ejemplo a seguir (pero faltó más sangre).
Las Jornadas finalizaron con un brindis, planes futuros, debates entre copas, críticas, abrazos, cansancio. Es quizás una experiencia sin igual en nuestro mapa literario, que nos llevará, si nos organizamos y vencemos los egoísmos, a presentarnos críticamente y como "marca" (aunque no guste esta palabra) ante el mundo, como lo hacen argentinos, mexicanos, colombianos y españoles sin ningún complejo. Hay que mostrarse y hacerlo valerosamente, trabajar y seguir trabajando por unas próximas Jornadas en 2013. Quizás, un nuevo premio Herralde esté entre nosotros, o un Alfaguara, o una tendencia rica en cuanto a crítica del teatro o una revaloración del ensayo. Un lugar donde las alegorías nacionales sean sobre un futuro posible, una ciudadanía lectora y crítica a partir del lenguaje. Una clausura del siglo XIX.
Gracias a todo el equipo de la Simón Bolívar, en especial a Carmen Victoria Vivas, que se entregó en cuerpo y alma a estas Jornadas. A ella y a todos, salud y literatura.
Jornada segunda. Sartenejas, 22 de marzo de 2011
Subí a la Simón muy temprano, pues quería llegar a algunas de las mesas. Hotel California y Highway to hell me acompañaron; no en el ipod, en el autobús. Nuestro chofer era roquero, y eso nos dio claves, intuiciones, de lo que podría significar este día. Llegué al Paraninfo y escuché la ponencia de Vicente Lecuna. No abundaron los profesores de la UCV en las Jornadas. Lecuna, Kozak,Juan Cristóbal Castro, yo.Castillo Zapata. Ni sombra del departamento de Latinoamericana y Venezolana. Los infatigables del Instituto de Investigaciones sí estuvieron: Rebeca Pineda, Morenza, Sandoval, incluso alumnos de la Maestría en Venezolana. La ponencia de Vicente fue aleccionadora. Su análisis de las dos últimas obras de Barrera Tyzska fue interesante sobremanera. Su acercamiento a la alegoría nacional e individual en esas obras nos hizo empezar a hilar una temática que sería importante en todo el tiempo de las Jornadas.
Al finalizar, corrí a EGE a escuchar a Violeta Rojo. Era tarde. Ya habían leído sus ponencias ella y los demás (no hubo problemas de tiempo, cosa extraña) y ya estaban en las preguntas. La sala tenía gente. Alumnos y profesores de Barquisimeto, Coro, Maracaibo, Mérida, Cumaná hicieron presencia en cada una de las actividades. Por el contrario, la ausencia de los alumnos de las Escuelas de Letras de Caracas fue masiva. Pocas caras conocidas. Una verdadera lástima.
A las 10 debía moderar una mesa: Narrativa Venezolana: lecturas y perspectivas II. La sala que teníamos estipulada no pudimos usarla, y bajo la dirección de Mariana Libertad Suárez caminamos hasta Comunicación. Allá, muy cerca de Editorial Equinoccio, conversamos y escuchamos a los ponentes. Steven Bermúdez, de LUZ, Michelle Roche, de El Nacional y NYU, y Rossana Álvarez (nieta de Pepe Barroeta, como me dijo Gabriel Payares el día siguiente) leyeron sendas disertaciones sobre la escritura nacional, las figuras de Gallegos y Britto García, Meneses y Payares. Como final (pues una de las ponentes no llegó, aun no sabemos muy bien por qué, y es una lástima) Adriana Cabrera nos iluminó alrededor de las Digresiones en Liliana Lara, la gran escritura oriental. Las discusiones posteriores, fueron estimulantes.Juan Carlos Méndez Guedez, Rubi Guerra y Fedosy Santaella nos acompañaron. El último se tuvo que retirar y, además, la muchacha que faltó leía sobre sobre obra y nos dejó con ganas de escuchar esa ponencia. Pero los dos primeros fueron activos participantes. Debo resaltar esto: ningún invitado o escritor adoptó posturas de Divo. Todos estuvieron abiertos y con ganas de colaborar, intervenir, ayudar. Reflexionamos abundantemente sobre cómo las alegorías siguien haciendo presencia en las ponencias. Sobre el exilio exterior e interior en nuestra literatura y cómo esos caminos parecen ampliarse. Fue refrescante. No dejo de resaltar que la obra de Santaella tuvo en las Jornadas dos ponencias. Una obra interesante, fresca, renovadora, llena de un lenguaje poco usual y que tiene seguidores en todo el mapa nacional. Extrañé lecturas de la obra de Israel Centeno, de Juan Carlos Chirinos, de Gustavo Valle. Pero estoy seguro que ya vendrán.
A mediodía, tuvo a retirarme. Bajé a Caracas bajo la grata compañía y conversación de Rubi Guerra y Adriana Cabrera, su esposa. Gente maravillosa. Me encantó descubrir en Guerra una gran admiración por la obra de Shakespeare. Me comentó que entre los 12 y los 18 años leyó Hamlet por lo menos unas tres veces por año. Que luego, su acercamiento ha ido en aumento. Nadie sabe las influencias de los escritores. ¿Ahora sí podemos reconocer quizás, una de las vetas de la maestría de Guerra en sus cuentos, sus acercamientos a los personajes, a la historia y su tragedia?.
En la tarde, hubo polémicas. El día tenía a la poesía como protagonista, en sendas lecturas y reflexiones. Las conferencias plenarias sobre poesía contaron con Arturo Gutierrez Plaza, Joaquín Marta Sosa y Gina Saraceni. Marta Sosa marcó la polémica, al señalar, palabras más, palabras menos, que en Venezuela no hay poesía desde Tráfico y Guaire y señalando que la obra de Arraiz Lucca es muy importante, fundamental. Saraceni lo despachó haciendo un largo listado de nombres de poetas nacionales posteriores a esos grupos que han dejado una marca mayor en nuestra literatura, hasta hoy. Pero esto no quedó así. Los poetas que leerían luego, Luis Enrique Belmonte, Luis Moreno Villamediana, Jacqueline Goldberg, Pausides González (este último quizás no), dedicaron irónicamente sus lecturas a Marta Sosa. Todos, maestros. Todos, posteriores a Tráfico Y Guaire. Luego, poetas más jovenes: José Delpino, Adalber Salas, Santiago Acosta y otros finalizarían las Jornadas con sus lecturas.
Debo hacer un comentario personal. Creo que la figura de Arraiz Lucca levanta muchas, demasiadas ronchas. Es quizás el Gerente Cultural de línea más alta de nuestra historia contemporánea ( La GAN, Monte Ávila editores, el Cealup, la Fundación para la Cultura Urbana, son testimonio de ello). De eso no nos cabe dudas. Con respecto a su poesía, siento que muchas marcas la han signado en su acercamiento crítico: no es un hombre de izquierda, no formó parte de grupos posteriores de poetas, es miembro de familia de raingambre mantuana. De su obra, siempre rescato "Pesadumbre en Bridgetown". Editado por Pequeña Venecia y su cuerpo editor, de obra reconocida( Barreto, Strepponi, Pantin, López Ortega) es un poema largo con la huella de Eliot que anuncia muy bien el desastre que vendría sobre nosotros en la década de los noventa. De su obra anterior y posterior, deben hablar los especialistas, y yo no lo soy.
Esta segunda Jornada nos deja más preguntas: ¿Hablarían del proyecto de la Revista El Salmón?, ¿ Y de proyectos y poetas del interior del país, en donde se gesta un movimiento de altura y entusiasmante?, ¿ Se reflexionaría cómo la poesía pasó, luego de estar en el pedestal mayor, a un segundo lugar con el mini boom de la narrativa en esta década?, ¿ dentro de las diferentes mesas, dejando aparte la Conferencia Plenaria con que se inauguraron las Jornadas, se hablaría en algún momento de ediciones nacionales o internacionales de poesía?¿ Números, estadísticas, cantidad de talleres?
Con estas preguntas, hacia el final de la tarde, luego de corregir, preparar algunas clases, descansar, lavábamos los platos pensando que ojalá no nos dedicáramos tanto a lavarnos las manos ante el reto mayor de acercarnos a nuestra literatura, analizarla y difundirla. Estas Jornadas, seguían anunciando esperanzas. Los Rolling Stones me ayudaron a cerrar el día.
Gracias a los dioses, todavía quedaba el último día de las mismas: el de la mañana siguiente.
Al finalizar, corrí a EGE a escuchar a Violeta Rojo. Era tarde. Ya habían leído sus ponencias ella y los demás (no hubo problemas de tiempo, cosa extraña) y ya estaban en las preguntas. La sala tenía gente. Alumnos y profesores de Barquisimeto, Coro, Maracaibo, Mérida, Cumaná hicieron presencia en cada una de las actividades. Por el contrario, la ausencia de los alumnos de las Escuelas de Letras de Caracas fue masiva. Pocas caras conocidas. Una verdadera lástima.
A las 10 debía moderar una mesa: Narrativa Venezolana: lecturas y perspectivas II. La sala que teníamos estipulada no pudimos usarla, y bajo la dirección de Mariana Libertad Suárez caminamos hasta Comunicación. Allá, muy cerca de Editorial Equinoccio, conversamos y escuchamos a los ponentes. Steven Bermúdez, de LUZ, Michelle Roche, de El Nacional y NYU, y Rossana Álvarez (nieta de Pepe Barroeta, como me dijo Gabriel Payares el día siguiente) leyeron sendas disertaciones sobre la escritura nacional, las figuras de Gallegos y Britto García, Meneses y Payares. Como final (pues una de las ponentes no llegó, aun no sabemos muy bien por qué, y es una lástima) Adriana Cabrera nos iluminó alrededor de las Digresiones en Liliana Lara, la gran escritura oriental. Las discusiones posteriores, fueron estimulantes.Juan Carlos Méndez Guedez, Rubi Guerra y Fedosy Santaella nos acompañaron. El último se tuvo que retirar y, además, la muchacha que faltó leía sobre sobre obra y nos dejó con ganas de escuchar esa ponencia. Pero los dos primeros fueron activos participantes. Debo resaltar esto: ningún invitado o escritor adoptó posturas de Divo. Todos estuvieron abiertos y con ganas de colaborar, intervenir, ayudar. Reflexionamos abundantemente sobre cómo las alegorías siguien haciendo presencia en las ponencias. Sobre el exilio exterior e interior en nuestra literatura y cómo esos caminos parecen ampliarse. Fue refrescante. No dejo de resaltar que la obra de Santaella tuvo en las Jornadas dos ponencias. Una obra interesante, fresca, renovadora, llena de un lenguaje poco usual y que tiene seguidores en todo el mapa nacional. Extrañé lecturas de la obra de Israel Centeno, de Juan Carlos Chirinos, de Gustavo Valle. Pero estoy seguro que ya vendrán.
A mediodía, tuvo a retirarme. Bajé a Caracas bajo la grata compañía y conversación de Rubi Guerra y Adriana Cabrera, su esposa. Gente maravillosa. Me encantó descubrir en Guerra una gran admiración por la obra de Shakespeare. Me comentó que entre los 12 y los 18 años leyó Hamlet por lo menos unas tres veces por año. Que luego, su acercamiento ha ido en aumento. Nadie sabe las influencias de los escritores. ¿Ahora sí podemos reconocer quizás, una de las vetas de la maestría de Guerra en sus cuentos, sus acercamientos a los personajes, a la historia y su tragedia?.
En la tarde, hubo polémicas. El día tenía a la poesía como protagonista, en sendas lecturas y reflexiones. Las conferencias plenarias sobre poesía contaron con Arturo Gutierrez Plaza, Joaquín Marta Sosa y Gina Saraceni. Marta Sosa marcó la polémica, al señalar, palabras más, palabras menos, que en Venezuela no hay poesía desde Tráfico y Guaire y señalando que la obra de Arraiz Lucca es muy importante, fundamental. Saraceni lo despachó haciendo un largo listado de nombres de poetas nacionales posteriores a esos grupos que han dejado una marca mayor en nuestra literatura, hasta hoy. Pero esto no quedó así. Los poetas que leerían luego, Luis Enrique Belmonte, Luis Moreno Villamediana, Jacqueline Goldberg, Pausides González (este último quizás no), dedicaron irónicamente sus lecturas a Marta Sosa. Todos, maestros. Todos, posteriores a Tráfico Y Guaire. Luego, poetas más jovenes: José Delpino, Adalber Salas, Santiago Acosta y otros finalizarían las Jornadas con sus lecturas.
Debo hacer un comentario personal. Creo que la figura de Arraiz Lucca levanta muchas, demasiadas ronchas. Es quizás el Gerente Cultural de línea más alta de nuestra historia contemporánea ( La GAN, Monte Ávila editores, el Cealup, la Fundación para la Cultura Urbana, son testimonio de ello). De eso no nos cabe dudas. Con respecto a su poesía, siento que muchas marcas la han signado en su acercamiento crítico: no es un hombre de izquierda, no formó parte de grupos posteriores de poetas, es miembro de familia de raingambre mantuana. De su obra, siempre rescato "Pesadumbre en Bridgetown". Editado por Pequeña Venecia y su cuerpo editor, de obra reconocida( Barreto, Strepponi, Pantin, López Ortega) es un poema largo con la huella de Eliot que anuncia muy bien el desastre que vendría sobre nosotros en la década de los noventa. De su obra anterior y posterior, deben hablar los especialistas, y yo no lo soy.
Esta segunda Jornada nos deja más preguntas: ¿Hablarían del proyecto de la Revista El Salmón?, ¿ Y de proyectos y poetas del interior del país, en donde se gesta un movimiento de altura y entusiasmante?, ¿ Se reflexionaría cómo la poesía pasó, luego de estar en el pedestal mayor, a un segundo lugar con el mini boom de la narrativa en esta década?, ¿ dentro de las diferentes mesas, dejando aparte la Conferencia Plenaria con que se inauguraron las Jornadas, se hablaría en algún momento de ediciones nacionales o internacionales de poesía?¿ Números, estadísticas, cantidad de talleres?
Con estas preguntas, hacia el final de la tarde, luego de corregir, preparar algunas clases, descansar, lavábamos los platos pensando que ojalá no nos dedicáramos tanto a lavarnos las manos ante el reto mayor de acercarnos a nuestra literatura, analizarla y difundirla. Estas Jornadas, seguían anunciando esperanzas. Los Rolling Stones me ayudaron a cerrar el día.
Gracias a los dioses, todavía quedaba el último día de las mismas: el de la mañana siguiente.
Jornada primera. Sartenejas, 21 de marzo de 2011
esposa me dejó en la Libertador, a la altura de Chacaíto y bajé. Tomaría el autobús de la Universidad en la esquina del Mac Donald. Mientras caminaba, recordé con cariño los dos trimestres en que dicté clases en la Simón Bolívar y lo buena que fue la experiencia. Al llegar a la esquina, la cola era larga. Encendí un cigarrillo. Llegaría tarde. No tuve presente el orden de las horas allá arriba (por bloques numéricos establecidos) y dos autobuses llegaron para llevarse la carga. En un santiamén, llegué a Sartenejas.
Crucé la calle de los ingleses, colindando con la Biblioteca, hacia el Rectorado. Ya Gisela Kozak me había confirmado que era ahí la primera Conferencia Plenaria, en donde ella leería. La vista del paisaje me alegró, y ya en la entrada, saludaba a mucha gente. El aire respiraba emoción, expectativa. Saludé a Vicente Lecuna, quien me presentó a Miguel Gomes y abracé a Juan Carlos Méndez Guedez, con quien me comunico abundamentemente por el Facebook. Miguel, buen scholar, llevaba traje y corbata. Juan Carlos, mucho más informal. Vicente, ni se diga. Tres formas de pensar, escribir y abordar la literatura intercambiaban comentarios jocosos. Ojalá fuera así el ambiente de toda esta Jornada: tolerancia, respeto, búsqueda de conocimiento y difusión del mismo. A los minutos, llegó Gisela, engalanada con una hermosa falda, linda. Más abrazos. Cigarrillos, ganas de café, adrenalina en los ojos de los organizadores, en especial de Carmen Victoria Vivas. Nos encomiaron a entrar al Paraninfo. Todo iba a comenzar.
La conferencia plenaria la dictarían Luis Miguel Isava, Gisela Kozak, Miguel Gomes, y Carlos Sandoval. En ella se vivieron momentos dulces y feroces. Luis Miguel dictó una cátedra sobre poesía. Desde hace mucho tiempo dejó de ser un crítico y pasó a ser un filósofo del lenguaje. Gisela cambió el ambiente y polemizó, señalando nombres, carencias, fisuras, logros, aciertos de la literatura venezolana y sus protagonistas, desde las gestiones culturales de los noventas hasta el día de hoy. Rió y repartió carcajadas y silencios entre el público. Ya la candela estaba iniciada. Las conferencias de Miguel Gomes y Carlos Sandoval continuaron el hilo de Gisela. Gomes, quien nos tiene acostumbrados a la rigurosidad académica más alta, centró su conferencia alrededor de las alegorías nacionales, haciendo una profunda crítica. Sandoval, criticó la ausencia del teatro y del ensayo en las discusiones de las Jornadas, así como en la mesa en donde se encontraba en ese momento. Habló de 17 antologías de cuentos en menos de 10 años en el país; de la industria editorial, de los triunfos de algunos y los fracasos de otros. Luego, el ciclo de preguntas fue pequeño; además, había que almorzar.
Subí, junto con muchos más, a la Casa del Profesor, para acompañar a Violeta Rojo y Miguel Gomes, con quien pude conversar bastante en el camino. Almorzamos en una misma mesa Laura Febres, Violeta, Leopoldo Plaz y yo. Al lado, los conferencistas de la mañana y los organizadores. Las charlas giraban sobre los libros escritos, las esperanzas y desilusiones de una literatura llena de mucho que dar. La subida hacia la Casa del profesor es larga y no apta para fumadores. Al bajar, nos dispersamos entre las diferentes mesas y ponencias.
Por gestarse las Jornadas en fechas de clases, no se pudo organizar todo en un solo edificio. Las Jornadas fueron hechas para zapatos de goma y patinetas: fue mucho lo que había que caminar. Con el mejor espíritu, la mayoría de los asistentes se plegó a ello, y así abordó, cual hijos de Gina Saraceni, magna maratonista, cada camino hacia los diferentes edificios. Hubo problemas logísticos: orden de lecturas, coincidencias entre mesas a moderar y mesas en donde leer (mi caso), pero nada grave que llevara a una hecatombre. Las Jornadas marcharon. Ese día, se leyó sobre Lydda Franco Farías, sobre Ednodio Quintero, Miguel Gomes, Balza, Rock y literatura, Lucas García, el delincuente, la cultura popular, la literatura y las nuevas tecnologías. Inteligentemente, los organizadores colocaron las mesas sobre los temas más modernos el primer día. Ya eso nos daba una clave de qué podíamos esperar, en cuanto a apertura, de ellos. No pude asistir a las otras mesas, pues debía leer en una. Al llegar, estábamos un poco perdidos. Andrés Pérez Sepúlveda llegó para moderarla y avanzamos a la Sala en el piso 1 de EGE. Dayana Frayle nos habló del viaje simbólico, de la navegación, del autor desterrado de su pedestal en la red electrónica. "Literatura 2.0 en ela era electrónica", de Alejandro Pichitelli, fue un gran dato biográfico que anotamos. Ana María Velazquez nos habló del despojamiento de una máscara para asumir otra en el viajero, escritor de un yo ficcional en el doble espacio de una memoria y nos recordó que el viaje de la modernidad no lleva a ninguna parte: es el alma quien viaja, incluso en la red. Luego, leí mi ponencia, sobre los blogs literarios venezolanos. La presencia de Raquel Rivas en el público, ayudó a tener un buen intercambio alrededor de las ponencias leídas, aunado a un polémico, pero rico debate, entre Pérez Sepúlveda y José Sanchez Lecuna.
Salimos contentos hacia el auditorio principal, a tomar café y comer galletas. En él, se presentaba la antología del cuento venezolano, "La vasta brevedad", editada por Alfaguara. Conversamos con Willy Mc Key, Juan Cristóbal Castro, José Manuel Guilarte y muchos más. Intercambiamos opiniones y juicios sobre las diversas mesas, y de ahí fuimos hacia el Paraninfo. La mesa alrededor de Carmen Vincenti y Judith Gerendas no fue muy llena. ¿desinterés por la literatura femenina?, ¿falta de educación de quienes estábamos presentes?, ¿por qué no fue Michelle Ascencio, quien aparecía en la programación del día en esa mesa plenaria?, ¿Y Victoria de Stefano y Ana Teresa Torres, las grandes ausentes de todas las Jornadas?
Al terminar ellas, vino la mesa de los narradores. Tampoco estuvo muy llena. Se acumularon los horarios, se montaron unos sobre otros, habían retrasos. Pasadas las 6 de la tarde, ya muchos se retiraron, pues el servicio de autobuses tiene un horario tempranero. De todas maneras, el texto leído por Rubi Guerra (una joya), y las palabras de Lucas García, Héctor Torres y Rodrigo Blanco valieron la pena arriesgarnos a no poder bajar a Caracas y pernoctar en el frío paralizante de Sartenejas. Al final, sorteamos el inconveniente, gracias a Carmen Victoria, quien se ofreció, junto con Gina Saraceni, Eleonora y otros, a bajar a los presentes. Al hacerlo, me di cuenta que el último evento fue un gran homenaje a Rubi Guerra, quizás la figura de quien más esperamos en esta década por comenzar.
Crucé la calle de los ingleses, colindando con la Biblioteca, hacia el Rectorado. Ya Gisela Kozak me había confirmado que era ahí la primera Conferencia Plenaria, en donde ella leería. La vista del paisaje me alegró, y ya en la entrada, saludaba a mucha gente. El aire respiraba emoción, expectativa. Saludé a Vicente Lecuna, quien me presentó a Miguel Gomes y abracé a Juan Carlos Méndez Guedez, con quien me comunico abundamentemente por el Facebook. Miguel, buen scholar, llevaba traje y corbata. Juan Carlos, mucho más informal. Vicente, ni se diga. Tres formas de pensar, escribir y abordar la literatura intercambiaban comentarios jocosos. Ojalá fuera así el ambiente de toda esta Jornada: tolerancia, respeto, búsqueda de conocimiento y difusión del mismo. A los minutos, llegó Gisela, engalanada con una hermosa falda, linda. Más abrazos. Cigarrillos, ganas de café, adrenalina en los ojos de los organizadores, en especial de Carmen Victoria Vivas. Nos encomiaron a entrar al Paraninfo. Todo iba a comenzar.
La conferencia plenaria la dictarían Luis Miguel Isava, Gisela Kozak, Miguel Gomes, y Carlos Sandoval. En ella se vivieron momentos dulces y feroces. Luis Miguel dictó una cátedra sobre poesía. Desde hace mucho tiempo dejó de ser un crítico y pasó a ser un filósofo del lenguaje. Gisela cambió el ambiente y polemizó, señalando nombres, carencias, fisuras, logros, aciertos de la literatura venezolana y sus protagonistas, desde las gestiones culturales de los noventas hasta el día de hoy. Rió y repartió carcajadas y silencios entre el público. Ya la candela estaba iniciada. Las conferencias de Miguel Gomes y Carlos Sandoval continuaron el hilo de Gisela. Gomes, quien nos tiene acostumbrados a la rigurosidad académica más alta, centró su conferencia alrededor de las alegorías nacionales, haciendo una profunda crítica. Sandoval, criticó la ausencia del teatro y del ensayo en las discusiones de las Jornadas, así como en la mesa en donde se encontraba en ese momento. Habló de 17 antologías de cuentos en menos de 10 años en el país; de la industria editorial, de los triunfos de algunos y los fracasos de otros. Luego, el ciclo de preguntas fue pequeño; además, había que almorzar.
Subí, junto con muchos más, a la Casa del Profesor, para acompañar a Violeta Rojo y Miguel Gomes, con quien pude conversar bastante en el camino. Almorzamos en una misma mesa Laura Febres, Violeta, Leopoldo Plaz y yo. Al lado, los conferencistas de la mañana y los organizadores. Las charlas giraban sobre los libros escritos, las esperanzas y desilusiones de una literatura llena de mucho que dar. La subida hacia la Casa del profesor es larga y no apta para fumadores. Al bajar, nos dispersamos entre las diferentes mesas y ponencias.
Por gestarse las Jornadas en fechas de clases, no se pudo organizar todo en un solo edificio. Las Jornadas fueron hechas para zapatos de goma y patinetas: fue mucho lo que había que caminar. Con el mejor espíritu, la mayoría de los asistentes se plegó a ello, y así abordó, cual hijos de Gina Saraceni, magna maratonista, cada camino hacia los diferentes edificios. Hubo problemas logísticos: orden de lecturas, coincidencias entre mesas a moderar y mesas en donde leer (mi caso), pero nada grave que llevara a una hecatombre. Las Jornadas marcharon. Ese día, se leyó sobre Lydda Franco Farías, sobre Ednodio Quintero, Miguel Gomes, Balza, Rock y literatura, Lucas García, el delincuente, la cultura popular, la literatura y las nuevas tecnologías. Inteligentemente, los organizadores colocaron las mesas sobre los temas más modernos el primer día. Ya eso nos daba una clave de qué podíamos esperar, en cuanto a apertura, de ellos. No pude asistir a las otras mesas, pues debía leer en una. Al llegar, estábamos un poco perdidos. Andrés Pérez Sepúlveda llegó para moderarla y avanzamos a la Sala en el piso 1 de EGE. Dayana Frayle nos habló del viaje simbólico, de la navegación, del autor desterrado de su pedestal en la red electrónica. "Literatura 2.0 en ela era electrónica", de Alejandro Pichitelli, fue un gran dato biográfico que anotamos. Ana María Velazquez nos habló del despojamiento de una máscara para asumir otra en el viajero, escritor de un yo ficcional en el doble espacio de una memoria y nos recordó que el viaje de la modernidad no lleva a ninguna parte: es el alma quien viaja, incluso en la red. Luego, leí mi ponencia, sobre los blogs literarios venezolanos. La presencia de Raquel Rivas en el público, ayudó a tener un buen intercambio alrededor de las ponencias leídas, aunado a un polémico, pero rico debate, entre Pérez Sepúlveda y José Sanchez Lecuna.
Salimos contentos hacia el auditorio principal, a tomar café y comer galletas. En él, se presentaba la antología del cuento venezolano, "La vasta brevedad", editada por Alfaguara. Conversamos con Willy Mc Key, Juan Cristóbal Castro, José Manuel Guilarte y muchos más. Intercambiamos opiniones y juicios sobre las diversas mesas, y de ahí fuimos hacia el Paraninfo. La mesa alrededor de Carmen Vincenti y Judith Gerendas no fue muy llena. ¿desinterés por la literatura femenina?, ¿falta de educación de quienes estábamos presentes?, ¿por qué no fue Michelle Ascencio, quien aparecía en la programación del día en esa mesa plenaria?, ¿Y Victoria de Stefano y Ana Teresa Torres, las grandes ausentes de todas las Jornadas?
Al terminar ellas, vino la mesa de los narradores. Tampoco estuvo muy llena. Se acumularon los horarios, se montaron unos sobre otros, habían retrasos. Pasadas las 6 de la tarde, ya muchos se retiraron, pues el servicio de autobuses tiene un horario tempranero. De todas maneras, el texto leído por Rubi Guerra (una joya), y las palabras de Lucas García, Héctor Torres y Rodrigo Blanco valieron la pena arriesgarnos a no poder bajar a Caracas y pernoctar en el frío paralizante de Sartenejas. Al final, sorteamos el inconveniente, gracias a Carmen Victoria, quien se ofreció, junto con Gina Saraceni, Eleonora y otros, a bajar a los presentes. Al hacerlo, me di cuenta que el último evento fue un gran homenaje a Rubi Guerra, quizás la figura de quien más esperamos en esta década por comenzar.
Breve manual para los bautizos de libros
- Como todo buen evento social venezolano, llegar puntual es una raya. Otórguese un tiempo prudencial de media hora después del tiempo marcado en la invitación para que no quedar como friebrúo o atorado (a menos que sea familiar directo o amigo muy cercano).
- Si va a un bautizo, por lo menos compre el libro. Sabe, al autor le interesa esencialmente eso, además de compartir con los demás.
- El compartir con los demás en un bautizo de libro, por parte del autor, es agotador. Debe firmar y firmar libros, sonreír ante las cámaras, ser amable. A veces se acuerdan de él y le llevan un vinito, pero en la mayoría de los casos, eso no sucede. A partir de lo anterior, se le exhorta a no joderlo mucho, pues tiene tanto estrés como el de unos novios el día de su boda.
- No abuse de su ignorancia con el vino. Primero, a menos que exista un sistema de aire acondicionado acorde, o se encuentre en el Ávila, Galipán o más arriba, beber vino tinto como si fuera cerveza es una soberana salvajada y un atentado contra su salud. Segundo, parecerá un cochino resoplando de sudor. Tercero, apele mejor al vino blanco, siempre y cuando esté frío, pues menos personas lo beben y eso asegura que no se quedará con las ganas de una copita más. Cuarto, en nuestros eventos no se beben vinos franceses ni del Vénetto, por ejemplo, así que su sabiduría vinícola es mejor reservársela para no pasar el ridículo con aquellos que sí saben.
- Debe existir un propedéutico para el presentador de libros. Primero, debe recordar que usted no es el protagonista, es el autor. Segundo, no debe, bajo ningún caso o sapiencia asumida, contar de qué trata el libro y menos, cuento por cuento, o poema por poema. Tercero, sea breve. La mayoría de las personas tienen calor, no están sentados, están rodeados por muchas personas sudando en el espacio y su resistencia en cuanto a atención y aguante físico, es baja. Sea piadoso: no se pase de 10 minutos, que ya es bastante.
- Si tiene hambre, eso no lo autoriza a asaltar al mesonero del evento. Coma antes, así sea un Cocosette. No sea tan muerto de hambre.
- Tómese fotos, pero no atropelle a cuando escritor reconocido abunde. Ellos también quieren disfrutar el evento.
- Si lleva niños, tenga en cuenta que, al menos que sea un libro infantil, ese no es el público de la criatura. Por favor, no lo torture entre las nubes de cigarrillo, los gritos de la gente, los espacios cerrados.Eso sí, pida respeto para el espacio del niñ@, que no sea atosigado por todos los curiosos que quieren agarrarle los cachetes con los dedos grasientos de tequeños.
- Disfrute el evento: para eso fue.
- Si es un arrocero, por lo menos muestre educación y elegancia. Si se va a robar el libro, léalo y coméntelo.
- Nunca vaya a un bautizo a menos que realmente le interese. Eso se ve en la cara.
- Si debe retirarse antes de que termine y no quiere continuar luego en una tasca la celebración, retírese en silencio y sin despedirse. Si lo hace, no podrá huir jamás.
- Nunca, pero nunca, celebre a un autor si no lo ha leído. Y menos al que bautiza libro en ese momento. No sea descarado.
- Si sabe que no disfrutará el evento, simplemente no asista. Gracias
- Si va a un bautizo, por lo menos compre el libro. Sabe, al autor le interesa esencialmente eso, además de compartir con los demás.
- El compartir con los demás en un bautizo de libro, por parte del autor, es agotador. Debe firmar y firmar libros, sonreír ante las cámaras, ser amable. A veces se acuerdan de él y le llevan un vinito, pero en la mayoría de los casos, eso no sucede. A partir de lo anterior, se le exhorta a no joderlo mucho, pues tiene tanto estrés como el de unos novios el día de su boda.
- No abuse de su ignorancia con el vino. Primero, a menos que exista un sistema de aire acondicionado acorde, o se encuentre en el Ávila, Galipán o más arriba, beber vino tinto como si fuera cerveza es una soberana salvajada y un atentado contra su salud. Segundo, parecerá un cochino resoplando de sudor. Tercero, apele mejor al vino blanco, siempre y cuando esté frío, pues menos personas lo beben y eso asegura que no se quedará con las ganas de una copita más. Cuarto, en nuestros eventos no se beben vinos franceses ni del Vénetto, por ejemplo, así que su sabiduría vinícola es mejor reservársela para no pasar el ridículo con aquellos que sí saben.
- Debe existir un propedéutico para el presentador de libros. Primero, debe recordar que usted no es el protagonista, es el autor. Segundo, no debe, bajo ningún caso o sapiencia asumida, contar de qué trata el libro y menos, cuento por cuento, o poema por poema. Tercero, sea breve. La mayoría de las personas tienen calor, no están sentados, están rodeados por muchas personas sudando en el espacio y su resistencia en cuanto a atención y aguante físico, es baja. Sea piadoso: no se pase de 10 minutos, que ya es bastante.
- Si tiene hambre, eso no lo autoriza a asaltar al mesonero del evento. Coma antes, así sea un Cocosette. No sea tan muerto de hambre.
- Tómese fotos, pero no atropelle a cuando escritor reconocido abunde. Ellos también quieren disfrutar el evento.
- Si lleva niños, tenga en cuenta que, al menos que sea un libro infantil, ese no es el público de la criatura. Por favor, no lo torture entre las nubes de cigarrillo, los gritos de la gente, los espacios cerrados.Eso sí, pida respeto para el espacio del niñ@, que no sea atosigado por todos los curiosos que quieren agarrarle los cachetes con los dedos grasientos de tequeños.
- Disfrute el evento: para eso fue.
- Si es un arrocero, por lo menos muestre educación y elegancia. Si se va a robar el libro, léalo y coméntelo.
- Nunca vaya a un bautizo a menos que realmente le interese. Eso se ve en la cara.
- Si debe retirarse antes de que termine y no quiere continuar luego en una tasca la celebración, retírese en silencio y sin despedirse. Si lo hace, no podrá huir jamás.
- Nunca, pero nunca, celebre a un autor si no lo ha leído. Y menos al que bautiza libro en ese momento. No sea descarado.
- Si sabe que no disfrutará el evento, simplemente no asista. Gracias
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