viernes, 1 de junio de 2012

Mecánica del rapto (II)-de la fuga de Ismael Da Silva


DOS.  
En la entrada de la Avenida Casanova, viniendo desde el centro, la entrada paralela a la Previsora, cerca de ahí, hay un edificio con relieves magníficos, casi jeroglíficos, que sé, estoy seguro, reúne las claves secretas de esta ciudad. Antes de comenzar a predicar cada día, dirijo mi mirada hacia él, y lo observo, como si leyera entera el alma de esta ciudad de pecadores. He trabajado fuerte este mes con los piedreros. Sé que me escuchan, que se ven plenos luego de escuchar el Evangelio, libres por segundos, quizás minutos, de esa hambre fatal que los envuelve siempre. Pero mi trabajo se centra en predicar la palabra, como me fue encomendado por mi pastor, en la zona de Chacaíto. La Plaza Pentecostés es mi lugar. Tengo ya varios años predicando en ella. Al principio, fue difícil. Pero desde ese día en que me hice uno con el Señor, me acerqué más a mi forma espiritual mayor, las almas perdidas empezaron a ser recuperadas.

Hoy tenía cita con mi pastor. Una entrevista importante, me dijo. La noche anterior me fui con unos amigos a predicar cerca de El Paraíso y Montalbán, y pasé la noche por esos lados. Predicamos hasta tarde en varios bares y antros. Al principio, nos rechazan, luego hablaba yo y todos enmudecían. Me corrijo, no hablo yo, habla el Señor en mí. Y la gloria de Jehová termina siendo siempre triunfadora.

Hemos ido cubriendo la ciudad: quedan pocos flancos sueltos. En algunas partes los Pentecostales, en otra los Testigos de Jehová, pero nosotros hemos podido convertir vastas zonas. Poco queda libre, sin ser transitado: algunas zonas de Catia y San Bernardino, Quebrada Honda, Altagracia. El resto, se ha convertido al Señor. No me llamo a engaño. Desde que la reforma de la Constitución en 2018 permitió la entrada de los principios bíblicos, la prohibición absoluta del aborto y las relaciones homosexuales, del alcohol en horas del día (en verdad, desde las 3 de la mañana hasta las 11 de la noche) y del tabaco (lo primero que logramos prohibir, en el 2011), muchas personas se dicen evangélicas por compromiso, por quedar bien y por hacer negocios. Los hermanos musulmanes están contentos, no se quejan y los judíos hacen silencio pero no los molestamos. La marca oscura de estos apostolados ha sido las guerras contra los católicos. No bastó que quemáramos sus iglesias y Catedrales, que fundiéramos y destruyéramos toda imagen que sus templos guardaban, ni que apresáramos a sus dirigentes; no bastó la emigración de miles ni la renegación ahora sí abierta de tantos de esos principios: no hemos podido disolverla. La experiencia y sabiduría de años les permite sobrevivir. Desde que convirtieron la Iglesia de Cristo en un Estado, en un demonio en la tierra, el mensaje de Jesús se desfiguró. Pero han tenido Santos y buenos hombres, engañados, pero buenos hombres, y por ellos sobreviven. Es difícil acabar con los católicos. Se aliaron a los anglicanos y a los ortodoxos, aunque estas dos comunidades eran pocas, y obtuvieron más dinero para esconderse, sobornar, salir del país a escondidas. Además, son diversos en sus gustos, aproximaciones, cercanías a Dios, aunque se reúnan en una sola Iglesia. No es lo mismo un dominico que un franciscano. Menos un jesuita. Estos, por cierto, dirigen la resistencia. Hicieron algo inconcebible: reunieron bajo su ala a los ateos. Al fin y al cabo, la cultura del mundo ha sido católica y mucho se sostiene en ellos. Por lo menos de este lado del mundo. Los agnósticos y anticristianos tienen orden de persecución y de muerte.

Me duele mucho esta situación y no la comparto. No lo hizo mi padre, quien siempre se mantuvo distante de estas cosas. Cuando empezaron las luchas, allá en Monagas, por el 2021, papá nos recogió y nos llevó a un campo, vía Caicara. Al regresar, vimos los destrozos: humo en toda la ciudad, destrozos y el río cubiertos de cadáveres. De la impresión, estuve ausente de la realidad durante muchos días. Me regresaron las palabras del Pastor: el Señor tiene extraños caminos. Por uno de esos caminos llegué a Caracas y aquí voy, camino a verlo nuevamente. El autobús va lento, pues todavía construyen vías de metro por todas partes. Aparentemente, el plan del Metro de hace tantos años, aun continúa. Eso pasa en esta ciudad: no termina de construirse. Necesita un final. Y la palabra de Dios, que divide el tiempo en antes y después, sé que podrá dársela.

Después de una hora, apenas para recorrer desde la Plaza de Yavé a Chacaíto, me bajo hacia el final de la Casanova. Camino una cuadra arriba y llego a la Iglesia. El primer paso en la construcción de nuestros sueños, de los sueños de una nueva Jerusalén, fue la compra de los viejos cines de Caracas. La gente, a partir del betamax, el vhs, el dvd, el blue ray y los demás implementos tecnológicos, además de la TV por Cable y otros, como los que existen hoy, que dejan pálidos a los anteriores, dejó de ir al Cine. Además, se hizo costoso. Entonces las cosas cambiaron: los brasileros llegaron y empezaron a invertir. Sé que muchos espacios antes fueron adquiridos por otras iglesias, pero la nuestra, que viene desde el norte de Brasil, muy pronto se hizo con todas. Prácticamente la totalidad de los cines de Caracas se convirtieron, con el paso de los años, en Iglesias del Señor. Para ello, nos ayudó la reforma de la Constitución y la conversión del Presidente, su apertura a los brazos de Dios. Las leyes empezaron a abrirnos los caminos: por ejemplo, toda edificación grande debía ser destinado para un Templo. Y así, José, el principal Pastor de la Iglesia de Brasil, pudo comprar los templos. Fueron beneficiados por ello, para mayor gloria de Dios. Esto, junto con las expropiaciones, permitió la presencia de la Iglesia en toda la ciudad. De igual manera sucedió con otros lugares. Aunado a esto, la confiscación por parte del Estado de toda vía de comunicación radial o televisiva, nos permitió apoderarnos de todo, gracias al Cielo.
Me reciben rápidamente. El Pastor mismo, me hace señales y me invita a pasar. Me ofrece jugos o agua, pero respondo que no. Entonces, sentados ambos, me dice el Pastor:
-       Tienes años trabajando para la Iglesia, Jeremías. Tú, quizás como nadie, has visto como la Gloria de Dios ha hecho por fin casa en este país. Antes éramos apenas una minoría, no llegábamos al 10 %, ahora sumamos el 60 % de la población. Y cada día más los rebeldes, los herejes, van reconociendo la gloria de Dios en nosotros. Pero aun hay muchos desconfiados. Dicen que somos agentes de los brasileros, porque así hicieron los norteamericanos con los Testigos de Jehová. Pero nada más lejano a la verdad. Si bien Brasil es hoy en día una República plenamente evangélica, y son los impulsores de esta gesta que realizamos, ellos no se meten en política. Nosotros no somos políticos. Somos pastores, profetas. Pero los mandatos del Señor deben llevarse a toda la tierra y los Mandamientos son la única Ley que deberíamos cumplir.
-       ¿y los mandatos de Jesús, nuestro Señor?
-       Ellos vienen por añadidura, respondió. Se sirvió un poco de jugo de durazno, bebió, y luego continuó.
-       El gobierno dictó hoy una medida que nos perjudica. Aparentemente, hay mucha presión internacional. Esa medida ordena el cese de las persecuciones. Se invita a hacer las paces con los otros hermanos, cristianos o no, aunque llevan el infierno en sus pasos.
-       ¿incluyendo a los católicos?
-       Sí, dijo con tensión evidente. A ellos hay que perdonarlos también. Nadie ha hablado de permitirles sus ritos otra vez, ni que serán excarcelados los obispos, pero vuelven a ser ciudadanos.
-       Eso no es tan malo, pastor José. Tenemos al Señor de nuestro lado. Los convertiremos con el amor de Yavé.
-       Sí, dijo sonriendo, así es José. Para ello te requerimos a ti. Eres el profeta que más adeptos logra reclutar semanalmente. Tu voz es poderosa en el Espíritu Santo. Has sido llamado para hacer un trabajo importante. Recuerda que esta ciudad, dividida por islas desde el terremoto del 99, solo logra un refugio certero en el deporte: beisbol, carreras de caballo, futbol, baloncesto.
-       Es cierto, maestro. Es algo que abarca todas las creencias de la población. Eso y la música. Yo mismo fui jugador de futbol en la cárcel.
-       Sí, son espacios de “libertad”, cuando la libertad real es la que enseñamos nosotros. Por eso te voy a encomendar un trabajo. Fíjate, hijo, la Iglesia compró recientemente un equipo de fútbol. El antiguo Deportivo Petare. Decidimos llamarlo Deportivo Jehová. Hemos cambiado algunos jugadores por miembros de nuestra Iglesia, pero tenemos que dejar a los mejores de ese equipo, así no sean nuestros. Entra dentro de los dictados del gobierno nacional. Entonces, como te decía, tendrás una misión ahí: vas a comenzar cada juego con una predicación a todo el estadio.
-       ¿Cuándo comenzaré?
-       Este domingo juegan contra el Deportivo Táchira. Comienzas este Domingo.
-       Si esa es la voluntad del Señor, yo la seguiré. Amén, pastor José.
-       Amén, Jeremías. Y por cierto, ya me contaron que estás saliendo con una muchacha. Te he visto con ella en el Templo. Bien por ti muchacho. Espero muy pronto tengan hijos del Señor. Necesitamos soldados, dijo con una sonrisa plena. Nervioso, apenas asentí.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Mecánica del rapto (de la fuga de Ismael Da Silva)

UNO.
Llegué a Caracas desde Maturín, en el año del Señor de 2018.  Llegué en un viejo Autobús a la Bandera. Fue una pequeña decepción: mis familiares me habían contado tanto del terminal del Nuevo Circo, que era esa la imagen que tenía en mente. Parece que llegó un alcalde de acá, hace años y cambió las cosas un día. Bueno, me bajé del Autobús, recogí mi maleta y le di un abrazo al hermano en Cristo que tuvo la bondad de brindarme un puesto en Clarines. Salía yo de Monagas, y ya en Clarines el vehículo daba muestras de no poderse alejar más allá de la alcabala. Antes del Guapo nos accidentamos. Eran las 11 de la mañana y el silencio del campo me tenía azorado. Decidí que era un momento perfecto para predicar, y así hice. Tomé la Biblia, la abrí y leí entonces. No llevaba más de 10 minutos, reflexionando alrededor del libro de Isaías, cuando escuché el primer insulto. Me mandaban a callar. Me escupieron. Les decía que abrieran su corazón, que recibieran la Palabra de Dios. Mi voz se entrecortaba, se hacía lenta, sin fuerzas. Me tomaron entre tres hombres y me bajaron del autobús. Ustedes siempre con su ladilla, me dijeron. Lanzaron mi bolso y siguieron de largo. De nada sirvieron mis súplicas, mis arengas, mis gritos. Eran las 12 del mediodía y estaba solo al borde de la carretera, rodeado de un desierto.

A las horas, no podría decir exactamente cuanto, porque el sol no llegó a declinar, unos gentiles me llevaron en una pick-up hasta Guarenas, y ahí esperé que llegara la tarde debajo de una sombra, en la bomba de gasolina.  

Mi nombre es Jeremías David Armas y soy profeta por la gracia del Señor. Fui nombrado como tal en la Iglesia del Pastor José, en Maturín, cerca del Estadio. Fui nombrado Jeremías por mi pastor, hace 28 años, cuando nací. Tomó mi nombre del santo Profeta, pues vio en mí a un misionero, a un hombre de Dios. Mi madre se alegró al escuchar eso, aunque desconocía realmente el poder de la Palabra. Mi padre, en cambio, desconfió de sus anuncios. Curiosamente, a los pocos años fue él quién pareció acertar. Siendo apenas un adolescente, no se me anunciaban los caminos de Dios por ninguna parte. De pocos recursos, muy pronto caí en malas juntas, de ahí a delinquir, y luego, rápidamente, a la cárcel. Estrené mis 18 años en una comisaría, y los siguientes tres, en la cárcel de El Dorado. Intenté fugarme; no lo logré. Cada día intentaba sobrevivir en ese infierno, rodeado de la selva, sintiendo que me moría segundo a segundo. Mi madre nunca me vino a ver: me había desterrado de sí, aunque mi padre, que si vino varias veces, me mandaba comida preparada por ella, y alguna ropa vieja que le entregaron mis hermanos. Dormíamos cada día de espaldas a la pared, evitando malos tratos. No disponía de dinero para que garantizaran mi seguridad, ni de mayores destrezas. Mi voz era casi de niña; mis brazos y mi torso, lánguidos. Un día ya me daba por perdido, hasta que se me acercó Juan, un hermano evangélico. Comenzó a predicarme, a conversar conmigo, y recordé al instante lo olvidado: aquello que me leía mi madre de niño, las visitas al templo a estudiar, las lecturas de la Biblia en mi infancia. Algo inmediatamente se despertó en mí. Me uní con entusiasmo al resto de los hermanos evangélicos y mi vida cambió para siempre. Pude evitar las extorsiones y golpes, pues acompañaba al Pastor a todos lados, y el era muy respetado.

Fuera del círculo de la Iglesia, dentro de la cárcel solo conocí a otra persona de trato. Se llamaba Ismael. Ismael Da Silva. Cuando me dijo su nombre, una tarde en el Patio, inmediatamente lo creí uno más de mis hermanos. Ismael, nombre bíblico, hijo de Abraham.
-       Sí, me respondió, pero no te equivoques. No pertenezco a tu gente. Mi lugar es otro.
Aun así, nos tratamos. Era un hombre melancólico, pero duro a la vez. No tenía mayores esperanzas en la vida, ni de salir de la cárcel, ni de sobrevivir, pero aun así, hacía sus labores, leía mucho, cumplía con lo cotidiano. Yo intentaba convertirlo, predicándole incesantemente, pero era inútil. Era un hombre cerrado a la palabra del Señor.

En la cárcel vi muchas violaciones. Escuché gritos cada noche, llantos. Me aterraba, pero repetía incesantemente: el Señor es mi pastor, nada me falta. Y trataba de llevar el paso.

Con el tiempo, fui aprendiendo a predicar cada vez mejor, pero mi voz triste, sin mayores timbres, conspiraba contra ello. Cada mañana rezaba con fuerzas a Dios por un milagro, porque me hiciera Profeta de su palabra, me tomara entero como suyo y, lleno de Espíritu Santo, convirtiera así al resto de la población en la cárcel. Cada día esperaba ese milagro. Era paciente. Sé que el Señor no me abandonaría.

Una noche, supimos de una fuga. Lograron burlar a los guardias unas cinco personas. Tres fueron encontrados flotando río abajo, o mejor dicho, los restos devorados por las pirañas. Otro se devolvió, lleno de miedo, y por cobarde lo mataron enseguida. Del quinto no se supo nada más. Lo daban por perdido. Nadie sobrevivía a la selva de Guayana. Ese quinto era Ismael.

A los pocos días, encontré una frase garabateada en papel periódico, dentro de mi Biblia. La firmaba Ismael. Decía así: ten cuidado con lo que te ofrecen en la Iglesia. Podrías perder algo importante de ti mismo. Nos vemos.
Eso era todo.

Al cumplir los tres años preso, por buena conducta y por las apelaciones de la Iglesia, pude salir. Siete años después, llegaba a Caracas.

De Ismael más nunca supe nada.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Diario de Ismael Da Silva (XII)-Final

Domingo, hora Sexta.
Me encontraron. Destruyeron la tableta. Lo último que pude ver fue que estaban falsificando mi voz con otros datos, distintos a los que suministré yo. El lenguaje no es el mío, pero ellos lo suponen. Sé que pondrán a correr esa información en las redes y llegará hasta los nuestros. Hasta que no llegue el walkman, si llega, o si Seamus logra enviarle a Leonor la otra tableta, nadie conocerá la verdad de las islas en esta zona del planeta. Mientras, me dijeron sardónicamente que mi informe correrá, comenzando por mi llegada a Araya. Ya encontraron a un narrador. Lo hará en tercera persona. Lo llaman, con mucha ironía, su Homero.
Me dicen que seré enviado a la cárcel de Siberia, en el antiguo Táchira, al borde del lago en donde enterraron hace décadas un pueblo. Ahí, en el fondo del lago, construyeron la cárcel.
Me dicen, sonrientes, que me esperan amigos allá.
Se acercan con una vara eléctrica hasta mí, poco a poco, sin apurarse. Cierro los ojos y aprieto los dientes.


Domingo, hora Nona.
¿Quién soy yo? Lo último que recuerdo, es un busto en Araya, algo más.
¿Qué son esas voces que oigo en mi cabeza? ¿Quién es Leonor?, ¿Quién es Candela?
Solo veo apenas el sol y algún albatros. Mi cuerpo tiembla sin que pueda controlarlo. Siento ardor. Escupo sangre.
Ahí vienen. Oigo, constantemente, solo gritos desesperados dentro de mi cabeza, que se identifican con ese nombre: Leonor.






Nota: final sugerido por nuestros superiores para Ismael Da Silva, que presumimos morirá en Siberia:
Mientras abordaba el tablón, después pudo ver la cruz oxidada al principio del lago, toda negro y musgo, y el fondo granate que aportaba la tarde al claroscuro del valle. Desde la celda la veía, y ahora, en su hora final,  la contemplaba.



martes, 22 de mayo de 2012

Diario de Ismael Da Silva (XI)


Sábado, Completas.
Los siguientes mensajes que escuché de Leonor me hicieron perder toda esperanza:

No desembarquen en Araya. Te esperan para capturarte. Remen hasta Paria.

Ismael, están cercados por Oriente. Si desembarcan allá, serán enviados a otra cárcel, de mayor seguridad.

Las filmaciones, grabaciones y notas que has enviado, han llegado incompletas y, creemos, intervenidas.

Alguien entró en tu red y ha colocado información no verídica.

Hay una cámara en tu ojo derecho. Pueden ver todo.

Guarda las tabletas, es lo único que tenemos.


Domingo, Laudes
No he podido dormir en toda la noche. He tratado de alejarme lo más posible de la costa y según mis cálculos debería estar entre Anaco y San Juan de los Morros. Aún así, es un territorio vasto y no tengo idea qué camino tomar. En una coda del camino, me detuve hace un par de horas. Tomé la penúltima cápsula de agua y comencé a narrar nuevamente todo lo que ha acontecido desde mi salida de Araya, hace tantos días. Sé que alguna información ha quedado fuera, pues mi memoria aun no es fiable, pero mucho se salvará de todas maneras.
La grabación no está hecha en digital, sino en analógico. Sé que Candela, al recibir la tableta junto con Leonor, lo descifrará. Así no serán intervenidas mis redes o comunicaciones nuevamente.
Mordiendo un pedazo de madera, me arranqué el ojo derecho. Entre gritos, arranqué la cámara.
Espero llegar pronto a algún poblado. Ya casi no puedo más.



Domingo, hora Prima.
Encontré, en el camino, una antigualla: un Walkman. Paradójicamente, con baterías. Estaba en una vieja tienda en un pueblo abandonado. Revisé la tienda. Encontré algunas bolsas de galletas, y agua. Comí. Luego, intenté grabar en el aparato, pero desconozco como funciona realmente. Revisé la tienda de nuevo. Encontré unas tabletas con cintas que dicen que funcionan en estos aparatos. Lo coloqué, aunque me costó. Hice una prueba de la grabación y funciona. Continué grabando de nuevo todo mi periplo. Necesito varios soportes, y este no puede ser intervenido.


 Domingo, hora Tercia.
Tengo suerte. Encontré a uno de los nuestros. Le entregué el walkman, con las grabaciones que hice. No le dije a donde iba. Se desplazaba en autoaire. Siguió su camino. Sabe que debe entregarlo a Leonor. Quizás sea la única prueba que llegue.

lunes, 21 de mayo de 2012

Diario de Ismael Da Silva (X)


Miércoles, hora Prima
Arribamos a las viejas costas de La Guaira. Eso dice Seamus. Las reconoce. Depositamos el cuerpo de Pirata en la orilla, hicimos un hoyo con nuestras manos y lo enterramos. Antes, Seamus lo despojó de todo implemento electrónico. Otro disparo de la memoria: busqué en mis cosas los cables que había tomado en Araya, y con los de Pirata, pude activar la cámara en mi ojo izquierdo. Informé a Leonor que estaba bien; había llegado a tierra pero no al lugar pautado. Aun así, podía desplazarme por tierra hasta Manoa. Dejé la cámara activada. “¿Eres un cyborg?”, me preguntó Seamus. “Aun no”, le respondí. “Sólo pequeños implementos en el oído, el brazo y el ojo izquierdo. El resto, todo humano”. La sospecha en su rostro no cambió. Avanzamos. En el camino, mientras subíamos por una cuesta de piedra, tarareó a Vivaldi. Sonreí. Recordé a Bertorá y su Gilgamesh. Cuando llegara donde Candela, tendría que buscarlo en los archivos, pero nunca he escuchado hablar de él, ni lo he visto en el índice global de las diferentes redes del planeta. “¿conoces el Gilgamesh?”, le pregunto a Seamus. Me responde que no. “Pero existe”. “¿cómo sabes?”. Porque escuché a Bertorá recitarlo algunas noches. “¿y cómo sabes si no es mentira, si no es otro texto implantado?”. “Porque confío en Bertorá. Además, en la isla sabían que el conocía el libro. Eso lo mantenía con vida. La promesa de que él revelaría alguna vez el contenido de ese libro”. Avanzamos unos kilómetros y al detenernos a tomar agua, continuó. “¿todavía no sabes cómo salimos de la isla?, ¿no te lo has preguntado, estando prohibido? Fue Bertorá. Aceptó darles el significado de ese libro, con tal de que nos dejaran salir. Ismael, la isla está en un campo magnético virtual en donde todo puede verse desde cualquier lugar del mundo. Como un enorme microscopio global que puede vernos. Hoy en día, la isla es una cárcel virtual: todo en ella es falso. Las castas, las autoridades, los burdeles, todo. Es un invento de la historia, de los que triunfaron en algunas comunidades. Tú sabes cuales son, las leíste en los documentos. Los espacios vacíos en el continente o en el mar, son cárceles a donde envían a la gente con la mente semi-borrada. Todo es un teatro, un simulacro”. Me aparto violentamente de él y empiezo a dar vueltas, rabioso. “¿Y las criaturas en el mar?, ¿y los datos obtenidos en mi misión?” “Todo es falso”, me responde. Lo miro profundo a los ojos, por un tiempo que parece eterno. “¿Y tú?”, le pregunto. Se queda callado. Se aparta de mí y decide sentarse. Sólo entonces vuelve nuevamente a hablar. “Tu y yo nos fugamos de la cárcel del Dorado. Sí, nosotros dos. En Cumaná, nos separamos. Por una extraña coincidencia, nos volvimos a ver en la isla. En el momento en que llegaste, yo ya había pasado por todo lo que tu ibas a empezar a pasar: la esclavitud, un amo (mi amo se llamaba T), ver el ajusticiamiento para asustarnos, escuchar la historia de las criaturas del mar y los condenados, trabajar en textos, etc. Un día, salí a dar una vuelta y encontré una pequeña cueva. Era una vía extensa de comunicación en la isla. Abajo, estaban todos los implementos tecnológicos con los que puedas soñar. Cámaras en todas partes, registros de cada habitante. Es una farsa, dentro de una farsa, dentro de una farsa. Cuando me percaté que tú abriste los ojos, me ofrecí a ayudarte. Y aquí estamos. La sombra roja tomó el mundo, Ismael, en especial en América. Las buenas intenciones de los fundadores de cada comunidad quedaron en el papel o en su muerte. Así como las de Hithloday. Solo quedamos nosotros dos y otros fugados más, avanzando por la tierra en este continente”. Se detuvo para beber agua; me ofreció, pero decliné. Siguió: “tu memoria fue afectada porque en El Dorado sufriste tortura. Una grave y constante tortura. Y también es posible que hayan colocado una segunda cámara en tu otro ojo y no lo sepas. Yo, Seamus, también trabajo para Leonor, pero por mi lado, soy demasiado anárquico para seguir muchas órdenes. Pero se me pidió el favor de que te llevara conmigo, y aquí estás. Listo, misión cumplida. Ahora cada quien puede tomar su camino; yo, hacia el llano, tú, hacia Manoa”. Decidí entonces sentarme para intentar hilar mejor tanta información. Estiré las piernas y escuché truenos en la lejanía. Llovería más tarde. “Puedo entender todo lo que me dices, Seamus, pero no entiendo aun las criaturas del mar. Son cadáveres, cuerpos. ¿Qué hacía uno de ellos con tecnología?”. Seamus ya estaba perdiendo la paciencia. “Ismael, no lo sé. Quizás fue el primer dispositivo desarrollado antes de la catástrofe, quizás ya los avances de la ciencia eran significativos pero reservados a unos pocos, quizás tuvimos suerte que Pirata capturara precisamente ese. No lo sé. Solo quiero irme a continuar mi camino. Espero estés bien, ya cumplí lo que prometí a Leonor y ella me está viendo por tu cámara ahorita, así que, adiós”. Me dio la mano y se fue. A los pocos metros, se volteó y gritó: “A Pirata lo devoraron los tiburones: no creas en muertos vivientes”. La lluvia comenzó pocos minutos después.


Sábado, hora Nona.
Tomé el camino hacia los valles. Recordé que Seamus se había llevado una de las tabletas y por un momento lo lamenté. En verdad, uno de los dos sería apresado. Espero solamente que algunos de los datos se salven, pues no estoy seguro de que todo haya llegado a Leonor, o haya sido interceptado. En cualquier momento me quedaré sin alimentos y quizás sin las cápsulas de agua.


Sábado, Vísperas
Pude escuchar dos de los mensajes que Leonor me envío estando en el mar. Creo que mientras avance el tiempo, otros podrán desplegarse. Dicen lo siguiente:
Las criaturas son cadáveres de la catástrofe, intervenidos genéticamente para dar terror a los navegantes que se fugan. Son activados sólo cuando eso sucede. Por eso pudiste llegar sin problemas a la isla. Pirata fue enviado allá por nosotros.

Seamus es mi esposo.

La tableta estaría a salvo entonces. Seguiré avanzando.