jueves, 3 de noviembre de 2011

NO TODOS MORIREMOS.


No son pocos los que se han desvelado mirando las estrellas. Yo entiendo poco ese desvelo, el trasnocho, la espera de las horas. Sé de los babilonios y de los asirios, de los egipcios y romanos escrutando el cielo. Somos viejos en este planeta.
Aquí en mi lugar, todo es noche, nada brilla y sin embargo amanece.
Al nacer, mis padres, leyendo las arenas en un puño, anunciaron un camino duro y fructífero de años, solo. Y solo he vivido. No he encontrado compañera. Mis días han sido iguales, mis hábitos lo mismo.
Tantas historias que he escuchado sobre las estrellas, tantas predicciones. Las pregonan los que viven afuera, cuando vienen de paso. Dicen que se acabará el mundo. Dicen que todos moriremos. Que falta poco. Me han dejado escrito más de una docena de horóscopos. Lo hacen cabizcabajos, viendo mi morada, la ausencia de brillo en las cavidades de mi rostro.
Yo entierro mis uñas en la arena, sin abrir los ojos. Mi única predicción, es que la tierra será siempre tierra y no todos moriremos.
Soy de los pocos que conoce, entonces, la esperanza de una compañera. Hay otros solos que nunca llegarán a verla.
Nosotros, los Topos, junto con algunas especies que nunca observamos las estrellas, que no sabemos de zodíacos ni ascendentes, de trígonos o conjunciones, aprendimos hace tiempo:

No se puede esperar a alguien ni cavar en lo profundo, tan solo mirando a las estrellas.

martes, 28 de junio de 2011

Nombrar ambos lados del camino: sobre El Duelo, un libro alazano de Igor Barreto.

No había otra cosa
Que una música resonando
Entre caballos.
I.B.

La obra de Igor Barreto hace tiempo que nos acecha. Miembro de los poetas que participaron en Calicanto y Tráfico, su obra va haciendo surcos en el idioma dándonos claves en el ritmo, la belleza de las palabras escogidas, el silencio. La sorpresa ante sus libros es más estimulante con cada edición. Los dos últimos, ambos publicados en septiembre de 2010 por la Editorial de la Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, impresos por la mano de Javier Aizpúrua en Exlibris, y acompañados por la fotografía blanco y negro de Ricardo Jiménez, nos presentan una propuesta estética de logros envidiables.

El Duelo, de cubierta color rojo, recorre la figura del Caballo en nuestro imaginario. Lo que significa para nosotros la muerte de uno de ellos. Su figura ha sido ampliamente tratada en nuestra tradición poética, por parte de autores como Sánchez Peláez, Montejo o Crespo, pero en ningún momento se ha ahondado tanto como lo ha hecho Barreto. El Caballo está en el Escudo Nacional, y discutir, por ejemplo, si debe mirar hacia la izquierda o la derecha, es motivo de frecuentes tertulias en nuestro entorno. Su importancia en la historia del hombre no tiene parangón: es una de las formas de la tragedia. Decir Caballo es decir nostalgia: de tiempo, de ritmos, de nobleza. En su andar resuenan batallas así como recogimientos.
Barreto agradece a The John Simon Guggenheim Memorial Foundation por el apoyo brindado para la escritura de este libro y otro, Carreteras Nocturnas. En este último, se recorre el país, simbólicamente, en sueños. Pero también evadiéndolo en el sueño: el país es un paisaje de oscuridad. En El Duelo, priva el día hacia su despedida: es una obra de entrehoras: de albas marchitas y crepúsculos callados. Se percibe la decantación de las palabras en cada texto, su estructura armónica, así como una tensión de muerte en el aire. Escribir un libro, es extender las manos con los ojos abiertos. Podemos recibir un fuetazo, la descuartización sin miramientos o la oportunidad de hacer memoria por medio del idioma. En El Duelo, el idioma sigue la huella de los caballos y se funde en ellas para llevarnos hacia el dolor del animal y, por ende, el nuestro. Para hacer del caballo y su rapto, una forma de la memoria.

Vemos en la obra al día como duelo, y a la noche como la hora de velar. Pero ese velar no nos garantiza nada: en la caverna de la boca ya no veo palabras, sino hambre. Metáfora perfecta de un país, el hambre nos lleva a devorar lo sagrado, y así, en Hybris, avanzar desconsolados hacia el matadero.

El rapto de unos caballos pura sangre en Apure, su descuartizamiento y la venta de la carne en el mercado, son el motivo central de los poemas de este libro. Pero su lectura, es bifronte: la pérdida de lo sagrado por el rapto, es la pérdida del centro de la civilización. Barreto no nos presenta el rapto en términos de Hades, lo presenta en términos de Tanathos: él es quien quiebra las rodillas de Eros (el caballo), lo sacrifica para él, y lo devora. La muerte de Eros en el alma del hombre, es una de las formas de acabar con la libertad a través del tiempo. Su contrario, es el horizonte o, como nos dice Rilke, el descampado: el espacio en donde sólo podemos mirarnos a nosotros mismos en nuestra fuga hacia la muerte:
Como el gallo
De los bosques
Que vuela a una rama

Para protegerse,
Así el caballo
También se arroja

En una carrera
Desmedida
A campo abierto.

El poemario se va armando entre testimonios, elegías, poemas en prosa y el diálogo entre las referencias culturales y artísticas (Releyendo una fábula de Esopo, Simulación de Ovidio, Apropiación de los más hermosos caballos de Cormac McCarthy, Destino, Deseo de Muerte, La batalla de San Romano, Ejercicios de olvido), la importancia del Testimonio (Mary Ramsei. Finca San Gregorio, Mary, Dos testimonios, Antonio Mosquera. Finca Las Peñas, Antonio Mosquera) y las meditaciones alrededor del caballo, como una poética del mismo (Los caballos, El potro no nacerá, Un caballo teme, Veo los caballos, El caballo ha quedado). Varios tiempos poéticos se entrelazan de esta manera para mostrarnos el lamento en silencio por la muerte de lo amado fuera de nosotros, lo querido siendo naturaleza, lo no humano en nosotros, pero que se convierte, plenamente, en aquello que nos humaniza.

El caballo en El Duelo, es una figura frágil en su simbolización, pero esencial para los hombres. Su pérdida, quiere decir que extraviamos lo más sagrado y, en el camino hacia su búsqueda, solo sangre nos espera. ¿A qué amistad nos llaman si somos carnívoros? Se pregunta el poeta. Y, en Simples palabras, nos dice:

I
Yo soy herbívoro
Y no te haré daño.

II
Estoy reprimido
En el hambre.


Una doble figuración del hombre se plantea aquí: El Duelo, es un poemario que se contiene en la línea del horizonte y en las estrellas por un lado, y en Roma en sus finales, como una forma del desastre de los hombres. Y ese desastre sucede, todavía hoy. Piedad para nosotros los devorados por dentro, nos dice Barreto.

El hombre es el verdugo de aquello que más ama fuera de sí mismo, y lo quiebra en la espesura, adentro. Aún así, el caballo no condenará a nadie, nos dice en Destino. ¿Qué es un caballo entonces en el libro de Barreto? Cada lector deberá montarlo en los poemas del libro.

jueves, 23 de junio de 2011

HISTORIA NATURAL DE LAS COSAS (MUDANZA DENTRO DEL POEMA)

Hay objetos que no viajan nunca. Permanecen así, inmunes al olvido y a las más arduas labores que imponen el uso y el tiempo. Se detienen en una eternidad hecha de instantes paralelos que entretejen la nada y la costumbre. Esa condición singular los coloca al margen de la marea y la fiebre de la vida. No los visita la duda ni el espanto y la vegetación que los vigila es apenas una tenue huella de su vana duración.

Álvaro Mutis, Caravansary


Una mudanza es un suceso metafísico más que físico. El desplazamiento es interior en su esencia. El movimiento de cientos de cosas, objetos fundamentalmente, hacia otro lugar, es un asunto proteico. Un lugar se transmuta cuando los objetos y situaciones que ocurrían en él ya no están; otro lugar igual, al recibirlos. Estantes, mesas, lámparas, butacas, sillas, de una librería son el sostén, el espacio en donde el tiempo del saber humano, los libros, viven.

Las cosas duermen de día. De noche
Se disuelven y, a menudo, jamás regresan.
Hay seres que detentan el privilegio
De revelarnos maderas, objetos, muros,
Signos, escombros, cristales, piedras.
Esos alucinados personajes
Inventaron la letanía de imágenes
Que el lector verá enseguida.
No los envidio. Saben demasiado.

Nos mudamos en abril del 2007. Estuvimos en el primer local 3 años y 5 meses. La mudanza no tuvo trascendencia por la dimensión de su desplazamiento (nos mudamos de un local a otro al lado) sino por lo que significaba. El primer local estaba lleno de energía, de recuerdos, vivencias, paso de los hombres y mujeres en él que dejaban sus sorpresa al encontrarse un libro en particular, la vagancia de sus dedos por los libros, el recorrido de sus ojos por portadas, páginas, letras. Largo, estrecho, el primer local tenía ese aire de intimidad que muchos anhelaban en una librería en la ciudad. Era la biblioteca de la casa de alguien: la gente se sentía en su casa, libre. Era la catacumba de varios adictos a los libros y su reflejo: la intimidad que significa la lectura. La mudanza de las cosas, los objetos se hizo en 5 días; la de los libros tardó mucho más. Había que acostumbrarlos a su nueva casa, darle cuarto nuevo a quien lo pedía, tratar de complacer a todos. Los libros son sumamente demandantes. Tienen el orgullo del pobre y el sentido aristocrático del rico. Habituarlos a su nuevo hogar no fue fácil. Sentíamos que los objetos no cooperaban.

Porque las cosas no son huella
Ni símbolo del paso del hombre.
De él las cosas reciben, apenas,
Ese primer impulso, esa inicial
Y tenue energía que las conduce
Al intacto laberinto de las representaciones.
Y van viviendo, las cosas, por su cuenta,
Van perdiendo el rastro
Que en ellas no nombraba
Y acaban instaladas en su propia existencia,
En el agua lustral que las mantiene.

Odio las cajas. Son como el sarcófago de los libros. Los libros quedan embaulados y no respiran, no se pueden mostrar, no pueden extender sus alas. Muchas cajas se llenaron de libros, decenas de cajas. Ellos sentían su reposo, como eran llamados a esperar más tiempo del pensado para salir de la mano de alguien. Se volvieron huérfanos de librero, del que los cuida y protege. Eran esos niños que escondían en la Inglaterra de Dickens para que nadie los mirara ni extendiera su caridad hacia ellos. Estantes se vaciaron y llenaron de libros, pero otros estantes se vaciaron y se llenaron de otros pobladores. Varios libros nos demandan regresar al mundo de los vivos aún hoy.

¿Qué, sino nuestra sólita torpeza,
Puede pretender que las cosas
Tengan peso y estén sujetas
A la física imutable
Que insiste en su propia necedad?
No. Ya lo sabemos. Las cosas toman otro camino
Y en una encrucijada, sólo por ellos conocida,
Las esperan estos gambusinos de la nada:
Los fotógrafos de un tiempo que no fluye.
Allá ellos. Desde ahora me desligo
De sus empresa. Muy lejos se atrevieron
En su viaje. Hace mucho que las cosas
Nos dejaron para poblar otros dominios
Y manifestar allí su especial sobre vivencia.
Nos han dado la espalda y, ahora,
Somos nosotros los únicos escombros,
Objetos sin voz y sin destino.

Mudamos todo igual, no agregamos mayor cosa, fuera de algunos mesones más. Y reparamos los viejos, doblados por el peso de los libros como viejos elefantes. Nos llevamos la butaca verde y el sillón marrón que invita a reposar los afanes. Las sillas de madera de la mueblería Azpúrua, que enloquece a cuanto arquitecto y diseñador existe. Los estantes viejos y varios más nuevos como hermanos. El mueble de la caja y el escritorio de Katyna. La máquina de escribir vieja, el ventilador antiguo y la lámpara pequeña. El nuevo local es más grande, solo que la gente no se percata hasta que lo camina. Pocos ven que el primer local era algo así como El viejo y el mar, corto, íntimo, intenso, conciso, en donde la soledad reposaba y el nuevo es Por quien doblan las campanas: en donde la complejidad de lo colectivo, de las personas, del espacio se hace presente. Hay que caminarlo para encontrar su esencia, no basta con pararse en la entrada y ver hacia el final. Es un poema de Sánchez Peláez: hay que saborearlo, apelar a elementos inconscientes, palparlo en el aire. Este nuevo lugar es una piragua, piraguita.

Inútil desgastarnos en la brega
De otorgar a las cosas un sitio
Que no les pertenece.
Lector: adiestra tu memoria,
Recorre estas imágenes. No son ya
De tu dominio, no volverán a ti jamás,
Ni guardan para ti secreto alguno.
Eres tú quien regresa hacia la nada.
Los bancos de madera en el fondo de la mina.
La casaca y el chaleco mancillados.
Los maniquíes en su atónito desnudo.
La inocente mutación de la basura.
Los cables contra el cielo.
Las camas y los peces.
Los sombreros minuciosos.
Los cerdos de yeso y los amargos cactus
Con fondo de tormenta.
El cohete y los hábitos talares.
El manido erotismo de la bañista
Que nunca tendrá dueño.
Los odres al sol.
El bacalao que olvidó el marino
De la Emulsión de Scout.
Los vagos jardines olvidados.
El hielo y su fúnebre episodio.
La canción de esa esquina con colores
Más tercos y evidentes que la vida.
La madera y sus nudos esenciales.
Ese Cristo que huye del suplicio.
La estulticia insondable de las figuras de cera.

Botellas, máscaras, esculturas, cuadros, fotografías, cajas de música, bancos de madera y otros materiales, imanes, cartelera de metal, puerta de vidrio, lámparas y lámparas, mesas, sillas, radios, estantes….objetos, objetos que llegaron y siguen estando como la momia de algún muerto. La intemporalidad de ellos, su esencia espacial, nos recuerdan los lazos que cada uno tiene con la muerte: inerte, silenciosa, presente. Cada libro en una librería es ese espacio de tiempo de vida que nos queda: ¿Cuántas historias te quedan por recrear?, ¿Cuántas páginas para recordar ese dolor que te marcó?, ¿Cuántas letras para aferrarte a esa memoria que te dejaron tus ancestros? Los libros son huella de nuestro paso por el tiempo: mucho ha existido y mantenerlos, conservarlos, leerlos significa que mucho seguirá existiendo. Morirán esos libros, se romperán, desharán, se quemarán, se llenarán de moho gracias a algún aguacero como morirás tú y moriré yo.
Nos desplazamos entre el tiempo de la vida y el espacio de la muerte. La muerte es quien contiene, frena. Es el bosque que da límites a la ciudad. Es el río que cuando crece todo se lo lleva pero aún así nos deja navegarlo.
Leer un libro es el cruce de espacio y tiempo, de vida y muerte en la vida de cada quien.

Los muros, otra vez los muros,
Rostros de lo que nunca ha sucedido,
Lienzos de lastimada pared cuyo derrumbe
Se antoja inconcebible.
Y el viento que pasa o el aire detenido
Y tantas otras cosas que voy a nombrar
Y evaden la palabra y, sin embargo,
Allí están, despiertas en la noche,
Vigiladas por minúsculas constelaciones.
Allí están. Todas en su orden allí están.
Mírenlas bien: tal vez así ganemos un instante
A la muerte que espera para entrar.

En el local viejo hicieron una sala de cine. Nunca, en año y medio de habernos mudado, he visto una película en ella. Entré una vez. Comprobé que lo que tenía que estar estaba y salí: fantasmas, risas, vino derramado, una sensación a viejo que se respira con la piel. No sé si se sentirá eso aún. No me interesa ya averiguarlo. Esa vez le dije adiós y no pienso hacerlo más. El nuevo local me hace señas, me toma de la mano y me invita a volver con él.
La memoria se calma. En este lugar, somos el sitio de paso. Nada permanece y ese es el fin de una librería: que todos los libros salgan. Llegan otros y otros se marchan. Como las personas que entran y salen y los amores que llegan y como llegan se van.
Queda lo leído y ese anhelo de abrir los ojos un día y ver a Dante de la mano de Virgilio empezando su viaje, encontrándose a Homero, Horacio y tantos más. A Borges por ejemplo. A todos aquellos que quienes les vendí alguna vez un libro.


RR

P.D: autor del poema: Álvaro Mutis.

jueves, 16 de junio de 2011

Otras busconianas

Que difícil es para muchos entender que lo único que deseas hacer esta tarde, o esta noche, o este fin de semana es leer. Sí, leer. Zambullirte en 3 o 4 libros, paladearlos, disfrutarlos, recorrerlos. Aprender. Llenarte del placer de la lectura. No, no es posible que lo entiendan. Incluso hay lectores que no lo entienden. Que ladillado eres, se les escucha decir. Vamos a hacer algo vale, como si leer fuera no hacer nada. La gente tiene un miedo espantoso de estar consigo misma. Huye a los centros comerciales. Se escapa gastando, consumiendo. No todo es leer, pero tiene su momento y debe respetarse. Esta tarde voy a leer El último encuentro de Sandor Marai, De la seducción de Jean Baudrillard y una biografía sobre Ricardo Zuloaga.

Por favor, no me jodan.



- Paradójicamente, en una librería no hay mucho tiempo para leer. En una librería se trabaja: se atiende gente, se ingresan y devuelven libros, se compran y se venden, se alfabetizan los estantes, se limpian los mesones, se cambian las vitrinas. La lectura se hace de noche, al salir de ella, con uno o dos libros para hojearlos y ver que tal. Si te atrapan, se leen, sino se devuelven. De vez en cuando hay un espacio de silencio, de soledad en la librería. Uno se da cuenta. Tomas el libro, lo abres y empiezas a leer. En las cornetas, suenan unos fados. Te hundes en el libro. Te abandonas. Como el esclavo invitado a las habitaciones de su dueña.





- Me gustan mucho las ediciones hechas en Venezuela en los sesentas. Todo el arte participaba. Las portadas son de Cruz Diez, de Mateo Manaure, de la Nena Palacios. El corte de los libros, su forma es excelente. No continúa mucho eso. Solo Sotillo y su combo.



- Continuidades: El archivo del General Miranda, editado en Venezuela y continuado en La Habana. La política no detiene a las letras y lo sabe. Por eso revienta imprentas y escritores continuamente.



- Siento un enorme respeto por O´Leary. 34 tomos de memorias, apuntes, diarios. Un muchacho irlandés llegado a estas costas y termina siendo el asistente, secretario de Bolívar. El que se dedica a observar y escribir y en sus ratos libres combate. El que fue criticado por extranjero, aquí y en su patria. Es de las figuras más contemporáneas que tenemos en nuestra historia literaria.



- ¿qué es la venezolanidad? Siento que lo descubrí leyendo un libro de Viajes de Manuel Díaz Rodríguez a Italia a finales del XIX. Visité este año y el anterior casi las mismas ciudades. Los comentarios e impresiones los compartí al calco. Ese sentido solar hacia las cosas. Ese afán de entender y penetrar. Ese amor por la belleza. Entender, como Borges, que podemos aspirar a todas las tradiciones.



- Creo que pocos leen a Briceño Iragorry hoy. Un tipo muy españoleto, le escuché a alguno uno vez. Muy equivocado. Briceño nos mostró nuestra herencia hispana, herencia borrada del mapa por nuestros gobernantes durante un siglo, porque ellos eran el enemigo que combatimos. Si bien Briceño despotricó de la música que llegaba del Caribe a nuestras costas (merengues, con Billo al mando, por ejemplo), nos enseñó algo inmenso: qué de Gracilaso, de Fray Luis, de San Juan podemos tener. Y si tienen dudas, lean a los poetas contemporáneos de nuestro país: Palomares, Patricia Guzmán, otros. Está en el subsuelo de nuestra memoria, latente, como alguna casa vieja que aún quede en Altagracia o en el centro de San Cristóbal. Briceño Iragorry y su obra son las campanas de catedral que siempre escuchas, que están ahí, aunque no vayas a la misa.



- Esa labor casi titánica que fue El Cojo Ilustrado, esa labor a la que le prestamos tan poca atención.



- Recojamos firmas para la reedición de El Morrocoy Azul y el Sádico Ilustrado. ¿No hay valientes?



- Digan lo que digan yo lo apoyo: Nación y Literatura es un trabajo serio que hay que leer. No están todas las respuestas. Pero invita a continuar leyendo nuestra literatura desde perspectivas inimaginadas.



- Denuncio el absurdo recurrente de no reedictar la edición agotada de un libro. Si se agotó lo leyeron y le aseguro que lo quieren seguir leyendo. La inversión es esa: que lo sigan leyendo



- Grandes intelectuales apoyaron a Gómez. ¿dónde están los que apoyan a este gobierno, y si los hay, porque nunca aparecen, no publican, no están presentes?



- Iniciativa que lamento terminó (o se postergó) El Puente. Era un llamado a pensar mucho el país. Necesitamos una publicación así, y continuada.



- Extraño Verbigracia, el suplemento de El Universal. ¿ustedes no?



- Los poetas en Venezuela tienen la paciencia del toro y la memoria del elefante. Siempre escriben, siempre publican, siempre recitan. Saben que entre dos hacen quórum para leer un poema.



- Hay un boom de la narrativa en el país, pero esencialmente el cuento, tradición permanente en Latinoamérica. Es bienvenido, creo que es el género que más triunfos seguirá dando en el futuro: corto, conciso, se gana por nockout. Pero aún así, y a pesar de que comparto mucho la visión de Garmendia, extraño la novela. Necesitamos la novela en estos momentos. Los noventa vimos como las mujeres abordaron la memoria particular y colectiva a través de ella. Necesitamos novelas, algo ambicioso, bajo el signo de Bolaño, para leernos más. El Falke dio el primer golpe de la pelea. Necesitamos más



- Limpio y arreglo mi biblioteca: cuántos libros obsequiados, comprados. Tantas fotos, tarjetas, dedicatorias. Cuanta amistad alrededor de los libros encuentro.



- Existe, claro está, quien roba los libros. Si lo hace un estudiante, un muchacho, pues que se hace, pero en Venezuela existe una mafia de robalibros muy peligrosa, que han llegado a amenazar gente en grandes grupos editoriales. Una mafia del libro. Uno no deja de sorprenderse. Me recuerda un relato de Felipe Marquez Brandt en donde un grupo comando toma un librería y sucede que son unos eruditos que buscan lo mejor que hay. Por mi parte, sueño con hacer una operación comando en la casa de Manuel Caballero, quien, según el mismo Salvador Garmendia, tiene la primera edición de su primer libro. Uno se frota las manos….



- Una iniciativa como la del Camaleón, aquel semanario de El Nacional, lleno de humor y donde no quedaba títere con cabeza, ni del gobierno ni de la oposición. ¿Tan imposible es que vuelva?

lunes, 13 de junio de 2011

Flashbacks sobre el Festival de la lectura Chacao 2011.

- Fue un Festival de la Lectura, no una Feria del Libro. En las ferias se negocian traducciones, ediciones, se roban autores entre editoriales y también se venden libros. El evento de Chacao fue un evento para la comunidad residente en su municipio, con las organizaciones que lo componen en el plano cultural: Cultura Chacao, Relectura, etc. No fue ni podía ser una Feria de carácter nacional o internacional pues no representa a todas las comunidades del país.

- Como evento cultural de un municipio entre los que existen en la capital, fue un evento extraordinario.

- Faltaron más policías rondando el lugar.

- La organización fue superior a la del año pasado. Se evidenció mucho más el orden y la coordinación.

- Hubo ofertas: remates, descuentos de Feria y eso corrió de boca en boca. El público lo agradeció sobremanera. Es una lástima que el de Random House fuera porque se van del país pronto.

- Las novedades fueron pocas. Quizás sólo Alfaguara y el grupo Alfa destacaron entre todas las otras editoriales, presentando a sus autores y dándoles la atención que merecen.Lugar Común y Equinoccio hicieron también un muy buen trabajo.

- Variedad en cuanto a libros importados, casi nula. Eso es muy lamentable.

- Las actividades infantiles fueron ricas, pero siento que no se les dio la atención que se merecen en cuanto a difusión de esas mismas actividades. Debían ser el centro de todo, considerando el prestigio de muchas de ellas a nivel internacional y siendo además editoriales nacionales.

- El espacio con mesas donde comprar café era más grande y con precios más amables que el año pasado. Bravo por eso. Esa zona debería extenderse y aumentar la variedad de los productos. Los que trabajan en la Feria deben comer también y quien está a mediodía o en la noche, le da hambre. Hay que ofrecer todas las opciones posibles para que el público no se vaya.

- La variedad musical, de espectáculos, presentaciones de libros, conferencias fue abundante. El Salón Obelisco se quedó, eso sí, corto para varios de esos eventos y la gente parada se fastidia y se va. Debe habilitarse un espacio más grande para públicos más amplios (creo que el Anfiteatro en Altamira Sur es la mejor opción).

- Los libros usados eran muy costosos para ser usados y ser vendidos en un espacio público como la Plaza Altamira.

- Faltaron más baños, con la garantía además de su limpieza.

- Las lecturas de poesía, con la calidad de poetas que tiene la ciudad, fueron casi inexistentes. No se debe despreciar a la poesía.

- ¿Dónde quedó el Teatro en este tipo de eventos? Con tantas compañías entusiastas (Skena, etc), por qué no se hizo algo?

- Faltaron cajeros automáticos cerca.

- Los stands en Altamira Sur fueron los más negreados. Debe replatearse mejor el uso de ese espacio y hacerlo más atractivo para el público.

- Celebro los Jams. Espero se extiendan.

- El Festival de la lectura no fue un evento para intelectuales; fue un evento para todo tipo de público, en donde los intelectuales hablaron y vendieron. No fue un café en París, y eso debemos aceptarlo y entenderlo.

- La unión entre el final de la Feria y el evento en Los Palos Grandes fue bueno. debería extenderse hacia La Castellana y Chacao. Pensar en grande (ya existe "Por el medio de la calle") y acometerlo.

- Celebro el festival, le auguro muchos años por venir y que cada día sea mejor.

domingo, 12 de junio de 2011

Sobre "El mago de la cara de vidrio", de Eduardo Liendo. Un prólogo de Alexis Márquez Rodríguez

Ayer pude comprar una edición, hermosa en su presentación, de "El mago de la cara de vidrio", de Eduardo Liendo. Lo hice para tener a la mano una edición menos manoseada que la que tengo, ya en trance de desarmarse. Me gusta Liendo, defiende una línea escritural que me es cara: la de la ironía y la sátira. Tradición que se remonta a Aristófanes, autores como Horacio o Cervantes, Swift y Sterne, la vasta literatura rusa y polaca. Es, quizás, una de las líneas más cercanas a la crítica en nuestra heredad, que debemos releer constantemente. En fin, Liendo propone en su obra mucho de este camino, y por eso suelo releerlo para buscar piso cuando me encuentro sin él.

Al comprar una reedición, suelo revisar el índice; si tiene alguna cronología o epílogo, también. Pero lo que más busco es alguna nota en donde el autor o los editores especifiquen algún agregado o modificación a los textos, alguna supresión. Luego, por último, leo el prólogo. En esta edición, del 2008, de Monte Ávila, me encuentro con que es la cuarta Reeimpresión, y que ha sido editada (con alguna modificación, creo), quince veces, la última, en 2003. El prólogo es de Alexis Márquez Rodríguez. De este prólogo, es de lo que me gustaría realmente hablar.

Comienzo celebrando a Márquez, que muy bien dice que Liendo es un escritor con suerte, pues nunca ha tenido mayores problemas para editar y menos para reeditar. Sus libros son muy leídos y eso es todo un logro en el mapa narrativo venezolano. Pero entonces, nos encontramos con estas palabras: "Desde muy joven Liendo se ubicó ideológicamente en sectores radicales, que buscan una transformación auténticamente revolucionaria de la sociedad, capaz de corregir las injusticias, con demasiada frecuencia verdaderas iniquidades de todo sistema social basado en las desigualdades clasistas y en la explotación de unos hombres por otros". Posteriormente, Márquez no habla de sus incursiones en la guerrilla en los sesenta, " con miras a la instauración de un sistema socialista". Luego, Liendo cae preso, es llevado a juicio, y exiliado. Vive en Suiza, Holanda, Checoslovaquia, y realiza estudios en la Unión Soviética de Psicología. Desde su regreso al país, trabajó en la Biblioteca Nacional.Márquez continúa su prólogo, siempre haciendo énfasis en las virtudes revolucionarias de Liendo, aunadas a las estéticas, para justificar su triunfo como escritor. Es así como se explica su vena satírica: Liendo es un hombre de izquierdas. Nos dice Márquez: "No hace falta apelar a complicadas teorías y a otros instrumentos del análisis psicológico, para inferir que en el caso de Liendo se ha producido una especie de sustitución de los procedimientos y de las armas de lucha. El antiguo combatiente, derrotado en el alba misma de su primera salida, persiste en su convencimiento de que es necesario luchar por una radical transformación de la sociedad. Más la realidad histórica le impone un cambio en los métodos y en los instrumentos de la lucha. Para el escritor, dijo alguna vez, escribir es una manera de combatir". Nuestro prologuista continúa hablando y nos señala la denuncia social de la obra de Liendo, la de la desigualdad clasista y la explotación de unos hombres por otros. Ya hacia el final, nos encontramos con una sorpresa que se nos va revelando palabra a palabra: Márquez nos está hablando de un hombre de algo más de cuarenta años de edad, con tres libros publicados y le augura un futuro promisorio. La fecha de este prólogo es de 1985.

Desconozco si Liendo alentó la publicación de este prólogo, pero mi lectura hace del texto de Márquez una suerte de burla del lector contemporáneo. Liendo, luego del año 1985, ha publicado seis novelas más y dos libros de relatos. Es un autor que no simpatiza con el régimen actual, editor de esta obra. El prólogo de Márquez, de raingambre marxista leninista (recuerdo aun la ingenua carta de Márquez a Fernánde Retamar, recopilada en "Cartas en la batalla", libro editado por Alfa), es un texto totalmente fuera de contexto y que no genera aportes sustanciales a la lectura de la obra de Liendo, mírese por donde se mire. Este libro suele ser lectura de bachillerato: ¿es interesante que un adolescente lea este prólogo desactualizado?

Pensamos que solo la coleccion Milenio Libre de Monte Ávila era de carácter peligrosa. Veo que no es así. La propuesta de lectura de la obra de un autor, casi 40 años después de publicado ese texto, cambia. Hacer énfasis en las virtudes revolucionarias de Liendo, cuando el contexto sociopolítico actual es definitivamente diferente, es una vulgar manipulación del lector y debe denunciarse. Es una de las más insanas costumbres del mundo editorial del siglo XX. Cuando escribí mi tesis de licenciatura sobre W.H.Auden, encontré en mis lecturas editores que, con más de treinta años de distancia, todavía exaltaban al Auden inglés, de línea marxista y freudiana, en detrimento del Auden desde los años cuarenta: conservador y cristiano. Todo, fuera de contexto y sin considerar la obra posterior del mismo. Lo mismo veo con Liendo: el afán fanático en exaltar la vida y la visión de un hombre en un momento, descartando cualquier otro cambio u aporte en años subsiguientes. Me pregunto si es así como debemos leer a Victoria de Stefano, Antonieta Madrid o, quien ha sido manipulado de la misma manera que Liendo: Mario Vargas Llosa.

La obra de Liendo se ha estado reeditando por la editorial Alfaguara.Recomiendo cualquiera de sus obras, en especial "El último fantasma", en donde marca clara distancia con la figura de Vladimir Lenin. Lean "El mago de la cara de vidrio", pero sáltense el prólogo. La obra de Liendo sigue con nosotros, plena de sátira y denuncia. Esa denuncia continúa hoy, en y a este gobierno, no se quedó en 1985. Aunque algunos quisieran que así fuera.

domingo, 29 de mayo de 2011

El Buscón: la plaza en donde encontrarnos. (Palabras de presentación a "Las palabras de El Buscón")

a Walter Rodríguez y a Javier Marichal, maestros libreros.

Quisiera comenzar contando dos lecturas: la primera, de Umberto Eco y Jean- Claude Carriére, contenida en Nadie acabará con los libros; la segunda, con la que terminaré, de Augusto Monterroso, titulada Cómo me deshice de quinientos libros. En estos tiempos bárbaros, en donde un control de cambio nos impide traer los libros que necesitamos, en donde imprimimos sólo si hay papel y en donde cierran librerías a diestra y a siniestra, celebrar los libros como los celebran Eco y Carriere, podría parecer una ironía. Pero en Venezuela, celebrarlos es una forma de resistencia, un ejercicio de ciudadanía que nos aleja de las lecciones no aprendidas en el siglo XX por un grupo de aventureros del poder. En el libro de Eco y Carriere, hay un recorrido por la historia de la literatura, de los libros, de las bibliotecas que en el mundo han sido, llenos de reflexiones y anécdotas pertinentes alrededor de ello. Nos llenamos al leerlo de certezas, pero a la vez, de temores. Ninguno de los dos intelectuales menciona con demasía al librero en esta historia del devenir humano, más considerando que son coleccionistas reconocidos de libros. Aparece, sí, pero privan los editores, los transcriptores, los autores por supuesto, por encima de la labor del librero. Y ya eso me llena de pesadumbres. Eco nos da una frase central: El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se ha inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo…Quizá evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es. Ante estas palabras, uno podría sentirse tranquilo. Pero la historia nos enseña que ese futuro no lo determinamos nosotros: no sabemos cuándo podrá truncarse por milenios o algunos años, como ha ocurrido en épocas oscuras de la humanidad. Estar atentos, alertas, advertir esto, es la labor de los libreros.

En esta labor, El Buscón ha logrado un lugar central entre las librerías en Caracas. Tomando como herencia el legado de la Librería Monte Ávila, fundada por Katyna Henríquez, actual gerente y socia de El Buscón, y también de las hermanas Pardo en la librería Soberbia, los autores, los editores, el pensamiento, en fin, venezolano, ha tenido un lugar en donde respirar, sentirse a sus anchas, no dejar nunca de sembrar el sentido crítico en cada lector y escucha de esas palabras. Eugenio Montejo, Rafael Cadenas y tantos intelectuales venezolanos hicieron y han hecho de nuestra librería su casa, y han hecho de sus espacios, el lugar privilegiado para presentar un libro ante el mundo. Como libreros, hemos estado siempre abiertos a su llegada. Las librerías son la plaza en donde encontrarse. El lugar del té y el vino. El espacio del diálogo y la amistad. El espacio de una librería, en estos tiempos modernos, debe seguir el dictado de Montejo: si la poesía es la última religión que nos queda, la librería debe ser uno de sus templos. Toda librería, siguiendo a Mallarmé, es un libro que contiene otros muchos hasta abarcar el mundo. En este tránsito, reclamo para el librero no otra labor sino la de Virgilio en la Comedia: mostrar el camino.

Una sociedad sin libreros es una sociedad sin ley. Hablo de la antigua ley de los hombres, la de la Ruta de las especies, la de los desiertos de Arabia, la de los barcos de Crusoe, Melville y Stevenson, la de los intercambios, trueques, comercios e intercambios: la de los tránsitos. El Buscón es uno de esos espacios y este libro que leeremos a partir de hoy evidencia ese andar perenne en donde el dialogo, cada día menor en nuestra sociedad, persiste.

Cierro con la segunda historia, la de Monterroso. Quiere, nos dice, vender quinientos libros, pues encontró que ya no lo interesaban: por sobreabundancia, por la ignorancia que muestran esos libros, por fastidio. Pero no quiere donarlos a bibliotecas, quiere que sus amigos se los lleven, que los compren individuos, no que terminen en cajones. Dentro de los libros que está dispuesto a desprenderse, estos son algunos: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro): 50; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace): 6; erotismo ½ (conservé las ilustraciones del único que tenía), métodos para dejar de beber: 19; literatura hispanoamericana: 86. Y así. Evidentemente, Monterroso no buscó a un librero para que lo ayudara a venderlos. Seguramente en el Buscón lo habríamos ayudado.

Muchas gracias.



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