Llegué a las 8 al Paraninfo. Juan Cristóbal se alegró, pues sospechaba que la mesa en donde estaría no tendría mayor público. Era sobre Literatura y Política. Efectivamente, al comenzar, no abundaba (pero luego las cosas cambiarían: un asunto de puntualidad criolla, tráfico y lejanía contribuyeron a que no llegara la gente a tiempo). Un par de muchachos de sociología de la UCAB leyeron un trabajo en ciernes sobre la idea de Nación y Literatura y su elemento inconcluso. Juan Carlos Araque, segundo en el orden de lectura, no llegaba. Leyó entonces Juan Criistóbal. Me pareció muy importante su ponencia, alrededor de "Gallegos espectral". Cómo la figura de Gallegos, en estos tiempos, ha vuelto a surgir. La idea del intelectual como pastor de hombres, como salvador de la patria, ronda nuestra literatura, en especial nuestra narrativa más existosa en estos momentos, aquella de carácter histórico. Fue una ponencia demoledora. Luego, María Julio Cordero reflexionaría sobre su padre y cómo su obra se vio relegada entre las roscas culturales de la IV República. Su meditación alrededor de pueblo y ciudadanía crítica, fue impactante. Al final, Araque llegaría. Venía directo desde Barquisimeto para leer su ponencia, había salido la noche anterior. Toda una lección para algunos caraqueños y su pequeño desprecio a estas Jornadas. La ponencia de Araque era sobre el Testimonio en la literatura, en la figura de tres autoras venezolanas de los setentas: De Stéfano, Madrid, Zago. Mostró cómo la década del fracaso de la guerrilla, del pensamiento sobre ese fracaso se hace cada vez más, mostrando sus costuras en cuanto a una posibilidad de cura, lo cual se manifiesta en el revanchismo de quienes están en el poder.
A las 10, escuchamos la mesa sobre Narrativa y Espacio Urbano II. Santaella, Rodrigo Blanco, fueron los interpelados en estas ponencias desde posiciones interesantes. Luego, escucharíamos una lectura, sobre el testimonio en la literatura presidiaria de los años setenta. Toda una reflexión, en donde la métafora del país como cárcel es escalofriante, pero no menos cierta.
Almorcé con Enza García Arreaza y José Manuel Guilarte, luego de caminar mucho por la Universidad. Pude conocer a Moreno Villamediana y conversar con gente valiosa. Fue muy esperanzador vivir unos días en donde en cada esquina te encontrabas con alguien con quien intercambiar experiencias, conocimientos, alegría, dudas, terror.
En la tarde, nos encaminamos hacia la Conferencia Plenaria sobre Narrativa Contemporánea, la gran protagonista de las Jornadas. Carlos Pacheco, Arnaldo Valero y Gustavo Guerrero, invitado especial, leerían para nosotros. La conferencia de Pacheco nos llevó al Falke, como paradigma narrativo de la novela de esta década. Valero, nos llevó, quizás en un tiempo demasiado extenso de lectura, hacia la figura maravillosa de Juan Félix Sánchez. Guerrero nos cautivó con una conferencia llena de esperanzas para la literatura venezolana, sobria, bien escrita. Esperábamos conferencias semejantes a la de Guerrero definitivamente. Pienso que la Plenaria no apuntaba a trabajos personales sobre la literatura venezolana, sino a una interpretación de ella en la última década, o la anterior y la por venir.
A las 4 de la tarde, luego de mucho café, risas y cigarrillos, entramos nuevamente al Paraninfo para escuchar a Federico Vegas, Alberto Barrera Tyzska, Oscar Marcano, y Juan Carlos Méndez Guedez. Fue un conversatorio relajado, divertido, reflexivo. La nota más alta la alcanzó Méndez Guedez, al presentarnos su pesimismo sano. Que no creeamos en mesianismos literarios, en mini booms, en enchinchorramientos como escritores. No debemos nunca dejar de trabajar, más allá de los vaivenes del mercado. Hubo un debate interesante en Vegas y Barerra. El primero (recordamos al Gallegos espectral de la mañana), anunció que el escritor es el verdadera salvador de la patria. Que sus mayores influencias eran Reverón, Villanueva y Gallegos. Algo que no invita a reflexionar hasta el hueso. Son todos figuras de antes de 1958, es decir, antes de la democracia. ¿ No concibe todavía la literatura venezolana patrones, imaginarios, más allá de la huella modernizadora (1935-1955) y la revolucionaria (60s)? Es curioso cómo un período como lo fue la democracia entre 1958 y 1978 no se considera un paradigma. El período de la historia en donde realmente se gestó una idea de ciudadanía, de democracia en Venezuela, merece una nueva mirada, sin ingenuidades de derechas e izquierdas centradas en sus absurdos más degradantes. Vegas fue encantador, como suele serlo, y supo llevar sus intervenciones. Es un gran escritor y un gran amigo a quien admiramos, que sabemos se abrirá a nuevas esferas. Barrera, amablemente, lo llevó a hacer tablas con él, a partir de un escepticismo sano, crítico, quebrantador de espectativas. Me hubiera gustado contar con la presencia de Israel Centeno en esa mesa; creo, sin temor a equivocarme, que hizo muchísima falta. Fue un conversatorio respetuoso, entre amigos, que escriben distinto, piensan distinta a la literatura, pero son capaces de establecer un debate sin matarse. Un ejemplo a seguir (pero faltó más sangre).
Las Jornadas finalizaron con un brindis, planes futuros, debates entre copas, críticas, abrazos, cansancio. Es quizás una experiencia sin igual en nuestro mapa literario, que nos llevará, si nos organizamos y vencemos los egoísmos, a presentarnos críticamente y como "marca" (aunque no guste esta palabra) ante el mundo, como lo hacen argentinos, mexicanos, colombianos y españoles sin ningún complejo. Hay que mostrarse y hacerlo valerosamente, trabajar y seguir trabajando por unas próximas Jornadas en 2013. Quizás, un nuevo premio Herralde esté entre nosotros, o un Alfaguara, o una tendencia rica en cuanto a crítica del teatro o una revaloración del ensayo. Un lugar donde las alegorías nacionales sean sobre un futuro posible, una ciudadanía lectora y crítica a partir del lenguaje. Una clausura del siglo XIX.
Gracias a todo el equipo de la Simón Bolívar, en especial a Carmen Victoria Vivas, que se entregó en cuerpo y alma a estas Jornadas. A ella y a todos, salud y literatura.
domingo, 27 de marzo de 2011
Jornada segunda. Sartenejas, 22 de marzo de 2011
Subí a la Simón muy temprano, pues quería llegar a algunas de las mesas. Hotel California y Highway to hell me acompañaron; no en el ipod, en el autobús. Nuestro chofer era roquero, y eso nos dio claves, intuiciones, de lo que podría significar este día. Llegué al Paraninfo y escuché la ponencia de Vicente Lecuna. No abundaron los profesores de la UCV en las Jornadas. Lecuna, Kozak,Juan Cristóbal Castro, yo.Castillo Zapata. Ni sombra del departamento de Latinoamericana y Venezolana. Los infatigables del Instituto de Investigaciones sí estuvieron: Rebeca Pineda, Morenza, Sandoval, incluso alumnos de la Maestría en Venezolana. La ponencia de Vicente fue aleccionadora. Su análisis de las dos últimas obras de Barrera Tyzska fue interesante sobremanera. Su acercamiento a la alegoría nacional e individual en esas obras nos hizo empezar a hilar una temática que sería importante en todo el tiempo de las Jornadas.
Al finalizar, corrí a EGE a escuchar a Violeta Rojo. Era tarde. Ya habían leído sus ponencias ella y los demás (no hubo problemas de tiempo, cosa extraña) y ya estaban en las preguntas. La sala tenía gente. Alumnos y profesores de Barquisimeto, Coro, Maracaibo, Mérida, Cumaná hicieron presencia en cada una de las actividades. Por el contrario, la ausencia de los alumnos de las Escuelas de Letras de Caracas fue masiva. Pocas caras conocidas. Una verdadera lástima.
A las 10 debía moderar una mesa: Narrativa Venezolana: lecturas y perspectivas II. La sala que teníamos estipulada no pudimos usarla, y bajo la dirección de Mariana Libertad Suárez caminamos hasta Comunicación. Allá, muy cerca de Editorial Equinoccio, conversamos y escuchamos a los ponentes. Steven Bermúdez, de LUZ, Michelle Roche, de El Nacional y NYU, y Rossana Álvarez (nieta de Pepe Barroeta, como me dijo Gabriel Payares el día siguiente) leyeron sendas disertaciones sobre la escritura nacional, las figuras de Gallegos y Britto García, Meneses y Payares. Como final (pues una de las ponentes no llegó, aun no sabemos muy bien por qué, y es una lástima) Adriana Cabrera nos iluminó alrededor de las Digresiones en Liliana Lara, la gran escritura oriental. Las discusiones posteriores, fueron estimulantes.Juan Carlos Méndez Guedez, Rubi Guerra y Fedosy Santaella nos acompañaron. El último se tuvo que retirar y, además, la muchacha que faltó leía sobre sobre obra y nos dejó con ganas de escuchar esa ponencia. Pero los dos primeros fueron activos participantes. Debo resaltar esto: ningún invitado o escritor adoptó posturas de Divo. Todos estuvieron abiertos y con ganas de colaborar, intervenir, ayudar. Reflexionamos abundantemente sobre cómo las alegorías siguien haciendo presencia en las ponencias. Sobre el exilio exterior e interior en nuestra literatura y cómo esos caminos parecen ampliarse. Fue refrescante. No dejo de resaltar que la obra de Santaella tuvo en las Jornadas dos ponencias. Una obra interesante, fresca, renovadora, llena de un lenguaje poco usual y que tiene seguidores en todo el mapa nacional. Extrañé lecturas de la obra de Israel Centeno, de Juan Carlos Chirinos, de Gustavo Valle. Pero estoy seguro que ya vendrán.
A mediodía, tuvo a retirarme. Bajé a Caracas bajo la grata compañía y conversación de Rubi Guerra y Adriana Cabrera, su esposa. Gente maravillosa. Me encantó descubrir en Guerra una gran admiración por la obra de Shakespeare. Me comentó que entre los 12 y los 18 años leyó Hamlet por lo menos unas tres veces por año. Que luego, su acercamiento ha ido en aumento. Nadie sabe las influencias de los escritores. ¿Ahora sí podemos reconocer quizás, una de las vetas de la maestría de Guerra en sus cuentos, sus acercamientos a los personajes, a la historia y su tragedia?.
En la tarde, hubo polémicas. El día tenía a la poesía como protagonista, en sendas lecturas y reflexiones. Las conferencias plenarias sobre poesía contaron con Arturo Gutierrez Plaza, Joaquín Marta Sosa y Gina Saraceni. Marta Sosa marcó la polémica, al señalar, palabras más, palabras menos, que en Venezuela no hay poesía desde Tráfico y Guaire y señalando que la obra de Arraiz Lucca es muy importante, fundamental. Saraceni lo despachó haciendo un largo listado de nombres de poetas nacionales posteriores a esos grupos que han dejado una marca mayor en nuestra literatura, hasta hoy. Pero esto no quedó así. Los poetas que leerían luego, Luis Enrique Belmonte, Luis Moreno Villamediana, Jacqueline Goldberg, Pausides González (este último quizás no), dedicaron irónicamente sus lecturas a Marta Sosa. Todos, maestros. Todos, posteriores a Tráfico Y Guaire. Luego, poetas más jovenes: José Delpino, Adalber Salas, Santiago Acosta y otros finalizarían las Jornadas con sus lecturas.
Debo hacer un comentario personal. Creo que la figura de Arraiz Lucca levanta muchas, demasiadas ronchas. Es quizás el Gerente Cultural de línea más alta de nuestra historia contemporánea ( La GAN, Monte Ávila editores, el Cealup, la Fundación para la Cultura Urbana, son testimonio de ello). De eso no nos cabe dudas. Con respecto a su poesía, siento que muchas marcas la han signado en su acercamiento crítico: no es un hombre de izquierda, no formó parte de grupos posteriores de poetas, es miembro de familia de raingambre mantuana. De su obra, siempre rescato "Pesadumbre en Bridgetown". Editado por Pequeña Venecia y su cuerpo editor, de obra reconocida( Barreto, Strepponi, Pantin, López Ortega) es un poema largo con la huella de Eliot que anuncia muy bien el desastre que vendría sobre nosotros en la década de los noventa. De su obra anterior y posterior, deben hablar los especialistas, y yo no lo soy.
Esta segunda Jornada nos deja más preguntas: ¿Hablarían del proyecto de la Revista El Salmón?, ¿ Y de proyectos y poetas del interior del país, en donde se gesta un movimiento de altura y entusiasmante?, ¿ Se reflexionaría cómo la poesía pasó, luego de estar en el pedestal mayor, a un segundo lugar con el mini boom de la narrativa en esta década?, ¿ dentro de las diferentes mesas, dejando aparte la Conferencia Plenaria con que se inauguraron las Jornadas, se hablaría en algún momento de ediciones nacionales o internacionales de poesía?¿ Números, estadísticas, cantidad de talleres?
Con estas preguntas, hacia el final de la tarde, luego de corregir, preparar algunas clases, descansar, lavábamos los platos pensando que ojalá no nos dedicáramos tanto a lavarnos las manos ante el reto mayor de acercarnos a nuestra literatura, analizarla y difundirla. Estas Jornadas, seguían anunciando esperanzas. Los Rolling Stones me ayudaron a cerrar el día.
Gracias a los dioses, todavía quedaba el último día de las mismas: el de la mañana siguiente.
Al finalizar, corrí a EGE a escuchar a Violeta Rojo. Era tarde. Ya habían leído sus ponencias ella y los demás (no hubo problemas de tiempo, cosa extraña) y ya estaban en las preguntas. La sala tenía gente. Alumnos y profesores de Barquisimeto, Coro, Maracaibo, Mérida, Cumaná hicieron presencia en cada una de las actividades. Por el contrario, la ausencia de los alumnos de las Escuelas de Letras de Caracas fue masiva. Pocas caras conocidas. Una verdadera lástima.
A las 10 debía moderar una mesa: Narrativa Venezolana: lecturas y perspectivas II. La sala que teníamos estipulada no pudimos usarla, y bajo la dirección de Mariana Libertad Suárez caminamos hasta Comunicación. Allá, muy cerca de Editorial Equinoccio, conversamos y escuchamos a los ponentes. Steven Bermúdez, de LUZ, Michelle Roche, de El Nacional y NYU, y Rossana Álvarez (nieta de Pepe Barroeta, como me dijo Gabriel Payares el día siguiente) leyeron sendas disertaciones sobre la escritura nacional, las figuras de Gallegos y Britto García, Meneses y Payares. Como final (pues una de las ponentes no llegó, aun no sabemos muy bien por qué, y es una lástima) Adriana Cabrera nos iluminó alrededor de las Digresiones en Liliana Lara, la gran escritura oriental. Las discusiones posteriores, fueron estimulantes.Juan Carlos Méndez Guedez, Rubi Guerra y Fedosy Santaella nos acompañaron. El último se tuvo que retirar y, además, la muchacha que faltó leía sobre sobre obra y nos dejó con ganas de escuchar esa ponencia. Pero los dos primeros fueron activos participantes. Debo resaltar esto: ningún invitado o escritor adoptó posturas de Divo. Todos estuvieron abiertos y con ganas de colaborar, intervenir, ayudar. Reflexionamos abundantemente sobre cómo las alegorías siguien haciendo presencia en las ponencias. Sobre el exilio exterior e interior en nuestra literatura y cómo esos caminos parecen ampliarse. Fue refrescante. No dejo de resaltar que la obra de Santaella tuvo en las Jornadas dos ponencias. Una obra interesante, fresca, renovadora, llena de un lenguaje poco usual y que tiene seguidores en todo el mapa nacional. Extrañé lecturas de la obra de Israel Centeno, de Juan Carlos Chirinos, de Gustavo Valle. Pero estoy seguro que ya vendrán.
A mediodía, tuvo a retirarme. Bajé a Caracas bajo la grata compañía y conversación de Rubi Guerra y Adriana Cabrera, su esposa. Gente maravillosa. Me encantó descubrir en Guerra una gran admiración por la obra de Shakespeare. Me comentó que entre los 12 y los 18 años leyó Hamlet por lo menos unas tres veces por año. Que luego, su acercamiento ha ido en aumento. Nadie sabe las influencias de los escritores. ¿Ahora sí podemos reconocer quizás, una de las vetas de la maestría de Guerra en sus cuentos, sus acercamientos a los personajes, a la historia y su tragedia?.
En la tarde, hubo polémicas. El día tenía a la poesía como protagonista, en sendas lecturas y reflexiones. Las conferencias plenarias sobre poesía contaron con Arturo Gutierrez Plaza, Joaquín Marta Sosa y Gina Saraceni. Marta Sosa marcó la polémica, al señalar, palabras más, palabras menos, que en Venezuela no hay poesía desde Tráfico y Guaire y señalando que la obra de Arraiz Lucca es muy importante, fundamental. Saraceni lo despachó haciendo un largo listado de nombres de poetas nacionales posteriores a esos grupos que han dejado una marca mayor en nuestra literatura, hasta hoy. Pero esto no quedó así. Los poetas que leerían luego, Luis Enrique Belmonte, Luis Moreno Villamediana, Jacqueline Goldberg, Pausides González (este último quizás no), dedicaron irónicamente sus lecturas a Marta Sosa. Todos, maestros. Todos, posteriores a Tráfico Y Guaire. Luego, poetas más jovenes: José Delpino, Adalber Salas, Santiago Acosta y otros finalizarían las Jornadas con sus lecturas.
Debo hacer un comentario personal. Creo que la figura de Arraiz Lucca levanta muchas, demasiadas ronchas. Es quizás el Gerente Cultural de línea más alta de nuestra historia contemporánea ( La GAN, Monte Ávila editores, el Cealup, la Fundación para la Cultura Urbana, son testimonio de ello). De eso no nos cabe dudas. Con respecto a su poesía, siento que muchas marcas la han signado en su acercamiento crítico: no es un hombre de izquierda, no formó parte de grupos posteriores de poetas, es miembro de familia de raingambre mantuana. De su obra, siempre rescato "Pesadumbre en Bridgetown". Editado por Pequeña Venecia y su cuerpo editor, de obra reconocida( Barreto, Strepponi, Pantin, López Ortega) es un poema largo con la huella de Eliot que anuncia muy bien el desastre que vendría sobre nosotros en la década de los noventa. De su obra anterior y posterior, deben hablar los especialistas, y yo no lo soy.
Esta segunda Jornada nos deja más preguntas: ¿Hablarían del proyecto de la Revista El Salmón?, ¿ Y de proyectos y poetas del interior del país, en donde se gesta un movimiento de altura y entusiasmante?, ¿ Se reflexionaría cómo la poesía pasó, luego de estar en el pedestal mayor, a un segundo lugar con el mini boom de la narrativa en esta década?, ¿ dentro de las diferentes mesas, dejando aparte la Conferencia Plenaria con que se inauguraron las Jornadas, se hablaría en algún momento de ediciones nacionales o internacionales de poesía?¿ Números, estadísticas, cantidad de talleres?
Con estas preguntas, hacia el final de la tarde, luego de corregir, preparar algunas clases, descansar, lavábamos los platos pensando que ojalá no nos dedicáramos tanto a lavarnos las manos ante el reto mayor de acercarnos a nuestra literatura, analizarla y difundirla. Estas Jornadas, seguían anunciando esperanzas. Los Rolling Stones me ayudaron a cerrar el día.
Gracias a los dioses, todavía quedaba el último día de las mismas: el de la mañana siguiente.
Jornada primera. Sartenejas, 21 de marzo de 2011
esposa me dejó en la Libertador, a la altura de Chacaíto y bajé. Tomaría el autobús de la Universidad en la esquina del Mac Donald. Mientras caminaba, recordé con cariño los dos trimestres en que dicté clases en la Simón Bolívar y lo buena que fue la experiencia. Al llegar a la esquina, la cola era larga. Encendí un cigarrillo. Llegaría tarde. No tuve presente el orden de las horas allá arriba (por bloques numéricos establecidos) y dos autobuses llegaron para llevarse la carga. En un santiamén, llegué a Sartenejas.
Crucé la calle de los ingleses, colindando con la Biblioteca, hacia el Rectorado. Ya Gisela Kozak me había confirmado que era ahí la primera Conferencia Plenaria, en donde ella leería. La vista del paisaje me alegró, y ya en la entrada, saludaba a mucha gente. El aire respiraba emoción, expectativa. Saludé a Vicente Lecuna, quien me presentó a Miguel Gomes y abracé a Juan Carlos Méndez Guedez, con quien me comunico abundamentemente por el Facebook. Miguel, buen scholar, llevaba traje y corbata. Juan Carlos, mucho más informal. Vicente, ni se diga. Tres formas de pensar, escribir y abordar la literatura intercambiaban comentarios jocosos. Ojalá fuera así el ambiente de toda esta Jornada: tolerancia, respeto, búsqueda de conocimiento y difusión del mismo. A los minutos, llegó Gisela, engalanada con una hermosa falda, linda. Más abrazos. Cigarrillos, ganas de café, adrenalina en los ojos de los organizadores, en especial de Carmen Victoria Vivas. Nos encomiaron a entrar al Paraninfo. Todo iba a comenzar.
La conferencia plenaria la dictarían Luis Miguel Isava, Gisela Kozak, Miguel Gomes, y Carlos Sandoval. En ella se vivieron momentos dulces y feroces. Luis Miguel dictó una cátedra sobre poesía. Desde hace mucho tiempo dejó de ser un crítico y pasó a ser un filósofo del lenguaje. Gisela cambió el ambiente y polemizó, señalando nombres, carencias, fisuras, logros, aciertos de la literatura venezolana y sus protagonistas, desde las gestiones culturales de los noventas hasta el día de hoy. Rió y repartió carcajadas y silencios entre el público. Ya la candela estaba iniciada. Las conferencias de Miguel Gomes y Carlos Sandoval continuaron el hilo de Gisela. Gomes, quien nos tiene acostumbrados a la rigurosidad académica más alta, centró su conferencia alrededor de las alegorías nacionales, haciendo una profunda crítica. Sandoval, criticó la ausencia del teatro y del ensayo en las discusiones de las Jornadas, así como en la mesa en donde se encontraba en ese momento. Habló de 17 antologías de cuentos en menos de 10 años en el país; de la industria editorial, de los triunfos de algunos y los fracasos de otros. Luego, el ciclo de preguntas fue pequeño; además, había que almorzar.
Subí, junto con muchos más, a la Casa del Profesor, para acompañar a Violeta Rojo y Miguel Gomes, con quien pude conversar bastante en el camino. Almorzamos en una misma mesa Laura Febres, Violeta, Leopoldo Plaz y yo. Al lado, los conferencistas de la mañana y los organizadores. Las charlas giraban sobre los libros escritos, las esperanzas y desilusiones de una literatura llena de mucho que dar. La subida hacia la Casa del profesor es larga y no apta para fumadores. Al bajar, nos dispersamos entre las diferentes mesas y ponencias.
Por gestarse las Jornadas en fechas de clases, no se pudo organizar todo en un solo edificio. Las Jornadas fueron hechas para zapatos de goma y patinetas: fue mucho lo que había que caminar. Con el mejor espíritu, la mayoría de los asistentes se plegó a ello, y así abordó, cual hijos de Gina Saraceni, magna maratonista, cada camino hacia los diferentes edificios. Hubo problemas logísticos: orden de lecturas, coincidencias entre mesas a moderar y mesas en donde leer (mi caso), pero nada grave que llevara a una hecatombre. Las Jornadas marcharon. Ese día, se leyó sobre Lydda Franco Farías, sobre Ednodio Quintero, Miguel Gomes, Balza, Rock y literatura, Lucas García, el delincuente, la cultura popular, la literatura y las nuevas tecnologías. Inteligentemente, los organizadores colocaron las mesas sobre los temas más modernos el primer día. Ya eso nos daba una clave de qué podíamos esperar, en cuanto a apertura, de ellos. No pude asistir a las otras mesas, pues debía leer en una. Al llegar, estábamos un poco perdidos. Andrés Pérez Sepúlveda llegó para moderarla y avanzamos a la Sala en el piso 1 de EGE. Dayana Frayle nos habló del viaje simbólico, de la navegación, del autor desterrado de su pedestal en la red electrónica. "Literatura 2.0 en ela era electrónica", de Alejandro Pichitelli, fue un gran dato biográfico que anotamos. Ana María Velazquez nos habló del despojamiento de una máscara para asumir otra en el viajero, escritor de un yo ficcional en el doble espacio de una memoria y nos recordó que el viaje de la modernidad no lleva a ninguna parte: es el alma quien viaja, incluso en la red. Luego, leí mi ponencia, sobre los blogs literarios venezolanos. La presencia de Raquel Rivas en el público, ayudó a tener un buen intercambio alrededor de las ponencias leídas, aunado a un polémico, pero rico debate, entre Pérez Sepúlveda y José Sanchez Lecuna.
Salimos contentos hacia el auditorio principal, a tomar café y comer galletas. En él, se presentaba la antología del cuento venezolano, "La vasta brevedad", editada por Alfaguara. Conversamos con Willy Mc Key, Juan Cristóbal Castro, José Manuel Guilarte y muchos más. Intercambiamos opiniones y juicios sobre las diversas mesas, y de ahí fuimos hacia el Paraninfo. La mesa alrededor de Carmen Vincenti y Judith Gerendas no fue muy llena. ¿desinterés por la literatura femenina?, ¿falta de educación de quienes estábamos presentes?, ¿por qué no fue Michelle Ascencio, quien aparecía en la programación del día en esa mesa plenaria?, ¿Y Victoria de Stefano y Ana Teresa Torres, las grandes ausentes de todas las Jornadas?
Al terminar ellas, vino la mesa de los narradores. Tampoco estuvo muy llena. Se acumularon los horarios, se montaron unos sobre otros, habían retrasos. Pasadas las 6 de la tarde, ya muchos se retiraron, pues el servicio de autobuses tiene un horario tempranero. De todas maneras, el texto leído por Rubi Guerra (una joya), y las palabras de Lucas García, Héctor Torres y Rodrigo Blanco valieron la pena arriesgarnos a no poder bajar a Caracas y pernoctar en el frío paralizante de Sartenejas. Al final, sorteamos el inconveniente, gracias a Carmen Victoria, quien se ofreció, junto con Gina Saraceni, Eleonora y otros, a bajar a los presentes. Al hacerlo, me di cuenta que el último evento fue un gran homenaje a Rubi Guerra, quizás la figura de quien más esperamos en esta década por comenzar.
Crucé la calle de los ingleses, colindando con la Biblioteca, hacia el Rectorado. Ya Gisela Kozak me había confirmado que era ahí la primera Conferencia Plenaria, en donde ella leería. La vista del paisaje me alegró, y ya en la entrada, saludaba a mucha gente. El aire respiraba emoción, expectativa. Saludé a Vicente Lecuna, quien me presentó a Miguel Gomes y abracé a Juan Carlos Méndez Guedez, con quien me comunico abundamentemente por el Facebook. Miguel, buen scholar, llevaba traje y corbata. Juan Carlos, mucho más informal. Vicente, ni se diga. Tres formas de pensar, escribir y abordar la literatura intercambiaban comentarios jocosos. Ojalá fuera así el ambiente de toda esta Jornada: tolerancia, respeto, búsqueda de conocimiento y difusión del mismo. A los minutos, llegó Gisela, engalanada con una hermosa falda, linda. Más abrazos. Cigarrillos, ganas de café, adrenalina en los ojos de los organizadores, en especial de Carmen Victoria Vivas. Nos encomiaron a entrar al Paraninfo. Todo iba a comenzar.
La conferencia plenaria la dictarían Luis Miguel Isava, Gisela Kozak, Miguel Gomes, y Carlos Sandoval. En ella se vivieron momentos dulces y feroces. Luis Miguel dictó una cátedra sobre poesía. Desde hace mucho tiempo dejó de ser un crítico y pasó a ser un filósofo del lenguaje. Gisela cambió el ambiente y polemizó, señalando nombres, carencias, fisuras, logros, aciertos de la literatura venezolana y sus protagonistas, desde las gestiones culturales de los noventas hasta el día de hoy. Rió y repartió carcajadas y silencios entre el público. Ya la candela estaba iniciada. Las conferencias de Miguel Gomes y Carlos Sandoval continuaron el hilo de Gisela. Gomes, quien nos tiene acostumbrados a la rigurosidad académica más alta, centró su conferencia alrededor de las alegorías nacionales, haciendo una profunda crítica. Sandoval, criticó la ausencia del teatro y del ensayo en las discusiones de las Jornadas, así como en la mesa en donde se encontraba en ese momento. Habló de 17 antologías de cuentos en menos de 10 años en el país; de la industria editorial, de los triunfos de algunos y los fracasos de otros. Luego, el ciclo de preguntas fue pequeño; además, había que almorzar.
Subí, junto con muchos más, a la Casa del Profesor, para acompañar a Violeta Rojo y Miguel Gomes, con quien pude conversar bastante en el camino. Almorzamos en una misma mesa Laura Febres, Violeta, Leopoldo Plaz y yo. Al lado, los conferencistas de la mañana y los organizadores. Las charlas giraban sobre los libros escritos, las esperanzas y desilusiones de una literatura llena de mucho que dar. La subida hacia la Casa del profesor es larga y no apta para fumadores. Al bajar, nos dispersamos entre las diferentes mesas y ponencias.
Por gestarse las Jornadas en fechas de clases, no se pudo organizar todo en un solo edificio. Las Jornadas fueron hechas para zapatos de goma y patinetas: fue mucho lo que había que caminar. Con el mejor espíritu, la mayoría de los asistentes se plegó a ello, y así abordó, cual hijos de Gina Saraceni, magna maratonista, cada camino hacia los diferentes edificios. Hubo problemas logísticos: orden de lecturas, coincidencias entre mesas a moderar y mesas en donde leer (mi caso), pero nada grave que llevara a una hecatombre. Las Jornadas marcharon. Ese día, se leyó sobre Lydda Franco Farías, sobre Ednodio Quintero, Miguel Gomes, Balza, Rock y literatura, Lucas García, el delincuente, la cultura popular, la literatura y las nuevas tecnologías. Inteligentemente, los organizadores colocaron las mesas sobre los temas más modernos el primer día. Ya eso nos daba una clave de qué podíamos esperar, en cuanto a apertura, de ellos. No pude asistir a las otras mesas, pues debía leer en una. Al llegar, estábamos un poco perdidos. Andrés Pérez Sepúlveda llegó para moderarla y avanzamos a la Sala en el piso 1 de EGE. Dayana Frayle nos habló del viaje simbólico, de la navegación, del autor desterrado de su pedestal en la red electrónica. "Literatura 2.0 en ela era electrónica", de Alejandro Pichitelli, fue un gran dato biográfico que anotamos. Ana María Velazquez nos habló del despojamiento de una máscara para asumir otra en el viajero, escritor de un yo ficcional en el doble espacio de una memoria y nos recordó que el viaje de la modernidad no lleva a ninguna parte: es el alma quien viaja, incluso en la red. Luego, leí mi ponencia, sobre los blogs literarios venezolanos. La presencia de Raquel Rivas en el público, ayudó a tener un buen intercambio alrededor de las ponencias leídas, aunado a un polémico, pero rico debate, entre Pérez Sepúlveda y José Sanchez Lecuna.
Salimos contentos hacia el auditorio principal, a tomar café y comer galletas. En él, se presentaba la antología del cuento venezolano, "La vasta brevedad", editada por Alfaguara. Conversamos con Willy Mc Key, Juan Cristóbal Castro, José Manuel Guilarte y muchos más. Intercambiamos opiniones y juicios sobre las diversas mesas, y de ahí fuimos hacia el Paraninfo. La mesa alrededor de Carmen Vincenti y Judith Gerendas no fue muy llena. ¿desinterés por la literatura femenina?, ¿falta de educación de quienes estábamos presentes?, ¿por qué no fue Michelle Ascencio, quien aparecía en la programación del día en esa mesa plenaria?, ¿Y Victoria de Stefano y Ana Teresa Torres, las grandes ausentes de todas las Jornadas?
Al terminar ellas, vino la mesa de los narradores. Tampoco estuvo muy llena. Se acumularon los horarios, se montaron unos sobre otros, habían retrasos. Pasadas las 6 de la tarde, ya muchos se retiraron, pues el servicio de autobuses tiene un horario tempranero. De todas maneras, el texto leído por Rubi Guerra (una joya), y las palabras de Lucas García, Héctor Torres y Rodrigo Blanco valieron la pena arriesgarnos a no poder bajar a Caracas y pernoctar en el frío paralizante de Sartenejas. Al final, sorteamos el inconveniente, gracias a Carmen Victoria, quien se ofreció, junto con Gina Saraceni, Eleonora y otros, a bajar a los presentes. Al hacerlo, me di cuenta que el último evento fue un gran homenaje a Rubi Guerra, quizás la figura de quien más esperamos en esta década por comenzar.
Breve manual para los bautizos de libros
- Como todo buen evento social venezolano, llegar puntual es una raya. Otórguese un tiempo prudencial de media hora después del tiempo marcado en la invitación para que no quedar como friebrúo o atorado (a menos que sea familiar directo o amigo muy cercano).
- Si va a un bautizo, por lo menos compre el libro. Sabe, al autor le interesa esencialmente eso, además de compartir con los demás.
- El compartir con los demás en un bautizo de libro, por parte del autor, es agotador. Debe firmar y firmar libros, sonreír ante las cámaras, ser amable. A veces se acuerdan de él y le llevan un vinito, pero en la mayoría de los casos, eso no sucede. A partir de lo anterior, se le exhorta a no joderlo mucho, pues tiene tanto estrés como el de unos novios el día de su boda.
- No abuse de su ignorancia con el vino. Primero, a menos que exista un sistema de aire acondicionado acorde, o se encuentre en el Ávila, Galipán o más arriba, beber vino tinto como si fuera cerveza es una soberana salvajada y un atentado contra su salud. Segundo, parecerá un cochino resoplando de sudor. Tercero, apele mejor al vino blanco, siempre y cuando esté frío, pues menos personas lo beben y eso asegura que no se quedará con las ganas de una copita más. Cuarto, en nuestros eventos no se beben vinos franceses ni del Vénetto, por ejemplo, así que su sabiduría vinícola es mejor reservársela para no pasar el ridículo con aquellos que sí saben.
- Debe existir un propedéutico para el presentador de libros. Primero, debe recordar que usted no es el protagonista, es el autor. Segundo, no debe, bajo ningún caso o sapiencia asumida, contar de qué trata el libro y menos, cuento por cuento, o poema por poema. Tercero, sea breve. La mayoría de las personas tienen calor, no están sentados, están rodeados por muchas personas sudando en el espacio y su resistencia en cuanto a atención y aguante físico, es baja. Sea piadoso: no se pase de 10 minutos, que ya es bastante.
- Si tiene hambre, eso no lo autoriza a asaltar al mesonero del evento. Coma antes, así sea un Cocosette. No sea tan muerto de hambre.
- Tómese fotos, pero no atropelle a cuando escritor reconocido abunde. Ellos también quieren disfrutar el evento.
- Si lleva niños, tenga en cuenta que, al menos que sea un libro infantil, ese no es el público de la criatura. Por favor, no lo torture entre las nubes de cigarrillo, los gritos de la gente, los espacios cerrados.Eso sí, pida respeto para el espacio del niñ@, que no sea atosigado por todos los curiosos que quieren agarrarle los cachetes con los dedos grasientos de tequeños.
- Disfrute el evento: para eso fue.
- Si es un arrocero, por lo menos muestre educación y elegancia. Si se va a robar el libro, léalo y coméntelo.
- Nunca vaya a un bautizo a menos que realmente le interese. Eso se ve en la cara.
- Si debe retirarse antes de que termine y no quiere continuar luego en una tasca la celebración, retírese en silencio y sin despedirse. Si lo hace, no podrá huir jamás.
- Nunca, pero nunca, celebre a un autor si no lo ha leído. Y menos al que bautiza libro en ese momento. No sea descarado.
- Si sabe que no disfrutará el evento, simplemente no asista. Gracias
- Si va a un bautizo, por lo menos compre el libro. Sabe, al autor le interesa esencialmente eso, además de compartir con los demás.
- El compartir con los demás en un bautizo de libro, por parte del autor, es agotador. Debe firmar y firmar libros, sonreír ante las cámaras, ser amable. A veces se acuerdan de él y le llevan un vinito, pero en la mayoría de los casos, eso no sucede. A partir de lo anterior, se le exhorta a no joderlo mucho, pues tiene tanto estrés como el de unos novios el día de su boda.
- No abuse de su ignorancia con el vino. Primero, a menos que exista un sistema de aire acondicionado acorde, o se encuentre en el Ávila, Galipán o más arriba, beber vino tinto como si fuera cerveza es una soberana salvajada y un atentado contra su salud. Segundo, parecerá un cochino resoplando de sudor. Tercero, apele mejor al vino blanco, siempre y cuando esté frío, pues menos personas lo beben y eso asegura que no se quedará con las ganas de una copita más. Cuarto, en nuestros eventos no se beben vinos franceses ni del Vénetto, por ejemplo, así que su sabiduría vinícola es mejor reservársela para no pasar el ridículo con aquellos que sí saben.
- Debe existir un propedéutico para el presentador de libros. Primero, debe recordar que usted no es el protagonista, es el autor. Segundo, no debe, bajo ningún caso o sapiencia asumida, contar de qué trata el libro y menos, cuento por cuento, o poema por poema. Tercero, sea breve. La mayoría de las personas tienen calor, no están sentados, están rodeados por muchas personas sudando en el espacio y su resistencia en cuanto a atención y aguante físico, es baja. Sea piadoso: no se pase de 10 minutos, que ya es bastante.
- Si tiene hambre, eso no lo autoriza a asaltar al mesonero del evento. Coma antes, así sea un Cocosette. No sea tan muerto de hambre.
- Tómese fotos, pero no atropelle a cuando escritor reconocido abunde. Ellos también quieren disfrutar el evento.
- Si lleva niños, tenga en cuenta que, al menos que sea un libro infantil, ese no es el público de la criatura. Por favor, no lo torture entre las nubes de cigarrillo, los gritos de la gente, los espacios cerrados.Eso sí, pida respeto para el espacio del niñ@, que no sea atosigado por todos los curiosos que quieren agarrarle los cachetes con los dedos grasientos de tequeños.
- Disfrute el evento: para eso fue.
- Si es un arrocero, por lo menos muestre educación y elegancia. Si se va a robar el libro, léalo y coméntelo.
- Nunca vaya a un bautizo a menos que realmente le interese. Eso se ve en la cara.
- Si debe retirarse antes de que termine y no quiere continuar luego en una tasca la celebración, retírese en silencio y sin despedirse. Si lo hace, no podrá huir jamás.
- Nunca, pero nunca, celebre a un autor si no lo ha leído. Y menos al que bautiza libro en ese momento. No sea descarado.
- Si sabe que no disfrutará el evento, simplemente no asista. Gracias
viernes, 25 de marzo de 2011
Sobre "Libro del aire", de Pausides González (con Notas del Facebook)
La colección Papiros de poesía es mi favorita de la editorial Equinoccio. Nombres como los de Natasha Tiniacos, Rafael Castillo Zapata, Luis Moreno Villamediana laten en ella y arrojan sus luces y sus sombras. Nombres como los de Camila Ríos Armas o Adalber Salas también abren caminos a las nuevas voces y dan su golpe de campana. El trabajo realizado por Gina Saraceni como directora de esta colección es encomiable y admirable. En un mundo editorial en donde la narrativa ha tomado el baluarte principal, por razones de mercado, de cantidad y, como no decirlo, de calidad, la poesía venezolana ha estado supeditada al exilio de la privacidad, del silencio. No me engaño, no creo que la poesía extrañe realmente ser el epicentro de la industria de los "agotados" venezolanos, esos que alcanzan 10 mil ejemplares vendidos y son considerados best sellers, pero la capacidad de ser dejada de lado por los grandes grupos editoriales es sorprendente. Fuera de la colección de Lumen que ha editado a Sánchez Peláez o José Ramón Medina (no menciono a Visor o Pre-textos), las editoriales con presencia en el país no consideran a la poesía "vendible". El eterno argumento de que la poesía no vende ha sido remachado tanto que no dejamos de considerarlo cierto hoy en día. Es una lástima.
Dentro de la hermosa colección de Equinoccio, llama la atención la presencia en tierras norteamericanas de muchos de estos poetas, bien sea por una temporada o en una permanencia mayor. La poesía se llena de esa presencia de tierras del norte en "Providence", de Castillo Zapata, o en "Eme sin tilde", de Moreno Villamediana. En "Libro del aire", podemos encontrarlo también. El paisaje de Robert Frost y de Vladimir Nabokov surgiendo por todas partes, sirviendo de recipiente de sus versos.He leído varias veces el conjunto de poemas de González, y como librero, profesor universitario y devoto de la poesía no encuentro otra manera de abordarlo que el "no saber". Las notas de Fray Luis, de Keats, de Becquer, de Perse, Strand, Heaney, me van dando claves para seguir su lectura. Pensando en Borges, construyo las influencias que creo encontrar, sabiendo de antemano que probablemente esté equivocado. Pero me dan marcas de camino, visos, señales. Inserto en una tradición occidental, no oriental, González se acerca a la soledad dentro del paisaje y a la revelación, al "awareness" del que nos ha hablado Cadenas para compartir, café en mano, sus meditaciones de urbanización periférica americana:
Ya es natural en esta época
que todo se desprenda allá afuera.
Cada movimiento de las ramas
trae hasta la ventana
un revuelo en el fulgor
que es familiar a la mirada:
La poesía del "Libro del aire" está privada de lo urbano, de la ciudad. Su elemento de polis es mayor: la presencia del parque, de la naturaleza en los espacios de esa ciudad. Nos habla de aquello que la ciudad ha olvidado, y que como ciudadanos asumimos como lugar de paso y nunca de reposo. Quizás ese golpe de epifanía callada, limpia, de mañana fría con sol que aparece y enternece las calles, es lo que encuentro en la poesía de González.
La huella de Montejo, la claridad, lentitud, el respirar pausado, y esa característica tan cara para el poesta mayor, el laconismo, saltan a los ojos a cada letra. Una huella que podemos encontrar en poetas contemporáneos de González como Luis Enrique Belmonte o Carmelo Chillida.Nos dice el poeta, en "Vástago":
En un solo vástago
puede caber todo el aire.
Cuando sea una rama adulta
tratará de vaciarse por completo.
Le soltará al silencio
sus tramojos
hasta dejarse caer
hoja a hoja.
Una vez en tierra
se podrán oír todas las mañanas.
Dentro del catálogo de Equinoccio, siento que este libro ha sido olvidado, no ha sido leído como debería.
Los invito a hacerlo. No se arrepentirán.
Me gustaYa no me gusta · · Compartir · Eliminar
*
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A La Rana Encantada, Carmen Victoria Vivas Lacour, Claudia Cavallin y otras 5 personas más les gusta esto.
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o
José Manuel Guilarte "Dentro del catálogo de Equinoccio, siento que este libro ha sido olvidado, no ha sido leído como debería." Quizás la fauna libresca de Caracas siente que lo poco urbano no es cool.
28 de junio de 2010 a las 10:29 · Me gustaYa no me gusta
o
Ricardo Ramírez Requena más que lo poco urbano, siento que hay representaciones de lo urbano que están prevaleciendo: el malandro, la violencia, etc
28 de junio de 2010 a las 10:32 · Me gustaYa no me gusta
o
José Manuel Guilarte Lo cual no es malo en sí mismo, sino la ausencia de lo precisamente poético: en el caso de Pausides, la capacidad de "pintar" lienzos de las hojas danzantes o de los restos de café en una taza rústica, donde se percibe el legado de un Wallace Stevens o un Robert Powell, es uno de los rasgos más sobresalientes del "Libro del aire". Excelente nota, Rick.
28 de junio de 2010 a las 10:42 · Me gustaYa no me gusta
o
Ricardo Ramírez Requena si, tienes razón, pienso que eso puede ser.Gracias mi pana
28 de junio de 2010 a las 10:47 · Me gustaYa no me gusta
o
Olivia Villoria Quijada Disculpen la intromisión pero quisiera verificar lo que les entendí. ¿Podría decirse que *la fauna libresca (...) siente que lo poco urbano no es cool*, no tanto por las *representaciones de lo urbano que están prevaleciendo* sino por la *ausencia de lo precisamente poético*, esto es, no tanto por lo que dicen los textos sino por la manera en que lo dicen?
28 de junio de 2010 a las 13:09 · Me gustaYa no me gusta
o
José Manuel Guilarte
Mi referencia a lo "poco urbano" es esencialmente literal: el contexto del libro es el paisaje bucólico de una universidad estadounidense donde el autor hizo su pasantía sabática. "Poco urbano" en cuanto a las pretensiones de la "fauna libr ...esca" pero igualmente citadino en tanto parque, ciudad aledaña, como resaltó Ricardo. En todo caso, tenemos poetas como el mismo Belmonte o Juan Calzadilla que han sabido nombrar "poéticamente" las lacras urbanas. Pausides, como dije antes, me parece un gran "pintor" de escenas campestres, y lo hace con pausa y elegancia, acorde con el aura de los bosques y sus espacios.Ver más
28 de junio de 2010 a las 13:49 · Me gustaYa no me gusta
o
Kira Kariakin Muy buena esta nota Ricardo y ciertamente Equinoccio tiene tesoros y está haciendo una labor encomiable para nuestra poesía.
28 de junio de 2010 a las 14:20 · Me gustaYa no me gusta
o
Carmen Victoria Vivas Lacour Estupenda nota. Me alegra mucho que recuerdes el trabajo que hizo Gina en esa colección y que compartas una lectura que despierta interés en los poemas de Pausides.
Hay que rebelarse ante esos olvidos. Mil gracias por ello,
28 de junio de 2010 a las 21:47 · Me gustaYa no me gusta
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Dentro de la hermosa colección de Equinoccio, llama la atención la presencia en tierras norteamericanas de muchos de estos poetas, bien sea por una temporada o en una permanencia mayor. La poesía se llena de esa presencia de tierras del norte en "Providence", de Castillo Zapata, o en "Eme sin tilde", de Moreno Villamediana. En "Libro del aire", podemos encontrarlo también. El paisaje de Robert Frost y de Vladimir Nabokov surgiendo por todas partes, sirviendo de recipiente de sus versos.He leído varias veces el conjunto de poemas de González, y como librero, profesor universitario y devoto de la poesía no encuentro otra manera de abordarlo que el "no saber". Las notas de Fray Luis, de Keats, de Becquer, de Perse, Strand, Heaney, me van dando claves para seguir su lectura. Pensando en Borges, construyo las influencias que creo encontrar, sabiendo de antemano que probablemente esté equivocado. Pero me dan marcas de camino, visos, señales. Inserto en una tradición occidental, no oriental, González se acerca a la soledad dentro del paisaje y a la revelación, al "awareness" del que nos ha hablado Cadenas para compartir, café en mano, sus meditaciones de urbanización periférica americana:
Ya es natural en esta época
que todo se desprenda allá afuera.
Cada movimiento de las ramas
trae hasta la ventana
un revuelo en el fulgor
que es familiar a la mirada:
La poesía del "Libro del aire" está privada de lo urbano, de la ciudad. Su elemento de polis es mayor: la presencia del parque, de la naturaleza en los espacios de esa ciudad. Nos habla de aquello que la ciudad ha olvidado, y que como ciudadanos asumimos como lugar de paso y nunca de reposo. Quizás ese golpe de epifanía callada, limpia, de mañana fría con sol que aparece y enternece las calles, es lo que encuentro en la poesía de González.
La huella de Montejo, la claridad, lentitud, el respirar pausado, y esa característica tan cara para el poesta mayor, el laconismo, saltan a los ojos a cada letra. Una huella que podemos encontrar en poetas contemporáneos de González como Luis Enrique Belmonte o Carmelo Chillida.Nos dice el poeta, en "Vástago":
En un solo vástago
puede caber todo el aire.
Cuando sea una rama adulta
tratará de vaciarse por completo.
Le soltará al silencio
sus tramojos
hasta dejarse caer
hoja a hoja.
Una vez en tierra
se podrán oír todas las mañanas.
Dentro del catálogo de Equinoccio, siento que este libro ha sido olvidado, no ha sido leído como debería.
Los invito a hacerlo. No se arrepentirán.
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A La Rana Encantada, Carmen Victoria Vivas Lacour, Claudia Cavallin y otras 5 personas más les gusta esto.
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José Manuel Guilarte "Dentro del catálogo de Equinoccio, siento que este libro ha sido olvidado, no ha sido leído como debería." Quizás la fauna libresca de Caracas siente que lo poco urbano no es cool.
28 de junio de 2010 a las 10:29 · Me gustaYa no me gusta
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Ricardo Ramírez Requena más que lo poco urbano, siento que hay representaciones de lo urbano que están prevaleciendo: el malandro, la violencia, etc
28 de junio de 2010 a las 10:32 · Me gustaYa no me gusta
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José Manuel Guilarte Lo cual no es malo en sí mismo, sino la ausencia de lo precisamente poético: en el caso de Pausides, la capacidad de "pintar" lienzos de las hojas danzantes o de los restos de café en una taza rústica, donde se percibe el legado de un Wallace Stevens o un Robert Powell, es uno de los rasgos más sobresalientes del "Libro del aire". Excelente nota, Rick.
28 de junio de 2010 a las 10:42 · Me gustaYa no me gusta
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Ricardo Ramírez Requena si, tienes razón, pienso que eso puede ser.Gracias mi pana
28 de junio de 2010 a las 10:47 · Me gustaYa no me gusta
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Olivia Villoria Quijada Disculpen la intromisión pero quisiera verificar lo que les entendí. ¿Podría decirse que *la fauna libresca (...) siente que lo poco urbano no es cool*, no tanto por las *representaciones de lo urbano que están prevaleciendo* sino por la *ausencia de lo precisamente poético*, esto es, no tanto por lo que dicen los textos sino por la manera en que lo dicen?
28 de junio de 2010 a las 13:09 · Me gustaYa no me gusta
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José Manuel Guilarte
Mi referencia a lo "poco urbano" es esencialmente literal: el contexto del libro es el paisaje bucólico de una universidad estadounidense donde el autor hizo su pasantía sabática. "Poco urbano" en cuanto a las pretensiones de la "fauna libr ...esca" pero igualmente citadino en tanto parque, ciudad aledaña, como resaltó Ricardo. En todo caso, tenemos poetas como el mismo Belmonte o Juan Calzadilla que han sabido nombrar "poéticamente" las lacras urbanas. Pausides, como dije antes, me parece un gran "pintor" de escenas campestres, y lo hace con pausa y elegancia, acorde con el aura de los bosques y sus espacios.Ver más
28 de junio de 2010 a las 13:49 · Me gustaYa no me gusta
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Kira Kariakin Muy buena esta nota Ricardo y ciertamente Equinoccio tiene tesoros y está haciendo una labor encomiable para nuestra poesía.
28 de junio de 2010 a las 14:20 · Me gustaYa no me gusta
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Carmen Victoria Vivas Lacour Estupenda nota. Me alegra mucho que recuerdes el trabajo que hizo Gina en esa colección y que compartas una lectura que despierta interés en los poemas de Pausides.
Hay que rebelarse ante esos olvidos. Mil gracias por ello,
28 de junio de 2010 a las 21:47 · Me gustaYa no me gusta
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martes, 1 de marzo de 2011
Cantos de gallo en mi ciudad (Conferencia en el Celaup), 2010
Cuando salgo de mi casa cada mañana, tengo un privilegio de siglos. Del lado derecho, en la esquina queda la Sinagoga de Maripérez; más allá, la Mezquita. En la calle por donde bajo a la avenida y más allá, hay tres iglesias evangélicas (dentro de ellas cuento a la sede del PSUV) y al fondo, como paisaje para después del café, la iglesia de San Pedro. Vivo entre la Av. Libertador y Colón en el Golfo Triste. A la derecha hay un edificio en construcción. Antes, estaba ahí la Cigarrera Bigott; las casas que se construyeron alrededor eran para los trabajadores de la empresa. Casas de bonitos frentes, con zaguanes que mantiene la gente en la noche, cuando salen a tomar el fresco, pasear a los perros y a jugar Bagamon. Por donde vivo se escuchan gallos cantar de madrugada anunciando el alba, el pasado no deja de estar vivo, hay abastos de pueblo, una licorería pequeña en la esquina y hay casi un olor a campo, con el Ávila tan cerca de donde estamos. Luego de bajar la calle, el mundo cambia radicalmente. Nos encontramos de golpe y porrazo con el Abra Solar, de Alejandro Otero. Lo acompaña Fisicromías de Cruz Diez y la Fuente, y el edificio de la Polar. Damos de golpe con la modernidad y recordamos que el teleférico está cerca, con el Humboldt, magna obra de Sanabria coronándolo. Recordamos que el edificio del Seniat, ese por el que quitaron la bomba de la esquina, era la Torre Capriles. Que el reloj de la Previsora ya no da la hora, y que la entrada de la UCV, símbolo sinequanon de una Caracas soñada, no es transitable a pie a partir de las 6 y media de la tarde, pues roban más que en el Bosque de Sherwood. Los 10 minutos desde la sala de profesores de la Escuela de Letras hasta a mi casa a pie, se convierten en 35 que incluyen una transferencia en el Metro. Vengo desde lo antiguo y lleno de pasado, plenamente vivo, hasta lo moderno que se diluye cada año en una postal que nos llena de nostalgia. Algo se quebró en la modernidad caraqueña, algo más allá de la tradición de la demolición de la que hablaba Cabrujas.
Caracas se despide cada 20 años. Desde Arístides Rojas, hay alguien que se despide de la ciudad. Lo hacen Lucas Manzano, Aquiles Nazoa, Carlos Eduardo Misle (el célebre Caremis), Enrique Bernardo Núñez, Alfredo Cortina, Marissa Vannini, entre tantos. Como Troya, nuestra ciudad es varias ciudades superpuestas, a las que les cuenta reconocerse entre sí. Figuras de generaciones diferentes como Mariano Picón Salas y Salvador Garmendia se lamentaban, en sendos artículos de 1965, de cómo la ciudad ya había fracasado. Garmendia ponía su fe en el proyecto del Boulevard de Sabana Grande, para salvar el alma de la ciudad. El Boulevard vino, se fue, y ahora intenta revivirlo, para todo menos la bohemia, lamentablemente. Y después de este último proyecto de hacer amable a la ciudad, ¿qué nos queda? La zona de la los Museos, hoy también perdida.
Siento que para entender el hecho urbano en nuestra literatura, hay que pensar en la ciudad como un espacio privilegiado para la melancolía. Desde los lamentos adolescentes de María Eugenia Alonso, el hastío de José Antonio Ramos Sucre, el ánimo fantasmal de Julio Garmendia en sus hoteles en el centro, hasta la generación de los sesenta la ciudad es un lugar que se lamenta, que se celebra poco: es el lugar en donde realmente no quieres estar (mejor París, Ginebra, Génova); es el espacio para el cambio por medio de la Revolución, en donde los signos que identifican a la ciudad no concuerdan con los sueños de quienes la escriben. Tenemos que esperar la llegada de los 80´s para ver un reconocimiento en ese entramado urbano de la ciudad más allá de lo crítico o del espacio del lamento. Los tiempos posteriores son más enfáticos en lo urbano, por razones generacionales pienso yo: el grueso de los escritores que cuentan y cantan a la ciudad, son nacidos en ella y su cultura abraza confiadamente lo pop, la televisión, los implementos tecnológicos. Las generaciones anteriores no: González León, Garmendia y un largo etcétera. No reniego de los enamoramientos de los autores de la provincia en la capital (yo soy uno de ellos), pero su visión nace del entramando latinoamericano de superpoblar la capital del país; significa una llegada y un reconocimiento mestizo, en donde colindan el espacio dejado atrás y el por encontrar. Después de los 80s, la ciudad se puede enunciar de la siguiente manera: somos también la ciudad, somos también su enfermedad, su mugre, su sangre, su piel.
Más allá de esto, Caracas es una ciudad en donde la urbe, lo hecho por el hombre se complica. No habitamos una ciudad, habitamos un Valle. El reconocimiento en cuanto a belleza, nostalgia, valor de la ciudad se encuentra en la naturaleza: los árboles, los parques, el Ávila. La ciudad, lo urbano, no parece formar parte de nuestro paisaje. No lo reconocemos. En el gran Teatro del Mundo caraqueño, el día nos supedita a regiones conocidas de Caracas; no solemos aventurarnos más allá de un cuadro delimitado: del Prados del Este a Plaza Venezuela; de Caricuao a La Hoyada; de San Antonio al centro; de la Guaira a Chacao. Le tememos al río además, ese dios marrón que nos divide y nos marca los tiempos. Caracas de día es una representación, y de noche una representación dentro de la representación. No vemos la ciudad porque no tiene calles, ni aceras: tiene autopistas. No contemplamos porque manejamos un carro. No hay espacio para el deleite del ojo, más allá de lo momentáneo de una larga cola, cualquiera de las burocráticas o las que el aguacero nos avale y permita.
Siento que lo urbano en nuestra literatura se plasma cómodamente en la noche, en el tedio, y en la visión del otro (del que se fue y extraña; del que llega y es aceptado) como ente extraño que paradójicamente, es nuestro doble, y que el mayor temor del ciudadano literario (espacio en donde de alguna manera se puede ejercer la justicia poética por medio de la ciudadanía, elemento casi inexistente en el plano de la realidad) es la de ser visto como no eres. Buscamos en los espacios de la noche, de lo extranjero y de lo bucólico moderno (la playa, el litoral que va desde Adícora hasta Carúpano, Margarita, los Roques, el mar en sí) un lugar donde respirar. En un contexto cultural en donde adolecemos de la presencia simbólica, o real, o incluso arquetipal de lo masculino, nuestro imaginario se traslada a los espacios en donde compensarlo: la noche de Hades y Dionisos, el Mar de Poseidón, el extranjero de las leyes de Zeus.
El mar como representación de la naturaleza lo encontramos en Adriana Villanueva, Salvador Fleján, en lo acuático de Pedro Enrique Rodríguez, en Gabriel Payares, en Oscar Marcano y más allá en Francisco Suniaga y Federico Vegas (Margarita como espacio mítico para el caraqueño y el viaje en barco en Falke); aunque no son muchos los que se han aventurado, siento que hay un camino que se empieza a trazar. El Ávila, fálico, es sin embargo dominio de Artemisa, diosa hembra y virgen, sigue siendo el espacio favorito del caraqueño, incluso en la tragedia (Rodrigo Blanco).
El otro es el tema, espacio y lugar que ahora más frecuentamos, en la condición de extranjero: el mismo Centeno citado anteriormente, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Miguel Gomes, Antonio López Ortega (pero en diversos registros de lo nacional), Ana Teresa Torres, Gisela Kozak, Keila Vall de la Ville, Enza García Arreaza.
El confrontar a la modernidad perdida hace cuarenta años y retomarla en imágenes, analogías y símbolos acordes con el siglo XXI, es el camino que veo en la narrativa venezolana. Somos urbanos, sí, pero urbanos con cantos de gallo, con una percepción de la soledad que solo el entramado urbano consigna, con una identidad creada en la página que busca representarnos fidedignamente, con cierta preeminencia de la nostalgia de un país que se perdió quizás para siempre y de un cambio significativo en la sensibilidad. ¿Cambia nuestra identidad o cambia nuestra máscara? Si es la identidad, apenas se sigue conformando; si es la máscara, siento que detrás de esa máscara no hay nada, apenas otra máscara. Pero en esa máscara ya hacemos casa y plenamente, como habitantes de esta ciudad, que cambia cada 20 años, que está llena de campo, pasado y velocidad a la vez; en donde nos reconocemos. Somos melancólicamente la ciudad y su fracaso moderno, ciudad Hamletiana que ante la incapacidad de actuar, de dejar libre el Eros que construye ciudades, se resigna en su herencia de demolición, y la cuenta.
Caracas se despide cada 20 años. Desde Arístides Rojas, hay alguien que se despide de la ciudad. Lo hacen Lucas Manzano, Aquiles Nazoa, Carlos Eduardo Misle (el célebre Caremis), Enrique Bernardo Núñez, Alfredo Cortina, Marissa Vannini, entre tantos. Como Troya, nuestra ciudad es varias ciudades superpuestas, a las que les cuenta reconocerse entre sí. Figuras de generaciones diferentes como Mariano Picón Salas y Salvador Garmendia se lamentaban, en sendos artículos de 1965, de cómo la ciudad ya había fracasado. Garmendia ponía su fe en el proyecto del Boulevard de Sabana Grande, para salvar el alma de la ciudad. El Boulevard vino, se fue, y ahora intenta revivirlo, para todo menos la bohemia, lamentablemente. Y después de este último proyecto de hacer amable a la ciudad, ¿qué nos queda? La zona de la los Museos, hoy también perdida.
Siento que para entender el hecho urbano en nuestra literatura, hay que pensar en la ciudad como un espacio privilegiado para la melancolía. Desde los lamentos adolescentes de María Eugenia Alonso, el hastío de José Antonio Ramos Sucre, el ánimo fantasmal de Julio Garmendia en sus hoteles en el centro, hasta la generación de los sesenta la ciudad es un lugar que se lamenta, que se celebra poco: es el lugar en donde realmente no quieres estar (mejor París, Ginebra, Génova); es el espacio para el cambio por medio de la Revolución, en donde los signos que identifican a la ciudad no concuerdan con los sueños de quienes la escriben. Tenemos que esperar la llegada de los 80´s para ver un reconocimiento en ese entramado urbano de la ciudad más allá de lo crítico o del espacio del lamento. Los tiempos posteriores son más enfáticos en lo urbano, por razones generacionales pienso yo: el grueso de los escritores que cuentan y cantan a la ciudad, son nacidos en ella y su cultura abraza confiadamente lo pop, la televisión, los implementos tecnológicos. Las generaciones anteriores no: González León, Garmendia y un largo etcétera. No reniego de los enamoramientos de los autores de la provincia en la capital (yo soy uno de ellos), pero su visión nace del entramando latinoamericano de superpoblar la capital del país; significa una llegada y un reconocimiento mestizo, en donde colindan el espacio dejado atrás y el por encontrar. Después de los 80s, la ciudad se puede enunciar de la siguiente manera: somos también la ciudad, somos también su enfermedad, su mugre, su sangre, su piel.
Más allá de esto, Caracas es una ciudad en donde la urbe, lo hecho por el hombre se complica. No habitamos una ciudad, habitamos un Valle. El reconocimiento en cuanto a belleza, nostalgia, valor de la ciudad se encuentra en la naturaleza: los árboles, los parques, el Ávila. La ciudad, lo urbano, no parece formar parte de nuestro paisaje. No lo reconocemos. En el gran Teatro del Mundo caraqueño, el día nos supedita a regiones conocidas de Caracas; no solemos aventurarnos más allá de un cuadro delimitado: del Prados del Este a Plaza Venezuela; de Caricuao a La Hoyada; de San Antonio al centro; de la Guaira a Chacao. Le tememos al río además, ese dios marrón que nos divide y nos marca los tiempos. Caracas de día es una representación, y de noche una representación dentro de la representación. No vemos la ciudad porque no tiene calles, ni aceras: tiene autopistas. No contemplamos porque manejamos un carro. No hay espacio para el deleite del ojo, más allá de lo momentáneo de una larga cola, cualquiera de las burocráticas o las que el aguacero nos avale y permita.
Siento que lo urbano en nuestra literatura se plasma cómodamente en la noche, en el tedio, y en la visión del otro (del que se fue y extraña; del que llega y es aceptado) como ente extraño que paradójicamente, es nuestro doble, y que el mayor temor del ciudadano literario (espacio en donde de alguna manera se puede ejercer la justicia poética por medio de la ciudadanía, elemento casi inexistente en el plano de la realidad) es la de ser visto como no eres. Buscamos en los espacios de la noche, de lo extranjero y de lo bucólico moderno (la playa, el litoral que va desde Adícora hasta Carúpano, Margarita, los Roques, el mar en sí) un lugar donde respirar. En un contexto cultural en donde adolecemos de la presencia simbólica, o real, o incluso arquetipal de lo masculino, nuestro imaginario se traslada a los espacios en donde compensarlo: la noche de Hades y Dionisos, el Mar de Poseidón, el extranjero de las leyes de Zeus.
El mar como representación de la naturaleza lo encontramos en Adriana Villanueva, Salvador Fleján, en lo acuático de Pedro Enrique Rodríguez, en Gabriel Payares, en Oscar Marcano y más allá en Francisco Suniaga y Federico Vegas (Margarita como espacio mítico para el caraqueño y el viaje en barco en Falke); aunque no son muchos los que se han aventurado, siento que hay un camino que se empieza a trazar. El Ávila, fálico, es sin embargo dominio de Artemisa, diosa hembra y virgen, sigue siendo el espacio favorito del caraqueño, incluso en la tragedia (Rodrigo Blanco).
El otro es el tema, espacio y lugar que ahora más frecuentamos, en la condición de extranjero: el mismo Centeno citado anteriormente, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Miguel Gomes, Antonio López Ortega (pero en diversos registros de lo nacional), Ana Teresa Torres, Gisela Kozak, Keila Vall de la Ville, Enza García Arreaza.
El confrontar a la modernidad perdida hace cuarenta años y retomarla en imágenes, analogías y símbolos acordes con el siglo XXI, es el camino que veo en la narrativa venezolana. Somos urbanos, sí, pero urbanos con cantos de gallo, con una percepción de la soledad que solo el entramado urbano consigna, con una identidad creada en la página que busca representarnos fidedignamente, con cierta preeminencia de la nostalgia de un país que se perdió quizás para siempre y de un cambio significativo en la sensibilidad. ¿Cambia nuestra identidad o cambia nuestra máscara? Si es la identidad, apenas se sigue conformando; si es la máscara, siento que detrás de esa máscara no hay nada, apenas otra máscara. Pero en esa máscara ya hacemos casa y plenamente, como habitantes de esta ciudad, que cambia cada 20 años, que está llena de campo, pasado y velocidad a la vez; en donde nos reconocemos. Somos melancólicamente la ciudad y su fracaso moderno, ciudad Hamletiana que ante la incapacidad de actuar, de dejar libre el Eros que construye ciudades, se resigna en su herencia de demolición, y la cuenta.
martes, 5 de octubre de 2010
El velorio
Tomó las balas del revólver del padre velado anoche, las retiró del tambor luego de quitar el seguro y abrirlo, como observó con cuidado día a día, tomó sus témperas y un pincel e inició con hambre sus labores.
Afuera del cuarto aún el llanto de la familia.
Recogen los socios del muerto sus pertenencias: un pasamontaña, guantes, los zapatos de correr, más revólveres.
En el cuarto la niña despliega periódico en el piso, escoge los colores marrones, ocres, y ordena las balas.
¿Qué haces hija?
Nada mami, responde salivando, sólo pinto unos frijoles.
Afuera del cuarto aún el llanto de la familia.
Recogen los socios del muerto sus pertenencias: un pasamontaña, guantes, los zapatos de correr, más revólveres.
En el cuarto la niña despliega periódico en el piso, escoge los colores marrones, ocres, y ordena las balas.
¿Qué haces hija?
Nada mami, responde salivando, sólo pinto unos frijoles.
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