SEIS.
Mi
nombre es Karla y estoy desaparecida desde el año 2024. Desaparecida para
aquellos que me conocían, no para mí misma. En este año maldito, fui
secuestrada por gente que desconozco, a la que nunca le vi el rostro ni le
escuché la voz. Fui interrogada por una máquina, y también torturada por ella.
Al principio, no hacía más que llorar y llamar a Jeremías, mi esposo. Me
vendaban los ojos a veces; otras veces simplemente el lugar donde me tenían
estaba a oscuras. Me resultaba lo mismo: yo soy ciega. Había trabajado siempre
como cantante, en un local en Santiago. Santiago. Sigo esa palabra y me lleno
de escalofríos. Una ciudad sin nombre, pues le ha sido raptado el suyo
numerosas veces, le han otorgado otros y nunca hemos sabido realmente cual es
su nombre verdadero. Me educaron llamándola Caracas; otros recientemente me han
hecho ver la realidad.
Nunca
pensé que vivía en un país que realmente no existe. No existe como no existe
Lima, ni Cuzco, ni Trujillo, ciudades en donde he vivido desde mi fuga. No
podría decir cómo llegué hasta aquí, solo que un día sentí el sol en mi piel, y
me vi caminando por montañas en estos parajes. Pregunté donde me encontraba,
pues escuchaba gente a mí alrededor, y me respondieron: en los Andes. Al
escuchar el nombre de Trujillo pensé que podía ser Venezuela. O alguna ciudad
en una isla del Caribe. Pero a los días, por el acento, los olores, los sabores
de sus comidas, las historias, supe que estaba lejos de mi país. El café sabía
muy distinto, y pude percibirlo pues mientras estuve secuestrada, nunca me
dieron café, solamente puré de papas y otras cosas. Sé que las personas que me
raptaron hablaban en inglés, y que cruzaba un puente pequeño sobre una avenida.
Pero nunca pude saber mucho más.
Aparentemente
mis raptores querían saber cosas del gobierno y de la Iglesia de Jeremías. ¿Qué
podía saber yo? Cuando lo conocí, frecuenté mucho la Iglesia con él los
domingos, incluso lo acompañaba a sus predicaciones en la Plaza Israel, hasta
que me fui impacientando: quería estar sola con él. Me volvía loca su voz, su
olor, el tacto de su cuerpo. Un día simplemente tuve el valor y le pedí que me
hiciera el amor. Me dijo que eso era imposible hasta estar casados. Entonces le
pedí que lo hiciéramos. No me importaba, lo amaba, lo consideraba el hombre de
mi vida. Podía llegar a pasar la vida entera con él. Acepto, pero con una
condición: debía dejar el canto en el Bar. Eso significaba un dolor inmenso
para mí, pero acepté. Solo le pedí que me dejara seguir viendo a Rita como
amiga. Le pareció bien, pero debía ocurrir en su presencia siempre, en nuestra
casa. Pactamos.
Nuestra
boda fue en junio del 2025, y nos casó su pastor, José y su acento brasilero.
Rita, pálida al oírlo, no quiso quedarse
mucho en el templo por malos recuerdos familiares, según dijo, y nos esperó
afuera. Fue una boda espléndida. Pasamos nuestra luna de miel en los Andes del
Norte, en Venezuela (o lo que era) y luego nos asentamos en La Candelaria. Ahí
vivíamos. Yo atendía la casa y el predicaba. Éramos felices. Pero aquel momento
tan esperado nunca sucedía. Así que un día, con la pasión desatada, cansada de
masturbarme y tocarme en la ducha, u oliendo sus camisas, lo esperé desnuda. Al
recibirlo así, quedó mudo. No hablaba. Yo me acerqué y le fui quitando la ropa:
primero la camisa y la corbata, luego los zapatos, la correa, el pantalón.
Cuando iba a bajarle su ropa interior, me detuvo. Me dijo que temía lo que
podía encontrar. Yo, entusiasmada como una tonta, pensé en un miembro
monstruoso. Pero fue algo aterrador lo que descubrí.
Me
vestí rápidamente y me apresté a irme. Me rogó que no lo hiciera, que podríamos
encontrar una solución, que nadie tendría que saber esto. Me dijo que había
médicos, también aparatos en las tiendas. No quise escucharlo; desconsolada,
corrí por las calles, hasta verme en Plaza Yavé. Ahí decidí ir a ver a Rita.
Bajaba hacia Colinas de Bello Monte, por el puente sobre el río, cuando un
vehículo se detuvo a mi lado y me empujaron adentro. Pude percatarme que no
rodamos mucho; enseguida llegamos a donde me tendrían durante mucho tiempo. Siento
que fue en uno de los primeros edificios de la Casanova, por los giros que
dieron para llegar hasta allá. El edificio de los dibujitos, le escuché
mencionar a una muchacha. Ahí me tendrían.
Ahora,
aquí en Perú, me pregunto que será de los míos: Rita, el pobre Jeremías, mi
familia. Me han dicho que hay un país llamado Welserland, que hay otro llamado
Abreu y Lima, que las aguas cubrieron gran parte de la tierra, y no sé porque
nosotros nunca supimos. Sé que no teníamos acceso a ninguna de las redes de
internet, y la televisión y la radio solo comunicaban noticias de la ciudad,
cuántas iglesias se habían fundado, cuántos conversos había cada día, pero aun
así me cuesta mucho entender que el mundo que nos enseñaban en el colegio era
un sueño, una locura. Algo que había dejado de existir, a trancazos, desde
hacía más de 20 años.
Sé que
alguien es responsable de que esté aquí. No me quejo, pero este no es mi lugar.
No me quedaré tranquila hasta saber toda la verdad.
Quiero
volver a casa. Quiero, con todo el ardor que tengo en mi pecho, asesinar a
Jeremías.