lunes, 4 de junio de 2012

Mecánica del rapto (VI)-de la zaga de Ismael Da Silva


SEIS.
Mi nombre es Karla y estoy desaparecida desde el año 2024. Desaparecida para aquellos que me conocían, no para mí misma. En este año maldito, fui secuestrada por gente que desconozco, a la que nunca le vi el rostro ni le escuché la voz. Fui interrogada por una máquina, y también torturada por ella. Al principio, no hacía más que llorar y llamar a Jeremías, mi esposo. Me vendaban los ojos a veces; otras veces simplemente el lugar donde me tenían estaba a oscuras. Me resultaba lo mismo: yo soy ciega. Había trabajado siempre como cantante, en un local en Santiago. Santiago. Sigo esa palabra y me lleno de escalofríos. Una ciudad sin nombre, pues le ha sido raptado el suyo numerosas veces, le han otorgado otros y nunca hemos sabido realmente cual es su nombre verdadero. Me educaron llamándola Caracas; otros recientemente me han hecho ver la realidad.

Nunca pensé que vivía en un país que realmente no existe. No existe como no existe Lima, ni Cuzco, ni Trujillo, ciudades en donde he vivido desde mi fuga. No podría decir cómo llegué hasta aquí, solo que un día sentí el sol en mi piel, y me vi caminando por montañas en estos parajes. Pregunté donde me encontraba, pues escuchaba gente a mí alrededor, y me respondieron: en los Andes. Al escuchar el nombre de Trujillo pensé que podía ser Venezuela. O alguna ciudad en una isla del Caribe. Pero a los días, por el acento, los olores, los sabores de sus comidas, las historias, supe que estaba lejos de mi país. El café sabía muy distinto, y pude percibirlo pues mientras estuve secuestrada, nunca me dieron café, solamente puré de papas y otras cosas. Sé que las personas que me raptaron hablaban en inglés, y que cruzaba un puente pequeño sobre una avenida. Pero nunca pude saber mucho más.
Aparentemente mis raptores querían saber cosas del gobierno y de la Iglesia de Jeremías. ¿Qué podía saber yo? Cuando lo conocí, frecuenté mucho la Iglesia con él los domingos, incluso lo acompañaba a sus predicaciones en la Plaza Israel, hasta que me fui impacientando: quería estar sola con él. Me volvía loca su voz, su olor, el tacto de su cuerpo. Un día simplemente tuve el valor y le pedí que me hiciera el amor. Me dijo que eso era imposible hasta estar casados. Entonces le pedí que lo hiciéramos. No me importaba, lo amaba, lo consideraba el hombre de mi vida. Podía llegar a pasar la vida entera con él. Acepto, pero con una condición: debía dejar el canto en el Bar. Eso significaba un dolor inmenso para mí, pero acepté. Solo le pedí que me dejara seguir viendo a Rita como amiga. Le pareció bien, pero debía ocurrir en su presencia siempre, en nuestra casa. Pactamos.

Nuestra boda fue en junio del 2025, y nos casó su pastor, José y su acento brasilero. Rita, pálida al oírlo,  no quiso quedarse mucho en el templo por malos recuerdos familiares, según dijo, y nos esperó afuera. Fue una boda espléndida. Pasamos nuestra luna de miel en los Andes del Norte, en Venezuela (o lo que era) y luego nos asentamos en La Candelaria. Ahí vivíamos. Yo atendía la casa y el predicaba. Éramos felices. Pero aquel momento tan esperado nunca sucedía. Así que un día, con la pasión desatada, cansada de masturbarme y tocarme en la ducha, u oliendo sus camisas, lo esperé desnuda. Al recibirlo así, quedó mudo. No hablaba. Yo me acerqué y le fui quitando la ropa: primero la camisa y la corbata, luego los zapatos, la correa, el pantalón. Cuando iba a bajarle su ropa interior, me detuvo. Me dijo que temía lo que podía encontrar. Yo, entusiasmada como una tonta, pensé en un miembro monstruoso. Pero fue algo aterrador lo que descubrí.

Me vestí rápidamente y me apresté a irme. Me rogó que no lo hiciera, que podríamos encontrar una solución, que nadie tendría que saber esto. Me dijo que había médicos, también aparatos en las tiendas. No quise escucharlo; desconsolada, corrí por las calles, hasta verme en Plaza Yavé. Ahí decidí ir a ver a Rita. Bajaba hacia Colinas de Bello Monte, por el puente sobre el río, cuando un vehículo se detuvo a mi lado y me empujaron adentro. Pude percatarme que no rodamos mucho; enseguida llegamos a donde me tendrían durante mucho tiempo. Siento que fue en uno de los primeros edificios de la Casanova, por los giros que dieron para llegar hasta allá. El edificio de los dibujitos, le escuché mencionar a una muchacha. Ahí me tendrían.

Ahora, aquí en Perú, me pregunto que será de los míos: Rita, el pobre Jeremías, mi familia. Me han dicho que hay un país llamado Welserland, que hay otro llamado Abreu y Lima, que las aguas cubrieron gran parte de la tierra, y no sé porque nosotros nunca supimos. Sé que no teníamos acceso a ninguna de las redes de internet, y la televisión y la radio solo comunicaban noticias de la ciudad, cuántas iglesias se habían fundado, cuántos conversos había cada día, pero aun así me cuesta mucho entender que el mundo que nos enseñaban en el colegio era un sueño, una locura. Algo que había dejado de existir, a trancazos, desde hacía más de 20 años.

Sé que alguien es responsable de que esté aquí. No me quejo, pero este no es mi lugar. No me quedaré tranquila hasta saber toda la verdad.

Quiero volver a casa. Quiero, con todo el ardor que tengo en mi pecho, asesinar a Jeremías.

domingo, 3 de junio de 2012

Mecánica del rapto (V)-de la zaga de Ismael Da Silva


CINCO.
Caminé hasta La California, crucé la zona de casas e industrias, y tomé el Metrobús antes de Caurimare. Debía ir a La Guairita antes de encaminarme a Chacaíto. El tráfico fluía. Poco después de montarme (no había puesto en el Metrobús), pude ver a unos tres hombres y una mujer conversando. Los hombres, con camisa blanca manga corta, corbata y una placa que decía: Iglesia de los santos de los últimos días. Mormones. Tenían desde hace años una iglesia en Caurimare, y habían captado muchos adeptos desde que construyeron la Catedral en donde antes estaba Plaza las Américas. Dominaban en la zona de El Cafetal. El consumo de café había desaparecido, entre otras cosas. Paganos. Herejes. Mi mirada encendida fue captada por la mujer, en especial al ver mi Biblia y mi vestimenta. Dirigí mi mirada hacia la ventana: justo pasábamos frente a su primera Iglesia. Se habían ampliado: compraron los terrenos del Centro Comercial Caurimare, donde antes según me contaban hubo un cine y lugares donde comer. Parece que también un Quintas Leonor, esas ventas de ropa por departamento, económicas. Ellos acabaron con eso. Extendieron la Iglesia, compraron también una bomba de gasolina que había en frente y unieron los espacios con un puente. Pagaban muchos impuestos a la Alcaldía: ellos lo aprobaron de inmediato. Al avanzar hacia San Luis, pude ver que los tres hombres me observaban con hostilidad. Uno, el mayor, rubio, claramente norteamericano, me preguntó en un español que daba risa, qué hacía por esta zona. Pensé en no responderle, en simplemente sacudir mis zapatos y apartarme de ellos, pero no podía moverme por la cantidad de gente que había en el transporte. Lo encaré: voy a visitar a unos hermanos. ¿Dónde?, me increpó. En La Guairita, respondí. Hizo silencio. Ese espacio será también nuestro, dijo, y sin más, continuó conversando con sus compañeros. La ira del Señor me empezó a abrasar. Levanté el rostro y anuncié con toda la fuerza de mi voz:
Sin profecía el pueblo será disipado: más el que guarda la Ley, bienaventurado él.
El siervo no se corregirá con palabras, porque entiende, más no corresponde.

El Metrobús entero hizo silencio. Ellos se batían de la rabia. Uno de ellos intentó responderme. Su voz daba risa. La voz, infiel, le dije, la voz lo es todo. El Señor habla por mi voz, porque mi voz es de él. Él habla a través de mi, no de ti, y todos aquí pueden constatarlo. Cuando intentó replicarme, le recité con la mayor hondura en mi garganta:
¡Ay de la ciudad ensuciada y contaminada y opresora!

No escuchó la voz, ni recibió la disciplina; no se confió en Jehová, no se acercó a su Dios.

Sus príncipes en medio de ella son leones bramadores: sus jueces, lobos de tarde que no dejan hueso para la mañana:

Sus profetas, livianos hombres prevaricadores: sus sacerdotes contaminaron el santuario, falsearon la Ley.

Jehová justo en medio de ella, no hará iniquidad: de mañana sacará a luz su juicio, nunca falta: más el perverso no tiene vergüenza.

Hice talar gentes; sus castillos están asolados; hice desiertas sus calles, hasta no quedar quien pase: sus ciudades están asoladas hasta no quedar hombre, hasta no quedar morador.

Dije: ciertamente, me temerás y recibirás corrección; y no será su habitación derruida por todo aquello sobre que los visité. Más ellos se levantaron de mañana, y corrompieron todas sus obras.

Esto dice el Señor, les dije, en Proverbios y en Sofonías, pero su ignorancia no les permitirá entenderlo. Esta es la historia de esta ciudad y de todas las ciudades de estas regiones. Estas Iglesias, estos templos suyos, heréticos, caerían por la fuerza de la voz del Señor.

Sin responder, con la cabeza baja, se bajaron en la siguiente parada. El Metrobús siguió su camino hasta el final.
Cuando me bajaba, alguien me tomó por el brazo. Era Ismael. Me hizo señas de que lo siguiera. Caminamos vía Santa Clara, en la misma ruta que la Guairita, y entramos a un Parque. Me dijo que me sentara.
-       Jeremías, cómo estás. Veo que me llamaste. Al principio no te reconocí, sabes, por tu voz.
-       Le pasa a todo el que me ha conocido antes de mi transformación por el Señor.
-       “Entiendo”, me dice sospechoso. Lleva unos lentes oscuros, un sombrero, ropa casual y sencilla. “Te escuché en el Metrobús. Te vengo siguiendo desde hace rato. Sonaste muy fundamentalista Jeremías, no eras así cuando predicabas en la cárcel”.
-       Es que yo soy otro, Ismael. Otro. El Señor vive en mí, en mi voz, y con ella cambio la vida pecadora de los otros.
-       ¿Y si los otros no quieres cambiar?
-       Es inevitable. Estoy seguro que incluso ahora sí lograré que te conviertas.
-       No, Jeremías. No. Mi alma es distinta. Hace tiempo dejó de creer en encantadores de serpientes. Hace tiempo no, nunca.
-       Como tú digas. Vamos al punto. ¿Me puedes ayudar?
-       Tu amiga no la tenemos nosotros Jeremías. La tienen ustedes.
-       Eso es imposible.
-       Es cierto. Sabemos que te encomendaron un trabajo. También sabemos que a Karla no le termina de entusiasmar tu Iglesia o algo en ti. Le contó a Rita que huiría. Y tú sin ella te distraerías, te volverías loco.
-       Para mi es imposible eso. Yo no sufro de las emociones. Soy un hombre espiritual. Este cuerpo apenas es un pretexto.
-       ……….
Ismael se me quedó mirando, cada vez más sospechosamente. Se quitó los lentes y pude ver muchas cicatrices en su cara.
-       ¿Desde cuando tienes eso?
-       Después de fugarme de El Dorado, fui a hacer un trabajo y me atraparon al poco de partir de esa isla.
-       ¿Cuál isla?
-       “Ah, ¿no lo sabes tampoco?” Hice silencio- “Después del terremoto, la mitad de la montaña, del Ávila, se convirtió en una isla, junto con el puerto a sus faldas. Se desprendió y avanzó en el mar. Jeremías, por eso no dejan circular aviones ni nada parecido por el cielo aéreo de Santiago. Por eso esta ciudad dejó de llamarse Caracas: ahora es otra”.
-       ¿Sí aceptas que la ciudad cambiara pero no que yo cambiara?
-       La gente cambia cuando algo horrible le sucede. Y que yo sepa, en El Dorado a ti nadie te puso una mano encima.
-       Tienes razón, pero esos cambios también suceden cuando el Señor interviene. Recuerda a Abraham, recuerda a Moisés, a Pablo.
-       Sí: todos muertos, en especial Pablo. Ese murió de mala manera.
-       Ese no es el punto, el punto es que el cambio es posible. Por favor, no discutamos más esto. ¿dónde está Karla?
-       Ya te dije la información que tengo Jeremías, ya te la dije. Si tu me crees es tu problema. Ya nuestros caminos son distintos, muy distintos. Mi trabajo es acabar con tu Iglesia, con las repúblicas vecinas que los apoyan a ustedes. Lo siento, debo irme.
-       ¿a dónde vas?
-       Me voy a Abreu y Lima, el país al norte de Brasil, federado con ustedes.
-       No entiendo de qué hablas. Ese país no existe.
-       Te han ocultado mucha información. El mundo cambió mucho, drásticamente desde hace tiempo. Venezuela, Brasil, Caracas, son cosas imaginarias. El mundo tiene otros nombres, otras realidades. Y ustedes son un anacronismo más.

Lo vi marcharse, y mientras lo hacía, apagué el grabador. Con este video y este audio, podría hacerlo detener enseguida, apenas con pulsar un botón. Todas las cámaras de la ciudad, las miles sembradas en ella, proyectarían su imagen y sería encontrado inmediatamente. Pero me interesa averiguar primero si eso es verdad. Si otros tienen a Karla. Si los míos la tienen. Sé que nos separamos de mala manera esa noche. Sé que quedó frustrada, decepcionada. Yo le pedí que oráramos, que pidiéramos con fuerza al Señor una solución, una alternativa para nuestro amor, pero fue inútil. En cuestión de segundos, sin dejar de mirarme desnuda, se marchó.

Debo encontrarla.

sábado, 2 de junio de 2012

Mecánica del rapto (IV)-de la zaga de Ismael Da Silva

CUATRO.
El había sido siempre un hombre maravilloso conmigo. Yo era una mujer perdida. No te confundas, yo no era una mujer de la calle. Sencillamente, no encontraba mi camino. No quedé nunca en ninguna Universidad, y luego de un breve intento en la Universidad Bolivariana, donde quise estudiar Medicina, me aparté de los estudios. Bueno, no de todos. Me gustaban los idiomas, así que me dediqué a estudiar inglés. De eso he vivido fundamentalmente, de dar clases de ese idioma, que me gusta mucho, a muchachos raspados en el colegio. Son muchos, más de los que puedes llegar a pensar. Los ayudo. Y con eso, vivo. No, el canto es distinto. Me empecé a montar en las tarimas cuando un novio me llevaba a bailar hace años. No me aguantaba, me llamaba la atención, me atraía. Primero, fueron Kareokes en Las Mercedes, en donde cantaba temas de Rocío Jurado. Tengo una voz fuerte, potente, escondida en la garganta. Pero poco a poco, recorriendo locales, encontré un bar en Colinas de Bello Monte. Pequeño. Donde antes estaba El Patio, hace años. Bueno, ahí ponían música suave, seductora. En ese lugar descubrí el Gospel. Sí, Gospel, Blues, aunque no lo creas. Esta ciudad da para todo, está llena de secretos. No tiene mucho tiempo este local, apenas desde el 2023, dos añitos, pero se mantiene. Canto ahí todos los sábados, cuando quieras puedes pasar. Hago imitaciones de Billie Holliday, de temas de B.B.King, de Ray Charles, de tantos grandes. Sé que no soy negra, pero canto como negra. Al fin y al cabo, mi familia es de Madeira, y tenemos la saudade, esa tristeza, en el fondo. Con ella canto mis temas. ¿Qué cómo fui a terminar cantando Gospel en vez de Fados? Pues es una historia mucho más larga. Sencillamente, nunca me aceptaron en el Centro Portugués, pues soy ilegítima y eso cierra puertas. Sí, mis papás no estaban casados. Y la familia de mi papá, su esposa y sus hijos, pues impidieron que yo entrara. Los entiendo y no los entiendo, ¿sabes? Es raro. Sencillamente, raro. Ni siquiera cuando me casé, jovencita, papá  me acompañó al altar. Nada, un viejito amigo de mi mamá, que me quería, me llevó. Y bueno, hasta ahí mis lazos con los portus. Me cambié el nombre y todo el mundo me conoce como Rita White. Mis nombres desaparecieron. Este es ahora el verdadero. Este, y no otro.

Como tu, no dejo de pensar en Karla. En cuando cantábamos juntas, desde que éramos pequeñas. En cuanto fuimos cambiando con los años. Hasta llegar a los tiempos en que andaba contigo, ese tiempo en que se hizo otra. Sí, se que consideras que llevo una vida equivocada, pero no me importa. No me importa el camino que ha tomado el país desde hace años. Pues la noche es la noche, y de la noche soy yo. Aunque pongas esa cara de susto.

Tu tienes algo raro, Jeremías, algo raro. Algo que no me gusta. Algo bendito y maldito a la vez. Quizás es esa voz, no lo sé. Dices que viene del Señor, pero déjame decirte que no estoy segura de si eso es cierto. Mi voz viene de la pasión, del bajo vientre, del erotismo. Mi voz es carne; siempre ha sido así. Desde pequeña la tengo conmigo. Karla me contó que tú sufriste una conversión, un cambio portentoso estando en la cárcel, que simplemente te iluminaste. No lo sé, no estoy seguro de cómo pasan esas cosas. Con tu permiso, me voy a servir un trago. No me importa que me denuncies, porque poco importa ya. Esta ciudad está a punto de ser incinerada entre tanta guerra religiosa. Pronto desapareceremos. Pero siempre, aunque no te guste, quedará la noche.

¿Tú sabías que Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Tito Puente, Juan Luis Guerra, entre tantos, se convirtieron al Señor en su momento? Claro, supuse que sabrías. Eso es lo que escuchabas allá en Maturín seguramente. Pues te cuento que su mejor música no fue esa, aunque el gobierno saque a la venta miles y miles de discos de ellos cantando eso. Su mejor música estaba llena de sabor, gozo, tristeza, cuerpo, carne Jeremías, carne. Sí, esa música que prohibieron hace algunos años. Una lástima grandísima me da chico. Cada día la música va desapareciendo, más y más. A mi me dejan cantar mis temas porque los creen “música religiosa”. Me río. Sí, es religiosa, pero no de Iglesias. Es música del alma, libre, abierta. En esa religiosidad creo, no en la tuya, aunque Karla babee por ti y tus Biblias.

Karla. Tiene tanto tiempo desaparecida. No es posible que nadie haya dado con ella. Yo la lloro todos los días, la llamo, le canto desde lejos las canciones que conocía.

Búscala Jeremías. Búscala, que alguien debe tenerla en algún lado. Mira, toma. Toma este teléfono. Cuando llames no aparecerá la imagen en la pantalla, no verás a nadie. Saldrá en negro. Es un viejo amigo mío. Un zorro viejo. Es de la Resistencia, y si amas tanto a Karla, el podrá ayudarte. Llámalo. Deja atrás tanta rectitud; es por ella.

Tráela de vuelta. Me voy, me toca cantar en unos minutos. Bye.

viernes, 1 de junio de 2012

Mecánica del rapto (III)-de la zaga de Ismael Da Silva


TRES.  
En la entrada de la Avenida Casanova, viniendo desde el centro, la entrada paralela a la Previsora, cerca de ahí, hay un edificio con relieves magníficos, casi jeroglíficos, que sé, estoy seguro, reúne las claves secretas de esta ciudad. Antes de comenzar a predicar cada día, dirijo mi mirada hacia él, y lo observo, como si leyera entera el alma de esta ciudad de pecadores. He trabajado fuerte este mes con los piedreros. Sé que me escuchan, que se ven plenos luego de escuchar el Evangelio, libres por segundos, quizás minutos, de esa hambre fatal que los envuelve siempre. Pero mi trabajo se centra en predicar la palabra, como me fue encomendado por mi pastor, en la zona de Chacaíto. La Plaza Pentecostés es mi lugar. Tengo ya varios años predicando en ella. Al principio, fue difícil. Pero desde ese día en que me hice uno con el Señor, me acerqué más a mi forma espiritual mayor, las almas perdidas empezaron a ser recuperadas.

Hoy tenía cita con mi pastor. Una entrevista importante, me dijo. La noche anterior me fui con unos amigos a predicar cerca de El Paraíso y Montalbán, y pasé la noche por esos lados. Predicamos hasta tarde en varios bares y antros. Al principio, nos rechazan, luego hablaba yo y todos enmudecían. Me corrijo, no hablo yo, habla el Señor en mí. Y la gloria de Jehová termina siendo siempre triunfadora.

Hemos ido cubriendo la ciudad: quedan pocos flancos sueltos. En algunas partes los Pentecostales, en otra los Testigos de Jehová, pero nosotros hemos podido convertir vastas zonas. Poco queda libre, sin ser transitado: algunas zonas de Catia y San Bernardino, Quebrada Honda, Altagracia. El resto, se ha convertido al Señor. No me llamo a engaño. Desde que la reforma de la Constitución en 2018 permitió la entrada de los principios bíblicos, la prohibición absoluta del aborto y las relaciones homosexuales, del alcohol en horas del día (en verdad, desde las 3 de la mañana hasta las 11 de la noche) y del tabaco (lo primero que logramos prohibir, en el 2011), muchas personas se dicen evangélicas por compromiso, por quedar bien y por hacer negocios. Los hermanos musulmanes están contentos, no se quejan y los judíos hacen silencio pero no los molestamos. La marca oscura de estos apostolados ha sido las guerras contra los católicos. No bastó que quemáramos sus iglesias y Catedrales, que fundiéramos y destruyéramos toda imagen que sus templos guardaban, ni que apresáramos a sus dirigentes; no bastó la emigración de miles ni la renegación ahora sí abierta de tantos de esos principios: no hemos podido disolverla. La experiencia y sabiduría de años les permite sobrevivir. Desde que convirtieron la Iglesia de Cristo en un Estado, en un demonio en la tierra, el mensaje de Jesús se desfiguró. Pero han tenido Santos y buenos hombres, engañados, pero buenos hombres, y por ellos sobreviven. Es difícil acabar con los católicos. Se aliaron a los anglicanos y a los ortodoxos, aunque estas dos comunidades eran pocas, y obtuvieron más dinero para esconderse, sobornar, salir del país a escondidas. Además, son diversos en sus gustos, aproximaciones, cercanías a Dios, aunque se reúnan en una sola Iglesia. No es lo mismo un dominico que un franciscano. Menos un jesuita. Estos, por cierto, dirigen la resistencia. Hicieron algo inconcebible: reunieron bajo su ala a los ateos. Al fin y al cabo, la cultura del mundo ha sido católica y mucho se sostiene en ellos. Por lo menos de este lado del mundo. Los agnósticos y anticristianos tienen orden de persecución y de muerte.

Me duele mucho esta situación y no la comparto. No lo hizo mi padre, quien siempre se mantuvo distante de estas cosas. Cuando empezaron las luchas, allá en Monagas, por el 2021, papá nos recogió y nos llevó a un campo, vía Caicara. Al regresar, vimos los destrozos: humo en toda la ciudad, destrozos y el río cubiertos de cadáveres. De la impresión, estuve ausente de la realidad durante muchos días. Me regresaron las palabras del Pastor: el Señor tiene extraños caminos. Por uno de esos caminos llegué a Caracas y aquí voy, camino a verlo nuevamente. El autobús va lento, pues todavía construyen vías de metro por todas partes. Aparentemente, el plan del Metro de hace tantos años, aun continúa. Eso pasa en esta ciudad: no termina de construirse. Necesita un final. Y la palabra de Dios, que divide el tiempo en antes y después, sé que podrá dársela.

Después de una hora, apenas para recorrer desde la Plaza de Yavé a Chacaíto, me bajo hacia el final de la Casanova. Camino una cuadra arriba y llego a la Iglesia. El primer paso en la construcción de nuestros sueños, de los sueños de una nueva Jerusalén, fue la compra de los viejos cines de Caracas. La gente, a partir del betamax, el vhs, el dvd, el blue ray y los demás implementos tecnológicos, además de la TV por Cable y otros, como los que existen hoy, que dejan pálidos a los anteriores, dejó de ir al Cine. Además, se hizo costoso. Entonces las cosas cambiaron: los brasileros llegaron y empezaron a invertir. Sé que muchos espacios antes fueron adquiridos por otras iglesias, pero la nuestra, que viene desde el norte de Brasil, muy pronto se hizo con todas. Prácticamente la totalidad de los cines de Caracas se convirtieron, con el paso de los años, en Iglesias del Señor. Para ello, nos ayudó la reforma de la Constitución y la conversión del Presidente, su apertura a los brazos de Dios. Las leyes empezaron a abrirnos los caminos: por ejemplo, toda edificación grande debía ser destinado para un Templo. Y así, José, el principal Pastor de la Iglesia de Brasil, pudo comprar los templos. Fueron beneficiados por ello, para mayor gloria de Dios. Esto, junto con las expropiaciones, permitió la presencia de la Iglesia en toda la ciudad. De igual manera sucedió con otros lugares. Aunado a esto, la confiscación por parte del Estado de toda vía de comunicación radial o televisiva, nos permitió apoderarnos de todo, gracias al Cielo.
Me reciben rápidamente. El Pastor mismo, me hace señales y me invita a pasar. Me ofrece jugos o agua, pero respondo que no. Entonces, sentados ambos, me dice el Pastor:
-       Tienes años trabajando para la Iglesia, Jeremías. Tú, quizás como nadie, has visto como la Gloria de Dios ha hecho por fin casa en este país. Antes éramos apenas una minoría, no llegábamos al 10 %, ahora sumamos el 60 % de la población. Y cada día más los rebeldes, los herejes, van reconociendo la gloria de Dios en nosotros. Pero aun hay muchos desconfiados. Dicen que somos agentes de los brasileros, porque así hicieron los norteamericanos con los Testigos de Jehová. Pero nada más lejano a la verdad. Si bien Brasil es hoy en día una República plenamente evangélica, y son los impulsores de esta gesta que realizamos, ellos no se meten en política. Nosotros no somos políticos. Somos pastores, profetas. Pero los mandatos del Señor deben llevarse a toda la tierra y los Mandamientos son la única Ley que deberíamos cumplir.
-       ¿y los mandatos de Jesús, nuestro Señor?
-       Ellos vienen por añadidura, respondió. Se sirvió un poco de jugo de durazno, bebió, y luego continuó.
-       El gobierno dictó hoy una medida que nos perjudica. Aparentemente, hay mucha presión internacional. Esa medida ordena el cese de las persecuciones. Se invita a hacer las paces con los otros hermanos, cristianos o no, aunque llevan el infierno en sus pasos.
-       ¿incluyendo a los católicos?
-       Sí, dijo con tensión evidente. A ellos hay que perdonarlos también. Nadie ha hablado de permitirles sus ritos otra vez, ni que serán excarcelados los obispos, pero vuelven a ser ciudadanos.
-       Eso no es tan malo, pastor José. Tenemos al Señor de nuestro lado. Los convertiremos con el amor de Yavé.
-       Sí, dijo sonriendo, así es José. Para ello te requerimos a ti. Eres el profeta que más adeptos logra reclutar semanalmente. Tu voz es poderosa en el Espíritu Santo. Has sido llamado para hacer un trabajo importante. Recuerda que esta ciudad, dividida por islas desde el terremoto del 99, solo logra un refugio certero en el deporte: beisbol, carreras de caballo, futbol, baloncesto.
-       Es cierto, maestro. Es algo que abarca todas las creencias de la población. Eso y la música. Yo mismo fui jugador de futbol en la cárcel.
-       Sí, son espacios de “libertad”, cuando la libertad real es la que enseñamos nosotros. Por eso te voy a encomendar un trabajo. Fíjate, hijo, la Iglesia compró recientemente un equipo de fútbol. El antiguo Deportivo Petare. Decidimos llamarlo Deportivo Jehová. Hemos cambiado algunos jugadores por miembros de nuestra Iglesia, pero tenemos que dejar a los mejores de ese equipo, así no sean nuestros. Entra dentro de los dictados del gobierno nacional. Entonces, como te decía, tendrás una misión ahí: vas a comenzar cada juego con una predicación a todo el estadio.
-       ¿Cuándo comenzaré?
-       Este domingo juegan contra el Deportivo Táchira. Comienzas este Domingo.
-       Si esa es la voluntad del Señor, yo la seguiré. Amén, pastor José.
-       Amén, Jeremías. Y por cierto, ya me contaron que estás saliendo con una muchacha. Te he visto con ella en el Templo. Bien por ti muchacho. Espero muy pronto tengan hijos del Señor. Necesitamos soldados, dijo con una sonrisa plena. Nervioso, apenas asentí.