lunes, 6 de julio de 2009

Lectura de "La muerte del estratega",de Álvaro Mutis

La muerte del estratega fue publicado por primera vez en 1978 por la editorial Seix Barral. Posteriormente, la editorial Siruela lo hizo en una de sus hermosas colecciones. Toda la historia narrada por Mutis en este relato atestigua aquello que Consuelo Hernández denominó una estética del deterioro: esa conciencia de que nada permanece, de que son vanas las acciones de los hombres por perpetuarse en el tiempo y que al final todo termina en las manos de la nada avasallante. Quedan los hechos acaecidos, fugaces, tristes o portadores de contento, pero siempre finitos y repetidos en todos los tiempos. La enfermedad, la muerte, el pasado, el fracaso perenne, las necias ideas de los hombres, la mujer como espacio de conocimiento mayor, están presentes en este texto. Mutis siempre ha sido fascinado por Bizancio, y considera que la toma de Constantinopla por los turcos es el acontecimiento mayor en Occidente en tiempos cristianos. Luego de él, la España de Felipe II, la Francia de Napoleón son los dos momentos que más interés despiertan en el autor, más siempre minimizados por la idea de Bizancio. Las vicisitudes religiosas, políticas e históricas de esos tiempos lo ha embelezado siempre. No es descaminado señalar, considero, que este afán lo pudo llevar a escribir La muerte del estratega. Más allá de ello, intentaremos abordar este texto desde los principios de la semiótica con vistas a indagar profundamente en los hilos narrativos, temáticos y estéticos presentes en el relato.Hay en el personaje de Alar el Ilirio reminiscencias del alter ego poético de Mutis ha través de toda su obra, Maqroll el Gaviero: el ser siempre testigo del deterioro político de la sociedad y de los espacios creados por el hombre, la idea del errar a través de los andares en el tiempo, el escepticismo más llano. También se puede encontrar en otro personaje como Alvar de Mattos, diplomático portugués. Los ejes temáticos en la obra de Mutis cambian poco, por no decir nada; es fiel a sus más altas o bajas promesas. En su libro sobre Mutis, Consuelo Hernández nos señala en el índice las líneas que según ella Mutis lleva siempre en su obra, en términos de respuesta del individuo: Lo sagrado, el arte, lo erótico y el recuerdo, las drogas y el alcohol, el suicidio. Creo que todos menos la evasión por medio de las drogas, está presente en la personalidad de Alar. La búsqueda de respuestas aunado a la imposibilidad de encontrarlas signa sus caminos. Búsqueda sin sentido que entiende en el detenerse que la mujer le otorga y que estoicamente asume para afrontar la muerte.La muerte del estratega comienza de ésta manera:Algunos hechos de la vida y la muerte de Alar el Ilirio, estratego de la emperatriz Irene en el Thema de Lycandos, ocuparon la atención de la Iglesia cuando, en el Concilio Ecuménico de Nicea, se habló de la canonización de un grupo de cristianos que sufrieron martirio a manos de los turcos en una emboscada en las arenas asirias. Al principio, el nombre de Alar se mencionaba junto con el de los demás mártires. Quien vino a poner en claro el asunto fue el patriarca de Laconia, Nicéforo Kalitzés, al examinar algunos documentos relativos al Estratega y a su familia, que aportaron nuevas luces sobre la vida de Alar y alejaron cualquier posibilidad de entronizarlo en los altares. Finalmente, cuando se dieron a conocer en el Concilio las cartas de Alar a Andrónico, su hermano, la Iglesia impuso un denso silencio en torno al Ilirio y su nombre volvió a la oscuridad, de donde lo rescatara la ambición política de la Iglesia de Oriente.De esta manera, comienza el relato entonces. Mutis nos menciona en un párrafo quien es Alar, qué función tenía en Bizancio, y cómo murió. Además de esto, nos da una de las claves del relato, como lo son las cartas de Alar a su hermano, causa de perdición para los reunidos en Nicea, aporte clave acerca del helenismo del estratega para nosotros. La segunda de las claves, hay que encontrarla en el relato en la figura de Ana, de quien hablaremos más adelante.Mi planteamiento al abordar este texto de Mutis, es desde la intolerancia y la banalidad del poder entre los hombres; cómo el cristianismo no significa respuesta alguna para Alar y cómo su avance en el transcurso de la vida se ve determinado por el escepticismo, el refugio en las enseñanzas clásicas y el estoicismo.Hijo de un alto jerarca del Imperio, la educación de Alar fue descuidada en términos religiosos, al enviarlo su padre a estudiar a Grecia, tierra de la heterodoxia filosófica y religiosa. Pero, más allá de eso, más allá de la formación recibida, hay dos aspectos interesantes a señalar: el primero, su padre tampoco se destacaba por su piedad religiosa (no hay signos de su madre, es decir, no sabemos de influencias maternas ejercidas), era un político que hábilmente sabía moverse en la Corte de Bizancio. El segundo, Alar muy pronto se da cuenta de que la único manera de movilizarse y mantenerse vivo era el bajo perfil. Junto a esto, también viene aparejado la habilidad diplomática de Alar, que permite ganarse rápidamente a sus compañeros de armas y superiores:Como hombre de armas, Alar no poseía virtudes muy sólidas. Un cierto escepticismo sobre la vanidad de las victorias y ninguna atención a las graves consecuencias de una derrota, hacían de él un mediocre soldado. En cambio, pocos le aventajaban en la humanidad de su trato y en la cordial popularidad de que gozaba en la tropa. En lo peor de la batalla, cuando todo parecía perdido, los hombres volvían a mirar al Ilirio, que combatía con una amarga sonrisa en los labios y conservaba la cabeza fría. Esto bastaba para devolverles la confianza y, con ella, la victoria.Hay en el Ilirio una entereza y extraña resignación a los embates del destino que lo hacen diferente a los demás. No es el sacrificio cristiano, es la aceptación de un orden en el universo que solo lo pagano otorga. También es importante sobremanera señalar que el Estratega se absorbe constantemente en la lectura de los grandes Latinos, Virgilio, Horacio y otros, y que esto determina su pensamiento: la medida del latín, la exactitud de su pensamiento, tan distinto a las maneras cristianas, de origen hebreo, más orientadas a la grandilocuencia y el arrebato verbal. La llaneza que le adjudican a Alar le debe venir de Virgilio; la ironía de Horacio. Hombre que se casa por compromisos sociales, se mantiene más bien apartado de su mujer y frecuenta en sus avanzadas castrenses, muchachas de prostíbulos, pero sin mostrarse demasiado, sin hacer alardes:No se le conocían, por otra parte, los amoríos y escándalos tan comunes entre los altos oficiales del Imperio. No por frialdad o indiferencia, sino más bien por cierta tendencia a la reflexión y al ensueño, nacida de un temprano escepticismo hacia las pasiones y esfuerzos de las gentes. Le gustaba frecuentar los lugares en donde las ruinas atestiguan el vano intento del hombre por perpetuar sus hechos. De ahí su preferencia por Atenas, su gusto por Chipre y sus arriesgadas incursiones en las dormidas arenas de Heliópolis y Tebas.Producto de estas incursiones, es enviado Alirio a Bulgaria. Una misión que le fue encomendada es tomada por él como excusa para recorrer diversos parajes del mediterráneo, buscando huellas de los griegos en su mundo. Tanto tiempo tarda que es requerido por la Augusta, Irene, quien le llama rigurosamente la atención. A pesar de las elocuentes razones que esgrime, es enviado al exilio, fuera del ámbito grecolatino que le quita el sueño. Aquí comienza el segundo giro en el cambio del carácter del Ilirio (el primero es, claro está, su formación en Grecia, que lo aparta de toda huella cristiana). Alar vive una noche oscura del alma pagana, un momento de crisis, que se da en todas las culturas y creencias:…Alar sufrió el primero de los varios cambios que iban a operarse en su carácter. Se volvió algo taciturno y perdió ese permanente buen humor que le valiera tantos y tan buenos amigos entre sus compañeros de armas y aun en la corte. No es que se le viera irritado, ni que hubiera perdido esa virtud muy suya de tratar a cada cual con la cariñosa familiaridad de quien conoce muy bien a las gentes. Pero, se le veía ausente, con la mirada fija en un vació del que parecía esperar ciertas respuestas a una angustia que comenzaba a trabajar su alma. Su atuendo se hizo más sencillo y su vida más austera.Lo que le empieza a suceder a Alar es un signo inequívoco de la bilis negra: la llegada de la melancolía. Se empieza a secar de carnes y de aspecto. Y vive plenamente una crisis religiosa. Sus más cercanos colaboradores se preocupan por él, en especial por los espías de los obispos fundamentalistas, que esperan sólo que caiga por sus propias manos. En una carta dirigida por Andrés, hombre versado en letras y filosofías, a Andrónico, el hermano de Alar, este le plantea esa crisis. Cada momento de la historia se ve determinado por una carta o un diálogo siempre, con un desplazamiento espacial luego. El tiempo transcurre impasible y sereno sin detenerse. De esta crisis, Andrés hace un evidente retrato en su misiva, pero más allá de ello, nos muestra la lucidez que la crisis religiosa le otorga al Ilirio. Dice Alar, según la epístola de Andrés:Ellos hallaron el camino. Al crear los dioses a su imagen y semejanza dieron trascendencia a esa armonía interior, imperecedera y siempre presente, de la cual manan la verdad y la belleza. En ella creían ante todo y por ella y a ella sacrificaban y adoraban. Eso los ha hecho inmortales. Los helenos sobrevivirán a todas las razas, a todos los pueblos, porque del hombre mismo rescataron las fuerzas que vencen a la nada. Es todo lo que podemos hacer. No es poco, pero es casi imposible lograrlo ya, cuando oscuras levaduras de destrucción han penetrado muy hondo en nosotros. El Cristo nos ha sacrificado en su cruz, Buda nos ha sacrificado en su renunciación, Mahoma nos ha sacrificado en su furia. Hemos comenzado a morir. No creo que me explique claramente. Pero siento que estamos perdidos, que nos hemos hecho a nosotros mismos el daño irreparable de caer en la nada. Ya nada somos, nada podemos hacer. Nadie puede poder.El gran dilema del Alirio es el siguiente: él no es griego. El es, lo quiera o no, un hijo de Bizancio que reniega de ella, de los caminos tomados por los hombres a partir del hombre de Nazareth. Hemos comenzado a morir es la frase más importante de todas. Hay en él, a partir de esa crisis lúcida, un entender los caminos de la tierra y ante todo un entender que la única alternativa que queda es la muerte.Gracias a su hermano y la misma discreción del Ilirio, este es ascendido al cargo de Estratega, la más alta posición militar en Bizancio. Fue, también, una táctica política para minimizar su influencia en la corte, teniendo ahora tanta responsabilidad sobre sus espaldas. Además, es enviado a la frontera con Siria, a velar por el imperio e impedir los avances musulmanes. La ironía de Irene, la emperatriz, así como la de sus secuaces fundamentalistas y ortodoxos cristianos es constante hacia él, pero elegantemente se libra siempre de caer en desgracias. Hablamos de la corte de Bizancio, que se hizo legendaria por sus traiciones políticas, vericuetos romanos, tiranías veladas, intransigencias. Su vida pública en la corte cesa y comienza un tiempo de mayor reposo. Hay en Alar a partir de ahora, una serenidad recurrente que acompaña cada una de sus acciones y incluso de sus estrategias militares para proteger el imperio. La corte lo olvida en esos años alejado de ella. Pero ocurre entonces un cambio significativo: llega Ana la cretense.Ana era una muchacha heredera de una familia de Cerdeña, que llega sus manos junto con sus hermanos con vistas a encontrar refugio y protección. La manera de llegar es irónica: Irene le pide que negocie con los berberiscos para que los liberen, cosa que él hace. Más no cumplió totalmente su cometido: decide, y Ana está de acuerdo con esto, quedarse con ella, y enviar a sus hermanos por tierra. La vida de Alar cambia completamente, su serenidad aumenta, sus muestras de escepticismo disminuyen, se reconcilia con elementos perdidos de su vida. Aun así, en una carta a su hermano, deja en claro su posición. Por su extensión solo transcribiré partes de la misma:Podrás pensar que un amargo escepticismo me impide gozar del mundo que gratuitamente nos ha sido dado. No es así, hermano queridísimo. Una gran tranquilidad nos visita y cada episodio de mi rutina de gobernante y soldado se me ofrece con una luz nueva y reveladora de insospechadas fuentes de vida. No busco detrás de cada cosa significados remotos e improbables. Trato más bien de rescatar de ella esa presencia que me da la razón de cada día.La crisis acaecida en Bulgaria se ve superada. Alar se encuentra en ese momento de los hombres que es llamado la sabiduría: conciencia de sí, de lo que existe, de lo que somos. Sigue más adelante:No tengo ambición alguna, y unos pocos libros, la compañía de los macedónicos, las sutilezas del Dorio, los cantos de Alcen el Provenzal y el tibio lecho de una hetaira del Líbano colman todas mis esperanzas y propósitos. No estoy en el camino de nadie, ni nadie se atraviesa en el mío.Pienso que aquí se equivoca un poco Alar. Sin ánimos de entresacar conejos de una bolsa, si hay gente en su camino: el poder. La emperatriz, sus allegados, la curia, los primados ven al Estratega como un mal necesario pero aun así prescindible. Alar se reconoce griego o romano de Oriente y sabe que son el último bastión de la huella de los griegos, solo por eso continua. Es decir, asume ser parte de una decadencia, e incluso se asume, humildemente, como tal. El poder lo persigue y lo atenaza, a pesar de estar en una frontera: Irene, por pedido de los hermanos de Ana, manda que ella sea regresada. Los amantes se despiden, con serenidad y el Ilirio continua sus caminos por la tierra. Pero decide terminar con ellos de alguna manera. Pienso que al final del relato se juntan el estoicismo-escepticismo de Alar y la persistencia del poder en sustentar sus propios caminos. El estratega decide, un día, sin más, convocar a sus tropas y emprender una acometida a las huestes musulmanes, con vistas a paliarlas. En esta acometida va implícito un martirio de él y los suyos: sabe que lo más probable es que no vuelvan con vida. Pero sus soldados lo siguen hasta el final. Este combate resulta poco efectivo y todos mueren, incluyendo al Estratega. ¿Suicidio o sacrificio?. Pienso que se juntan muchas cosas: la maquinaria sangrienta de la guerra, los afanes del poder, las envidias, el auto sacrificio por el imperio, pero ante todo, la sensación de que la vida ya no vale la pena ser vivida ya. Al vivir sus mejores días al lado de Ana, Alar, al borde de su muerte, la recuerda:Y ante el vacío que avanzaba hacia él a medida que su sangre se escapaba, buscó una razón para haber vivido, algo que le hiciera valedera la serena aceptación de su nada, y de pronto, como un golpe de sangre más que le subiera, el recuerdo de Ana la Cretense le fue llenando de sentido toda la historia de su vida sobre la tierra.…la armonía perdurable de un cuerpo y, a través de ella, el solitario grito de otro ser que ha buscado comunicarse con quien ama y lo ha logrado, así sea imperfectamente y vagamente, le bastaron para entrar en la muerte con una gran dicha que se confundía con la sangre manando a borbotones.La imagen de la dicha asociada a la sangre que mana como elemento de entrada a la muerte, es muy hermosa: es como un manojo de rojos recostadas contra el pecho, ofreciéndose a la última dama que es la muerte.Pienso que Alar el Ilirio muere como consecuencia de los embates de la política bizantina, retorcida y cruel: sus exilios, sus castigos, el retirarle a la mujer que ama de su lado; por otro lado, siento que el Estratega se encontraba desde hace años preparándose para morir. Su muerte no es sorpresa para él, ni sufrimiento: es una mezcla de resignación, piedad por el mundo, escepticismo y respeto por las formas y caminos del mundo. Si nos fijamos bien, las actitudes de Alar son fundamentalmente pasivas en el relato: no opone resistencias mayores, no conspirar contra el poder. Solo hace su trabajo y pide que le dejen en paz en sus tinieblas (para los demás) que son luz para él. Todo esto va en un vaivén, un proceso que se va acrecentando con los años, de manera lineal. Nace, vive una crisis, resurge hacia la plenitud, y desciende hacia su cese. Quisiera pensar que no es el poder ni él quien determinan sus acciones o las consecuencias de las acciones de los que gobiernan, quisiera pensar que es la forma del mundo, las maneras de la naturaleza humana quienes desencadenaron la muerte del Estratega. Más, esa forma del mundo es también el poder y la lucha o la resignación ante él: esta fue la opción que Alar tomó. Saberse parte del poder y tratar de mantener lo más puro posible el legado grecorromano que aun subsiste en Occidente: que el anti-poder, mantenga en sus carriles al poder. No pudo hacerlo. Queda solo una vida individual vivida de la manera más honesta posible según sus convicciones, y la entereza de reconocerse siempre en el otro: sus soldados y amigos, su hermano, Ana. Reconocerse parte de un colectivo y tratar de mantener a flote lo más vivo de él.El poder triunfa (a pesar de sus virtudes, no es canonizado por la ortodoxia) y Alar cae en un olvido colectivo. Nos queda solo esta historia que Álvaro Mutis nos pudo contar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada