martes, 19 de mayo de 2009

Buenos Aires, finales de tarde

Camino por Carlos Pellegrini, la vista en el Obelisco, y veo que la sabiduría de la ciudad trasciende incluso a sus cimientos: hoteles al lado de funerarias en el aire, Eros y Thanatos acompañando finales y comienzos de un tiempo que pasa con el sol que brota y que cálido se esconde. Los humores llegan y se marchan dejando a su paso un regalo cotidiano y torvo, una honda piedad: un tararear de Santos Discépolo; el río, más ajeno aún; el horizonte, que no conduce a nada, y de este lado la ciudad, que vive de quien triunfa y quien derrota.
Pasa el tiempo en la ciudad y nos deja en la mirada lo incrédulo, el desgaste lento en los miembros, el asombro del cansancio, un bandoneón que juega solo. La falta de compañía que va llegando con los años.

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