lunes, 14 de septiembre de 2009

Leer el Caribe desde el silencio, de Pedro Enrique Rodríguez (fragmento)-Oficio de lectores

La idea, en dos platos, es esta: pese a la proximidad inclemente del mar, en realidad es poco, si no nada, lo que encontramos de él y sus amplias playas lumínicas en eso que, a falta de mejor nombre, uno termina por resignarse a llamar literatura nacional.
Se trata de un registro donde hay edificios, hoteles luminosos, muchos bares de mala muerte, largas avenidas, la balada del plomo y el cuchillo. Pero no es fácil dar con las sutiles arenas de un Caribe que, de viento en viento, se pierden en sus tardes bajo el ímpetu de sus brisas, con sus palmeras desganadas, sus tardes quietas.
Una excepción meritoria dentro del Caribe venezolano es una bella historia de Ruby Guerra (creo recordar que se llama "La Playa") donde vemos aparecer el mar tranquilo de una ciudad de provincia (¿Puerto La Cruz?, ¿Cumaná??). Allí encontramos un mar de mediados de semana, donde los amantes van a ver el atardecer, a escrutar los pájaros y mirarse a los ojos y todo, el mar, la anécdota, el recuerdo de una hoja en el agua, transmite una visión fulminante de la belleza tierna e íntima del Caribe.
Otras narrativas mucho más lejanas nos han convidado a ver el Caribe con los excesos kitsch de Carmen Miranda: insólitos sombreros cargados de frutas, vestidos que se pierden en el vacío de un escote, fogosas jornadas de adolescentes ardorosos que corren sin motivos por las playas, beben cerveza, se tumban en la arena, piensan en asaltar cuerpos a medio vestir y, por lo común, ostentan un diminuto cerebro agujereado por donde mana el tenue hilillo de un poco de agua de coco mezclado con líquido cefalorraquídeo. Sin embargo, después de sumergirnos en sus confines de luz, es posible descubrir otras posibilidades. Comprender que, en lo más íntimo, el Caribe es sutil, es sereno, de colores intensos y que, en cierto modo, el Caribe todavía espera por ser conquistado en las páginas de la literatura.
No intento ser taxativo, pero me parece entender que uno de los elementos más llamativos del Caribe es el recogimiento de su silencio entre el murmullo de pájaros y las olas. Es preciso caminar por una playa al atardecer, después del tumulto de la tarde entre discos de plástico y pelotas de colores, para comprender que existe algo en su ámbito que nos habla de silencio, de soledad, de un íntimo recogimiento. Basta con sumergirse un poco entre los corales de alguna playa, bucear entre cardúmenes, distinguir las bandas de luz que penetran desde el exterior, para entender que allí existe un latido que es profundo, ordenado, pudoroso.

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