jueves, 2 de septiembre de 2010

Línea 4 (3): Nuevo Circo

Ahora Aldonza, a estas horas, las estaciones están más llenas. En esta línea los tiempos de espera son mayores, y para colmo te anuncian el tiempo de llegada en unas pantallas. Eso ayuda, pero en un subterráneo, no sé para qué. Total, ¿a dónde vas a ir? La llegada del tren la hago relajado y suelo esperar un poco más a que se monte la gente, que se aglomera, como pasa en Ciudad Universitaria por ejemplo, o para ir a Caricuao. Pero ese día, hace un mes exactamente, las puertas de los vagones tardaron en cerrarse. El primer pensamiento fue la gente trabando las puertas. Di el anuncio de que deben dejarlas cerrar para seguir. Aun así me daba la señal el sistema de que seguían abiertas. Lo intenté nuevamente, sin lograrlo chama. Di un segundo llamado, diciendo que si hay algún contratiempo que presionen el botón de emergencia. Aun nada. Luego de dos intentos más, decidí salir. Encontré el pasillo de la estación vacío y con un silencio poco común. A dos metros de haber salido de la cabina, me encañonaron. Me señalaron entrar en el vagón, me quitaron el radio, me hicieron señas de que pusiera mis manos sobre la cabeza. El vagón estaba atestado de gente, con cara de pánico, en silencio. Al fondo, pude ver dos personas tiroteadas, y dos pistoleros más. Los tres tenían máscaras de gas. Supuse inmediatamente que eran varios. Muchos más. Tres o 4 por vagón, hablamos de más de 40 tipos. No emitían palabras, pero al murmullo de alguno, el otro respondía, por que debían tener comunicación por medio de las máscaras. En susurros, le pregunté a la doñita arrodillada en el piso, apoyándose en el bastón, qué pasó con los otros. “No dejaron de cantar cuando entraron, pensaron que era una broma supongo. Los mataron enseguida”. Vi las dos guitarras en el suelo, como mojones inmensos de perro. Nadie las tocaba, pero las miraban enfermizamente. Recordaban el susto supongo. De repente, me sacaron del vagón, y llevándose entre dos me empujaron hacia el final del Metro. En cada vagón el espectáculo era igual de atroz: mucha gente asustada, varios cadáveres en el suelo, gente con máscaras. Me metieron en el último vagón, el de las personas mayores. En ese no había nadie, solo tres jóvenes y unos 4 de los tipos. Todos eran muy altos, pero el más alto de ellos se quitó la máscara. Era rubio, de mirada clara, barba de varios días. Le preguntó unas cosas a los que me trajeron en un idioma que desconozco, y luego se dirigió a mí: Somos miembros activos de la ETA y esto es un acto político. Hemos secuestrado estos vagones de metro con vistas a dejar un precedente y un mensaje al gobierno español. Exigimos la liberación de los nuestros detenidos en suelo venezolano y el cese de las presiones sobre el gobierno de este país. No toleraremos injerencia externa en nuestras relaciones con el gobierno en ciernes de su país, ni intercesiones. A partir de este momento, usted recorrerá los vagones con dos de nosotros, y a solicitud de ellos, preguntará su nombre a quienes se les señale. Eso es todo por ahora.
No dije nada. No sabía que decir, bella. Me llevaron por los vagones. Tardaríamos más de una hora estimo en recorrerlos todos. Las personas a quien me señalaban, eran de aspecto ibérico, y las preguntas eran dos: ¿tienes pasaporte español?, ¿cuántos años tienes? La mayoría de las personas interpeladas tenían una edad entre 25 y 40 años. Las personas mayores de esa edad, o menores, eran dejadas de lado. El resto, los jóvenes, eran enviados hacia afuera, al último vagón supongo. Me extrañaba lo que pedían. Un anciano, al yo pasar por el tercero de los vagones de atrás hacia adelante, me susurró: “los van a matar. Los van a fusilar”. Me sucedió algo similar en dos vagones más adelante, con una doñita y un don. La primera me dijo “hacen lo mismo que hacían en la Guerra. Trate de escapar”, el segundo “van a matar a los descendientes de españoles, por traidores a la patria”. A él logré preguntarle, “¿cómo lo sabe”, y me respondió “fue lo mismo que pasó en Guernica, pero allá fue desde el aire”. Casi llegando al final, vi que separaba a algunos. Revisaban sus papeles y dejaban ir a algunos hacia los vagones, a otros los dejaban. Llegando uno, una muchacha le preguntó: “¿qué pasó?”, y el que llegaba le dijo, pálido, “a los apellidos vascos los dejan allá, al resto nos sueltan”. No había terminado de decir eso cuando de una ráfaga le dispararon a las piernas. Fue atronador, luego nos dimos cuenta que al resto le hacían lo mismo. No los mataban, pero les volaban los talones de Aquiles, los ligamentos de las rodillas. Lloraban, gritaban. Todos temblábamos, sin saber qué hacer. Una señora muy morena, se sacó un trapo, se agachó y empezó a envolverle la pierna a una muchacha, casi una niña. Miró a la cara a los enmascarados y les dijo “si no quieres que la ayude mátame”, y siguió haciendo su labor. Vimos que otros lo hacían, y suponemos, aunque sin saberlo, el Metro entero, por el ruido producto del movimiento. Hacia las escaleras, quedaban unas 10 personas. Niños y niñas, Aldonza, no más de 30 años. 7 muchachas y 3 muchachos. Temblaban y suspiraban, se quedaban mudos en su llanto. Les hablaban en su idioma, pero la mayoría no lo entendía. Solo uno respondió airadamente. Le dispararon en la cabeza sin chistar. Temía que quisieran violar a las muchachas, que hicieran alguna locura los dos chamitos que quedaban. Alguien tropezó una de las guitarras de los musiquitos, sonó el estruendo de las cuerdas y sin saber cómo lo hice salí disparado hacia la cabina del conductor del metro. Entré en él, cerré las puertas de todos los vagones y aceleré. Apliqué mucha velocidad y se escuchó a la gente cayéndose. Hacia la mitad de túnel desaceleré, hasta llegar a Teatros, la última estación. Estaba hasta los topes de policías, perros alemanes, comandos, cualquier vaina. Frené poco a poco, abrí las puertas y recibieron a la gente. En uno de los vagones quedó un terrorista, pero fue maniatado por la gente, coñaseado y entregado a los cuerpos. Los paramédicos llegaron por legión. Abrí la puerta, salí y vi a Sancho acercándose corriendo. “los carajitos, Sancho”. No me respondió. “Dejé a los otros carajitos atrás, en la estación. Los van a matar”. Me temblaba la voz, me di cuenta que gritaba muy alto. Sancho solo me dijo “estamos haciendo lo que podemos por entrar y poderlos sacar. El comando élite de la CICPC está trabajando en eso”. Me dijo Comando Élite y pensé inmediatamente en Rodrigo, muerto por los errores de ellos. Perdí toda esperanza para los muchachos. Iban a matarlos, Aldonza, no podrían hacer nada.

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