lunes, 21 de mayo de 2012

Diario de Ismael Da Silva (X)


Miércoles, hora Prima
Arribamos a las viejas costas de La Guaira. Eso dice Seamus. Las reconoce. Depositamos el cuerpo de Pirata en la orilla, hicimos un hoyo con nuestras manos y lo enterramos. Antes, Seamus lo despojó de todo implemento electrónico. Otro disparo de la memoria: busqué en mis cosas los cables que había tomado en Araya, y con los de Pirata, pude activar la cámara en mi ojo izquierdo. Informé a Leonor que estaba bien; había llegado a tierra pero no al lugar pautado. Aun así, podía desplazarme por tierra hasta Manoa. Dejé la cámara activada. “¿Eres un cyborg?”, me preguntó Seamus. “Aun no”, le respondí. “Sólo pequeños implementos en el oído, el brazo y el ojo izquierdo. El resto, todo humano”. La sospecha en su rostro no cambió. Avanzamos. En el camino, mientras subíamos por una cuesta de piedra, tarareó a Vivaldi. Sonreí. Recordé a Bertorá y su Gilgamesh. Cuando llegara donde Candela, tendría que buscarlo en los archivos, pero nunca he escuchado hablar de él, ni lo he visto en el índice global de las diferentes redes del planeta. “¿conoces el Gilgamesh?”, le pregunto a Seamus. Me responde que no. “Pero existe”. “¿cómo sabes?”. Porque escuché a Bertorá recitarlo algunas noches. “¿y cómo sabes si no es mentira, si no es otro texto implantado?”. “Porque confío en Bertorá. Además, en la isla sabían que el conocía el libro. Eso lo mantenía con vida. La promesa de que él revelaría alguna vez el contenido de ese libro”. Avanzamos unos kilómetros y al detenernos a tomar agua, continuó. “¿todavía no sabes cómo salimos de la isla?, ¿no te lo has preguntado, estando prohibido? Fue Bertorá. Aceptó darles el significado de ese libro, con tal de que nos dejaran salir. Ismael, la isla está en un campo magnético virtual en donde todo puede verse desde cualquier lugar del mundo. Como un enorme microscopio global que puede vernos. Hoy en día, la isla es una cárcel virtual: todo en ella es falso. Las castas, las autoridades, los burdeles, todo. Es un invento de la historia, de los que triunfaron en algunas comunidades. Tú sabes cuales son, las leíste en los documentos. Los espacios vacíos en el continente o en el mar, son cárceles a donde envían a la gente con la mente semi-borrada. Todo es un teatro, un simulacro”. Me aparto violentamente de él y empiezo a dar vueltas, rabioso. “¿Y las criaturas en el mar?, ¿y los datos obtenidos en mi misión?” “Todo es falso”, me responde. Lo miro profundo a los ojos, por un tiempo que parece eterno. “¿Y tú?”, le pregunto. Se queda callado. Se aparta de mí y decide sentarse. Sólo entonces vuelve nuevamente a hablar. “Tu y yo nos fugamos de la cárcel del Dorado. Sí, nosotros dos. En Cumaná, nos separamos. Por una extraña coincidencia, nos volvimos a ver en la isla. En el momento en que llegaste, yo ya había pasado por todo lo que tu ibas a empezar a pasar: la esclavitud, un amo (mi amo se llamaba T), ver el ajusticiamiento para asustarnos, escuchar la historia de las criaturas del mar y los condenados, trabajar en textos, etc. Un día, salí a dar una vuelta y encontré una pequeña cueva. Era una vía extensa de comunicación en la isla. Abajo, estaban todos los implementos tecnológicos con los que puedas soñar. Cámaras en todas partes, registros de cada habitante. Es una farsa, dentro de una farsa, dentro de una farsa. Cuando me percaté que tú abriste los ojos, me ofrecí a ayudarte. Y aquí estamos. La sombra roja tomó el mundo, Ismael, en especial en América. Las buenas intenciones de los fundadores de cada comunidad quedaron en el papel o en su muerte. Así como las de Hithloday. Solo quedamos nosotros dos y otros fugados más, avanzando por la tierra en este continente”. Se detuvo para beber agua; me ofreció, pero decliné. Siguió: “tu memoria fue afectada porque en El Dorado sufriste tortura. Una grave y constante tortura. Y también es posible que hayan colocado una segunda cámara en tu otro ojo y no lo sepas. Yo, Seamus, también trabajo para Leonor, pero por mi lado, soy demasiado anárquico para seguir muchas órdenes. Pero se me pidió el favor de que te llevara conmigo, y aquí estás. Listo, misión cumplida. Ahora cada quien puede tomar su camino; yo, hacia el llano, tú, hacia Manoa”. Decidí entonces sentarme para intentar hilar mejor tanta información. Estiré las piernas y escuché truenos en la lejanía. Llovería más tarde. “Puedo entender todo lo que me dices, Seamus, pero no entiendo aun las criaturas del mar. Son cadáveres, cuerpos. ¿Qué hacía uno de ellos con tecnología?”. Seamus ya estaba perdiendo la paciencia. “Ismael, no lo sé. Quizás fue el primer dispositivo desarrollado antes de la catástrofe, quizás ya los avances de la ciencia eran significativos pero reservados a unos pocos, quizás tuvimos suerte que Pirata capturara precisamente ese. No lo sé. Solo quiero irme a continuar mi camino. Espero estés bien, ya cumplí lo que prometí a Leonor y ella me está viendo por tu cámara ahorita, así que, adiós”. Me dio la mano y se fue. A los pocos metros, se volteó y gritó: “A Pirata lo devoraron los tiburones: no creas en muertos vivientes”. La lluvia comenzó pocos minutos después.


Sábado, hora Nona.
Tomé el camino hacia los valles. Recordé que Seamus se había llevado una de las tabletas y por un momento lo lamenté. En verdad, uno de los dos sería apresado. Espero solamente que algunos de los datos se salven, pues no estoy seguro de que todo haya llegado a Leonor, o haya sido interceptado. En cualquier momento me quedaré sin alimentos y quizás sin las cápsulas de agua.


Sábado, Vísperas
Pude escuchar dos de los mensajes que Leonor me envío estando en el mar. Creo que mientras avance el tiempo, otros podrán desplegarse. Dicen lo siguiente:
Las criaturas son cadáveres de la catástrofe, intervenidos genéticamente para dar terror a los navegantes que se fugan. Son activados sólo cuando eso sucede. Por eso pudiste llegar sin problemas a la isla. Pirata fue enviado allá por nosotros.

Seamus es mi esposo.

La tableta estaría a salvo entonces. Seguiré avanzando.

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