domingo, 3 de junio de 2012

Mecánica del rapto (III)-de la fuga de Ismael Da Silva


TRES.
Caminé hasta La California, crucé la zona de casas e industrias, y tomé el Metrobús antes de Caurimare. Debía ir a La Guairita antes de encaminarme a Chacaíto. El tráfico fluía. Poco después de montarme (no había puesto en el Metrobús), pude ver a unos tres hombres y una mujer conversando. Los hombres, con camisa blanca manga corta, corbata y una placa que decía: Iglesia de los santos de los últimos días. Mormones. Tenían desde hace años una iglesia en Caurimare, y habían captado muchos adeptos desde que construyeron la Catedral en donde antes estaba Plaza las Américas. Dominaban en la zona de El Cafetal. El consumo de café había desaparecido, entre otras cosas. Paganos. Herejes. Mi mirada encendida fue captada por la mujer, en especial al ver mi Biblia y mi vestimenta. Dirigí mi mirada hacia la ventana: justo pasábamos frente a su primera Iglesia. Se habían ampliado: compraron los terrenos del Centro Comercial Caurimare, donde antes según me contaban hubo un cine y lugares donde comer. Parece que también un Quintas Leonor, esas ventas de ropa por departamento, económicas. Ellos acabaron con eso. Extendieron la Iglesia, compraron también una bomba de gasolina que había en frente y unieron los espacios con un puente. Pagaban muchos impuestos a la Alcaldía: ellos lo aprobaron de inmediato. Al avanzar hacia San Luis, pude ver que los tres hombres me observaban con hostilidad. Uno, el mayor, rubio, claramente norteamericano, me preguntó en un español que daba risa, qué hacía por esta zona. Pensé en no responderle, en simplemente sacudir mis zapatos y apartarme de ellos, pero no podía moverme por la cantidad de gente que había en el transporte. Lo encaré: voy a visitar a unos hermanos. ¿Dónde?, me increpó. En La Guairita, respondí. Hizo silencio. Ese espacio será también nuestro, dijo, y sin más, continuó conversando con sus compañeros. La ira del Señor me empezó a abrasar. Levanté el rostro y anuncié con toda la fuerza de mi voz:
Sin profecía el pueblo será disipado: más el que guarda la Ley, bienaventurado él.
El siervo no se corregirá con palabras, porque entiende, más no corresponde.

El Metrobús entero hizo silencio. Ellos se batían de la rabia. Uno de ellos intentó responderme. Su voz daba risa. La voz, infiel, le dije, la voz lo es todo. El Señor habla por mi voz, porque mi voz es de él. Él habla a través de mi, no de ti, y todos aquí pueden constatarlo. Cuando intentó replicarme, le recité con la mayor hondura en mi garganta:
¡Ay de la ciudad ensuciada y contaminada y opresora!

No escuchó la voz, ni recibió la disciplina; no se confió en Jehová, no se acercó a su Dios.

Sus príncipes en medio de ella son leones bramadores: sus jueces, lobos de tarde que no dejan hueso para la mañana:

Sus profetas, livianos hombres prevaricadores: sus sacerdotes contaminaron el santuario, falsearon la Ley.

Jehová justo en medio de ella, no hará iniquidad: de mañana sacará a luz su juicio, nunca falta: más el perverso no tiene vergüenza.

Hice talar gentes; sus castillos están asolados; hice desiertas sus calles, hasta no quedar quien pase: sus ciudades están asoladas hasta no quedar hombre, hasta no quedar morador.

Dije: ciertamente, me temerás y recibirás corrección; y no será su habitación derruida por todo aquello sobre que los visité. Más ellos se levantaron de mañana, y corrompieron todas sus obras.

Esto dice el Señor, les dije, en Proverbios y en Sofonías, pero su ignorancia no les permitirá entenderlo. Esta es la historia de esta ciudad y de todas las ciudades de estas regiones. Estas Iglesias, estos templos suyos, heréticos, caerían por la fuerza de la voz del Señor.

Sin responder, con la cabeza baja, se bajaron en la siguiente parada. El Metrobús siguió su camino hasta el final.
Cuando me bajaba, alguien me tomó por el brazo. Era Ismael. Me hizo señas de que lo siguiera. Caminamos vía Santa Clara, en la misma ruta que la Guairita, y entramos a un Parque. Me dijo que me sentara.
-       Jeremías, cómo estás. Me llamaste. Al principio no te reconocí, sabes, por tu voz.
-       Le pasa a todo el que me ha conocido antes de mi transformación por el Señor.
-       “Entiendo”, me dice sospechoso. Lleva unos lentes oscuros, un sombrero, ropa casual y sencilla. “Te escuché en el Metrobús. Te vengo siguiendo desde hace rato. Sonaste muy fundamentalista Jeremías, no eras así cuando predicabas en la cárcel”.
-       Es que yo soy otro, Ismael. Otro. El Señor vive en mí, en mi voz, y con ella cambio la vida pecadora de los otros.
-       ¿Y si los otros no quieres cambiar?
-       Es inevitable. Estoy seguro que incluso ahora sí lograré que te conviertas.
-       No, Jeremías. No. Mi alma es distinta. Hace tiempo dejó de creer en encantadores de serpientes. Hace tiempo no, nunca.
-       Para mi es imposible eso. Yo no sufro de esas emociones. Soy un hombre espiritual. Este cuerpo apenas es un pretexto.
-       ……….
Ismael se me quedó mirando, cada vez más sospechosamente. Se quitó los lentes y pude ver muchas cicatrices en su cara.
-       ¿Desde cuando tienes eso?
-       Después de fugarme de El Dorado, fui a hacer un trabajo y me atraparon al poco de partir de esa isla.
-       ¿Cuál isla?
-       “Ah, ¿no lo sabes tampoco?” Hice silencio- “Después del terremoto, la mitad de la montaña, del Ávila, se convirtió en una isla, junto con el puerto a sus faldas. Se desprendió y avanzó en el mar. Jeremías, por eso no dejan circular aviones ni nada parecido por el cielo aéreo de Santiago. Por eso esta ciudad dejó de llamarse Caracas: ahora es otra”.
-       ¿Sí aceptas que la ciudad cambiara pero no que yo cambiara?
-       La gente cambia cuando algo horrible le sucede. Y que yo sepa, en El Dorado a ti nadie te puso una mano encima.
-       Tienes razón, pero esos cambios también suceden cuando el Señor interviene. Recuerda a Abraham, recuerda a Moisés, a Pablo.
-       Sí: todos muertos, en especial Pablo. Ese murió de mala manera.
-       Ese no es el punto, el punto es que el cambio es posible. Por favor, no discutamos más esto. ¿dónde está el chip?
-       Ya te dije la información que tengo Jeremías, ya te la dije. Si tu me crees es tu problema. Ya nuestros caminos son distintos, muy distintos. Mi trabajo es acabar con tu Iglesia, con las repúblicas vecinas que los apoyan a ustedes. Lo siento, debo irme.
-       ¿a dónde vas?
-       Me voy a Abreu y Lima, el país al norte de Brasil, federado con ustedes.
-       No entiendo de qué hablas. Ese país no existe.
-       Te han ocultado mucha información. El mundo cambió mucho, drásticamente desde hace tiempo. Venezuela, Brasil, Caracas, son cosas imaginarias. El mundo tiene otros nombres, otras realidades. Y ustedes son un anacronismo más.

Lo vi marcharse, y mientras lo hacía, apagué el grabador. Con este video y este audio, podría hacerlo detener enseguida, apenas con pulsar un botón. Todas las cámaras de la ciudad, las miles sembradas en ella, proyectarían su imagen y sería encontrado inmediatamente. Pero me interesa averiguar primero la verdad. Si los otros tienen el chip. O si los míos lo tienen. 

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