viernes, 18 de mayo de 2012

Diario de Ismael Da Silva (VII)


Domingo, hora sexta.
Es imposible salir de la isla sin permiso. Se condena con la muerte. Me lo reveló Z hace tiempo. Es la peor de las muertes: eres abandonado en mitad del mar, sin comida, en una balsa. Y te entregan un cuchillo. El mar, hacia el norte de la isla da a mar abierto, al océano. La mayoría se corta el cuello a las pocas horas, no soportan el ulular del viento en las olas, ni el silencio de voces humanas.
Además, todo el espacio que va de la Isla a cualquiera de las Repúblicas cercanas, está inundado de tiburones y criaturas peores. Se sabe de su acecho desde la salida en el bote. Lo van empujando hacia alta mar. Hacia la noche, cuando cae el sol, voltean la balsa. Suelen jugar con el desesperado un poco. Lo arrastran hacia el fondo y lo dejan ir, para que suban a buscar aire. Luego de hacer esto unas tres veces, lo devoran. Z lo sabe. Era verdugo. Los verdugos llevaban la balsa hacia más allá de la barrera de coral. Y ahí debían permanecer hasta que se cortara el cuello o las venas el castigado o hasta que era volcado. Luego de los años, las criaturas se acostumbraron a la carne fresca (pues los intentos de fuga se hicieron más y más frecuentes, casi cotidianos). Y entonces eliminaron los cargos. Ahora limpia las calles, cosa que solo a veces hace. Le pagan mejor por contar sus historias en cualquier barra.
Aun así, ese será el camino de salida, al no existir autoaires, ni aparatos sónicos con que desplazarse. No hay ni siquiera superautos, como en Santiago. Deberé volver al mar.

 Lunes, hora Prima.
Anoche, una luna roja, a manera de señal. Debo fugarme pronto, antes de que sea tarde. He visto a los príncipes conversar con los caballos, en ausencia de sus hijos y mujeres. Nadie puede saberlo. Me esperaría la muerte sin chistar. Los nervios y el frenesí no me dejan dormir calmadamente. Sólo sueños y más sueños extraños: Cachapas. Una lluvia de mangos dentro de una celda, y todos recibiéndolos. Después de la primera media hora de pelearnos para recibirlos, no lo hicimos más, pues no dejaban de caer dentro del patio de la celda. Luego, Bagres, Pavones, Pirañas, cuerpos desmembrados, sin piel, de Babas. Pedazos de Anacondas. Horas después, el patio apestaba. Comimos y nos fuimos, dejando los restos de fruta y de carne pudriéndose. Cada quien con su collar de dientes de pirañas.
Supe en la red clandestina que la ciudad de Manoa, a la que dan por cierta todavía y con quien dicen sostener relaciones de comercio, desapareció en el terremoto del 2018. Aun así, quedaron islotes con algunas ruinas. Deberé llegar hasta allá, como punto de encuentro con otros y entonces partir hacia Italia. Tengo las coordenadas; creo que podría alcanzarla, avanzando por el Llano en el continente, y retomándola más allá.

Martes, Laudes.
Hacia el final de la tarde, nos percatamos de la ausencia de luz en la ciudad. Mirando hacia el horizonte, vimos que se extendía hacia otros pueblos. Tardaron en encender las antorchas. En el interín, busqué a Seamus. Apenas cargué con mis cuadernos.
Al llegar a la costa, un dolor penetrante me invadió de desconsuelo: había dejado el Diario de Hithloday. Lo confundí, por la cubierta, por otro: apenas un inventario de verduras y otras tonterías. Seamus me miró. Me dijo que ya no había tiempo de regresar. Nos montamos en el bote y nos marchamos hacia la oscuridad. Había enviado la información, pero quería llevar el archivo original digital. Ya nada podía hacerse. Pirata me observaba con pesadumbre, percibiendo mi tristeza.
Abordamos el bote, y lo impulsamos hasta altamar con remos, guiándonos por la señal de los mapas a los que Seamus tenía acceso. No pude despedirme de Francois ni el Sheriff, mucho menos de Bertorá: los hubiera comprometido. Serían interrogados, y al penetrar en su mente por medio de los barbitúricos que poseía esta raza, se enterarían de todo. Eso les garantizaría la muerte, a tal alta edad y buscando además descanso. No se merecían eso.
Solo me preocupa Josefina, la mujer de Bertorá. Me reveló el lugar desde donde partir hacia el mar, y me entregó alimentos en cápsulas, además de agua.
Me siento muy agradecido con ellos. Espero queden bien.


Martes, hora Prima
Recibí una comunicación de Leonor. Me confirmó la posibilidad de llegar a Manoa. Mi recorrido sería volver a Araya, transitar el continente, y llegar a la ciudad. Luego, esperaría órdenes, transportes.
Seamus casi no pronunciaba palabra, concentrado en el remo. Es mucho mayor que yo, pero su fuerza es apreciable. Mantuve su silencio, lo emulé por un buen rato, remando callado, atento a los movimientos del mar y de las gaviotas. Pero presentí que el silencio no duraría demasiado. “¿qué hablaste con Bertorá?”, me preguntó de golpe. Le conté que de la ruta de las especies y del Gilgamesh. Me dijo que en el Gilgamesh estaban las respuestas. “Bertorá”, respondió, “Trabajó en una traducción del Gilgamesh durante más de cincuenta años. Empezó en la Biblioteca Pública de Nueva York, pidiendo asesoría para estudiarlo. El encargado de lenguas antiguas le preguntó si  dominaba esas lenguas, a lo que él respondió que no. Decepcionado, aún así aceptó ayudarlo. Antes de mostrarle los textos, le preguntó si era rico. Extrañado, Bertorá le preguntó por qué. El encargado de libros le dijo que para trabajar el Gilgamesh hace falta toda una vida, sacrificios familiares, laborales. Solo entregarse al Gilgamesh. Y Bertorá lo ha hecho”. Me mantuve taciturno, reflexionando lo que Seamus me decía. Me parecía inconcebible, Bertorá era casado, quizás tuvo hijos, cómo era posible eso. “Sé lo que te estás preguntando, Ismael”, espetó, “Lo que nunca te dijo el viejo es por qué se fue a la isla. Se fue a ella pues no tuvo otra alternativa. Solo en ella, en la locura de esa isla, podía tener el tiempo suficiente para estudiar la obra. Ya sus hijos (que los tuvieron) habían crecido. Josefina aceptó ir con él, no podía dejarlo solo. Se sabían esclavos, inmigrantes, pero tenían la libertad de estudiar eso que querían estudiar. Josefina lo ha ayudado mucho, siempre”.


 Martes, hora Tercia.
Ya la mañana estaba en su plenitud, pero apenas sentía que avanzábamos. Lo rudimentario de este avance, era desconocido para mí. Remos.  Estaba perdiendo la paciencia. Pude llegar a la isla desde Araya pues tenía coordenadas exactas, propulsores atómicos en los tobillos y antebrazos, y un traje de aluminio líquido. Esto era otra cosa. Ya el sol comenzaba a hacer imperio en nuestra cabeza. Teníamos suficiente agua, pero debíamos llegar en menos de 24 horas remando, sino, cualquier cosa podría esperarse. Pirata se inquieta con las gaviotas y los recién llegados albatros. Lo sereno, le hablo. Me mira, me entiende, pero aun así su mirada sigue siendo la de una criatura escéptica a todo destino, que me acompaña por lástima.
Le pregunté a Seamus a dónde piensa ir él. Me cuenta que a Barbarito, un pueblo fundado por los italianos cerca del Apure, en donde prosperó el comercio de plumas de garza. Dice que puede hacer contactos para llegar a otra colonia italiana, esta en el Amazonas, y ponerse al servicio de ellos contra Abreu y Lima y su persecución contra la Iglesia. Me habla de los Médanos de Apure, no muy distintos en sequedad a los de Coro o a las Salinas de Araya. Del río Capanaparo. De San Juan de Payara. Le digo a Leonor que despliegue un mapa en la cámara. Le pido que lo acerque más. Veo una estatua de Páez. Todas nuestras ciudades están llenas de estatuas de héroes, de gente que triunfó. La historia de los otros, se desconoce. Seamus me habla bien de Páez. Para él, simboliza mucho de lo bueno en los habitantes del Caribe continental. Me molestan las discusiones históricas y cambio de tema. Le recuerdo que a mediodía deberemos comer algo, rápidamente. Me mira directo a los ojos. Dice estar de acuerdo. No le creo.



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