sábado, 19 de mayo de 2012

Diario de Ismael Da Silva (VIII)


Martes, hora sexta.
Desde que coordiné la tableta digital con mi voz, he podido ir dictando lo que quiero escribir, y así no usar las manos. Además, en la isla hubiera sido sospechoso. Leonor no se cansa de advertirme, pero me parece estúpido escribir con las manos, esa costumbre tan antigua.
Al fin, siento que avanzamos, pero debemos detenernos unos treinta minutos a comer algo. Seamus saca las viandas, las abre y, antes de ofrecerme algo, le lanza la carne a Pirata. Me lleno de indignación y se lo reclamo. No lo puedo creer. “¿Qué comeremos ahora?”. “¿alguna vez te preguntantes de donde salía esta carne, Ismael?” “No”. “Es la carne de los sacrificados. Recuerda que la gente de esta isla heredó, por medio de sus indagaciones en documentos antiguos de la isla, tradiciones. La isla es una isla de inmigrantes, Ismael. Esa gente, sus pobladores, su casta sacerdotal, sus autoridades, no eran de ahí. Llegaron de Cubagua, cuando fue abandonada, de La Tortuga, de las costas de Araya y más allá, de la isla de Coche, antes de hundirse. En verdad, no era una isla, era una pequeña península. Luego de la catástrofe, se desprendió y las aguas la rodearon en el espacio en donde está ubicada. Sabes que tuvo una cultura antes, pobladores. Estos se extinguieron ante el fracaso de su proyecto, que tenía cientos de años. Todas las civilizaciones fracasan. Pero esta alcanzó maravillas: extender la edad, rebelarse contra toda moral en contra del cuerpo, supeditar, por medio de la ley, los llamados del cuerpo por encima de los del intelecto. Como Roma con Grecia, los que llegaron fueron tomando mucho de lo que iban aprendiendo de la isla, y lo asimilaron. Por eso hablan muchas lenguas, pues son de varios lugares. Viven entre ruinas, pero eso ya lo practicaban en los lugares en donde sobrevivieron después de la destrucción. El Sheriff, Francois, Bertorá, yo, todos somos, fuimos, inmigrantes de la isla. Apenas tomamos lo poco de la civilización antigua. Sé mucho de ella. Después te contaré. Lo que si debes saber es que la carne que comían era carne humana, pues la de los animales es poca. Todas las criaturas que viste son experimentos de la vieja cultura; se fueron reproduciendo y llegaron a la extrañeza que llegaste a ver”. “Pero ellas no comen carne, ¿por qué le das carne a Pirata?”. Terminó de lanzarle unos pedazos al dálmata, y luego me contestó. “Porque Pirata no es un perro. Es un cyborg animal. Por eso está con nosotros. Fue diseñado para defender a quien escogiera contra lo que sea. Lo que nos ataque, será devorado por él. Lo doy carne, pues su programación se ha hecho lenta con los años, comiendo solo vegetales y frutas. Así, suele calmarse. Ahora, se activará en pocas horas”. Irónico, le digo a Seamus, “Y contra qué nos defenderá”. “Contra las criaturas del mar, Ismael, y cuando estemos en tierra, contra lo que sea”. Me cuesta aceptar lo que dice. Miro a Pirata, lo palmeo, la acaricio el lomo. Sólo al acercarme a él, a su pecho, puedo escuchar su extraño mecanismo activarse. “¿Por qué nunca me dijiste nada, Seamus?” Siguió comiendo y nunca me respondió.
Caminé hacia el final del bote, consternado. Como mis vegetales, viendo casi con rabia al perro, pero al recordar que es carne humana lo que devora, me dan náuseas. En menos de dos minutos, devuelvo lo que he comido por la borda. Al terminar de vomitar, creí ver a alguien mirarme con unos ojos rojos muy cerca de la superficie. Me levanté aterrado. Babeando, volteo a ver a Seamus. “Te lo dije”.


Martes, hora Nona
La señal que me comunica con Leonor, la cámara detrás de mi ojo, se va perdiendo. Intento hacer llegar un último envío de información pero es en vano. No puedo hacer más nada. Tendré que revelarme: Retiro mi ojo de su cavidad, desconecto la cámara, la quito y la arrojo al mar. Luego, aprieto el botón en mi muñeca y mi oreja izquierda. Se despliegan ambos, extraigo los hiperchips, microscópicos, y los inserto, uno en cada uno, en las dos tabletas digitales que traje conmigo. Por nada del mundo podría perder esa información.
Seamus apenas me mira, sin inmutarse, sin sorpresas en sus facciones.


Martes, Vísperas
Debemos estar cerca, pero la noche está por caer. A Seamus le aterra el agua; a mí, las criaturas. Siento que desemboco en la noche más oscura, pero de alguna extraña manera también me place. Tantas cosas en mi memoria no terminan de concordar. ¿Por qué sentía empatía por todos esos datos que recopilaba? Las gaviotas se despiden, los albatros, aun planean cerca del agua. En instantes, varios desaparecen y  manchas de sangre pueblan la superficie del agua. Me repliego al centro de la barca. Pirata se acerca al borde y emite un extraño sonido. Según Seamus, parece que eso los espanta. Me cuesta creerlo. Siento que hemos llegado al final de nuestro camino. En un impulso, le entrego una de las tabletas a Seamus. “Si no llego a sobrevivir, guarda esto. Se pondrán en contacto contigo. En esta tableta está la información que pude dictar del Diario de Hithloday. Debe salvarse”. Seamus me mira irónicamente, y no puede evitar reírse. Lo increpo. Entonces me responde: “el Diario de Hithloday es falso, Ismael. Mejor dicho, no es falso. Está hecho de interpretaciones, retazos, trozos, de otros relatos de viajeros europeos. Si recuerdas con cuidado, hay partes de varios Cronistas de Indias, del diario de Colón, de Robinson Crusoe, de Gulliver, de capitán Ahab, de cualquier aventurero de Stevenson o Conrad. Es falso. Se fue construyendo con los años, agregándole más cosas. Eso lo descubrió Francois, cuando leyó partes de un poema de Cesaire:

            He aquí a través de mi oído tramado de rechinamientos
                        De dientes
            Y de cohetes sincopar de rudas fealdades
            Los cien caballos de raza pura relinchantes del Sol
            En medio del marasmo.

Puro Cesaire, Ismael. El diario es una estafa. O mejor, un documento que se va haciendo entre muchos, y que va tomando matices sagrados. Por eso lo escondían los sacerdotes. Por eso mandan a los esclavos extranjeros a buscar textos en varias lenguas, para traducirlos y seleccionar partes e irlo sumando al Diario de Hithloday. Lo que tienes en esta tableta, es una antología de varios, decenas de textos. No es un documento histórico. Es, quizás, un poema sobre el viaje y sus derrotas, sobre los egoísmos del hombre, sobre el apocalipsis avanzando a través de la historia. Tienes eso: poesía. Si te fijas, después de la tercera parte, casi todo es La Tempestad, de Shakespeare. Lo sé, en nuestra infancia en Irlanda lo leíamos, aunque no nos gustara que fuera inglés. Es otro libro que se ha ido haciendo a través del tiempo, como los viejos textos griegos, judíos o cristianos. Es sólo otro libro sagrado. No hay en él, nada de esa verdad empírica que tú y los tuyos buscan, nada de veracidades, nada de algún testimonio de Utopia, que terminó en fracaso. Sí, sé que ustedes buscan a Utopia. Ya no existe, Ismael, hay que buscarla en otro lado. Por lo demás, todos los intentos de ella en estas costas han terminado como leíste en la isla: son tiranías, fracasos revolucionarios, engaños del hombre en su miseria. Y eso es todo”.
Escuchamos chapoteos en el agua y nos alertamos. Cesaron. No rompí el silencio.

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