domingo, 7 de junio de 2009

Venezia

Venezia

I

No creo en las primeras impresiones. No revelan nada. Los individuos somos complejos y detrás de una mirada profunda puede haber un abismo que nos conduzca al desastre o a una entrada al paraíso. A veces, ambos suceden. Pero más allá de eso, de abismo o no, no sabemos.
El no saber, el afrontar las cosas desde la ignorancia más que el conocimiento es lo que se espera del viaje. Digo ignorancia, porque si me guío por la azafata, bellísima, que me habla solo en italiano aunque le diga que lo hago más lento y pierde la paciencia; o la otra azafata, veterana a pesar de ser un vuelo nacional, que respeta mi desconocimiento del idioma y con expresión sabia me da las indicaciones en inglés, no se que pensar. Creo que el conocimiento no suele aplicar tanto para interpretar. Es todo un obstáculo en el viaje, en este viaje de montañas y cielos altos e infinidad de culturas, musulmanes, hinduistas, y uno, hereje cristiano a las puertas de la Ferrari Shop: elegancia y velocidad en este tiempo del comenzar del siglo. Pasos de Gacela o de Guepardo.

II

A Tráfico y Guaire

San Polo, de mañana, codo a codo con mi hermano. Camino a Lido y un azul inmenso en el cielo y tantos años en sus calles, sus iglesias, sus turistas.
Tanto silencio enferma. Simón y yo añoramos un cañoneo, un golpe de timbales o de piano. Ni un canto de pájaros.
Mujeres de toda Italia la pueblan y uno se acuerda de Giácomo, de los embustes de sus memorias, de sus idas y venidas a su ciudad, de su odio y de cuánto la llevaba encima, como un estandarte.
Yo traigo el mío, también mi hermano: un escándalo lascivo que llevamos en la mirada y en los pasos, llenitas de ron las palabras y como un estandarte el hediondo río.
Tráfico llevamos:
Somos los muchachos más hermosos de esta ciudad.

III

Ayer llegué a esta ciudad y lo que más me impresiona es el silencio. Solo lo acompaña el tac-tac de los pasos en la calle, pasos de mujer sonora la mayoría. Rilke decía que París era la ciudad para morir; Pound, Brodsky y otros escogieron Venezia. No fue tonta su decisión. Esta ciudad va en camino a la muerte, está herida. Sus bases de van desmoronando día a día y lo alto de los costos habitacionales hace que la gente emigre a zonas más modernas y de tierra firme del Venetto. Quieren hacer de Venezia un museo y no se dan cuenta que lo que hace a la ciudad, lo que le otorga aire es el hecho de ser habitada. Aquí la gente vive, cocina, trabaja, estudia, hace el amor, tiene niños, bota la basura, canta y saca los perros a pasear por la plaza.
El silencio de Venezia, su serenidad, son sus habitantes. Vaciarla significaría llenarla de ruidos, de sonidos sin eco, sin sentido.




IV


Paolo ama su ciudad. Su familia la habita desde hace más de cuatrocientos años. Ha vivido fuera, en Dinamarca, pero su alma está en este lugar. Valora salir de madrugada a caminar en soledad, seguro. Su ciudad es su refugio. Uno lo sabe no porque camine con él, a fumar afuera, pues Geyleen, su esposa y mi gran amiga de siempre, no soporta el cigarrillo, sino por aquello que puede ver a la izquierda o derecha de San Polo, el Arsenal o Rialto: Colón demostró la poca verosimilitud de su visión al comparar Venezia con los palafitos que vio en el Lago de Maracaibo. La droga debía correr en el siglo XV. La imaginación medieval era exagerada (uno no entiende cómo pretendían criticar al bueno de Don Quijote sus contemporáneos). Somos hijos de una imaginación desbordada. La palabra que nos nombró venía llena del error que contenía. No hay que tomárselo en juego. El que nombra, crea, y con ello hay una responsabilidad que ninguna cruz puede expiar. Lo entiendo rápido al pasar debajo de Ponte Della Teta, en donde las prostitutas pagadas por el gobierno de la ciudad esperaban a los marineros a su regreso. Eso sí es una forma coherente de nombrar. También en sus pasos, después de los últimos toques de campanas de las iglesias, por parte de Paolo, que le echa un último vistazo a su bote y sabe que lo que se nombró en esa laguna hace más de mil años lleva el temple de la coherencia, aunque se esté derrumbando, como todo lo que se acaba, en el eco diminuto que queda del nombrar, de la primera palabra, la fundadora, dado por el hombre en ese lugar.

V

En la plaza, hombres y mujeres de su tiempo: razas y pueblos con sus olores y sus lenguas, pakistaníes y alemanes, chinos y españoles, caminando codo a codo, sin molestarse, pidiéndole al vecino que les tome una fotografía y viceversa, tolerándose atrás y delante de la fila para entrar al Campanile o a la Basílica.
Nadie ve el abismo de un cuchillo, ni el anuncio de un fusilamiento, ni a niños que lloran balanceándose en el abismo.
De repente suena una gaita escocesa, que encabeza una novia rubia del brazo de su padre, seguida de los acompañantes y los niños. Todos hacemos silencio y al pasar, casi al final de la fachada de la Basílica, alguien comienza a aplaudir la felicidad del otro (o la desdicha, nunca se sabe) y el resto la secunda.
Ninguna bomba estalló, ninguna viuda lloraba a su marido.
Bajo la mirada del santo hemos sido piadosos.
Creo que no debemos pedirnos más.

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