lunes, 6 de julio de 2009

Asalto a letra armada

He tenido varios sueños de ladrón: Ser invisible y caminar por la biblioteca de Rafael Arraiz Lucca, revisar cada libro de poesía venezolana y confirmar de alguna manera si en verdad se los leyó todos para sus antologías y si no fue así, tomarlos; entrar disfrazado de técnico de Directv a casa de Felipe Márquez Brandt y, como un personaje del Cuento Cultural Nº 1, de su libro Bustrofedón, mientras discuto de Bizancio o Miles Davis con él, de cómo los Leones del Caracas son el enemigo perfecto, extasiarme con su colección de discos, libros firmados o primeras ediciones, tarots y juguetes y entre la babieca entre tanta maravilla, entre el desorden que según dicen puede haber en esa cueva de Alí Babá, ubicar todos los libros de Valentín Espinal, ver como esconderlos entre el bolso y la carpetica con logo de la empresa e inmediatamente huir. Organizar una operación comando a casa de Manuel Caballero, entrar cual SWAT bajando en un mecate por el balcón (espero no hayan rejas, sino segueta con eso) y con mucho sigilo encontrar la primera edición del primer libro de Salvador Garmendia, que según escribió antes de morir, debería estar allí y en todo momento hacer caso omiso del resto de los libros e incluso del mismo don Manuel dándome golpes con su azulada boina.......pero ahora ha surgido uno nuevo...entrar como perro por su casa a las Librerías del Sur, y con la destreza que la mafia de robalibros esgrime en nuestra ciudad, en donde se hacen amigos tuyos, te asaltan descarádamente y además tienen el tupé de tomarse un vinito afuera porque sucede que hay un bautizo, poco a poco ir llevándome todo libro alusivo a la magnanimidad de Hugo. Es un sueño limpio, sin mayores tretas que éstas: recorrer cada sucursal y tomar poco a poco del stock de cada una,ver como se acusan unos a otros de imperialistas y escuálidos disfrazados; cómo el Ministro del Interior, el de Comunicaciones, el de Cultura y al final el mismo Hugo señalen la mano peluda de la CIA en tamaña empresa......los llevaría a un lugar oculto, escogido por mi, en donde los iría apilando y colocando en mesas y vitrina, para dentro de unos cincuenta años, apelando al olvido tan nuestro, dejárselo como herencia a mis nietos indicándoles claramente que ese es el Museo de Hugo, un antiguo déspota que se creía Dios de las Américas, primo hermano de María Lionza,y otros signos de falsa grandeza, y que el único fin de este vano Museo es tomar cada uno de los ejemplares y lanzarlos, como a muchacha virgen en algún volcán de Hawai, a la candela en donde se recicla el papel y, cual obra de alguna fuerza celestial o divina,ver aparecer uno a uno, como por acto de magia, cada ejemplar robado de la Biblioteca Nacional por un grupete de mercenarios de la memoria de nuestro país,en los años en que principiaba el siglo:enteros, hermosísimos, como nuevos, aunque en alguno de los ejemplares propablemente aparezca, porque uno no se libra de todo en la vida, una suerte de protuberancia en la página 20, 21 que ingenuamente los muchachos, sin ninguna fechoría de por medio, identifiquen como una verruga sin testigos.

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