martes, 7 de julio de 2009

Eneas, second thoughts

Entiendo poco de dioses, diría Eliot, pero he comprendido que prefiero su cuerpo al Tíber o al más caudaloso de los ríos. Su cuerpo flaco, con sus huesos completos y ese olor a salitre que trae desde el vientre hacia afuera y desde el mar hacia adentro. Su cuerpo flaco, al ritmo de mis ojos al verle, al paso de los grillos devorados en la orilla de esos ríos.
No cesa ningún coro con la muerte. Acepto ser el devoto que vea encenderse la pira, y al acercarte, evitar que te abrases, Dido, entre las llamas de sus lenguas.
Roma tendrá que esperar Virgilio, que me observas con el miedo que Augusto te despierta. Supe, antes que escribieras el descenso, mi encuentro en el Hades con ella. Lleva, mejor tú, en tus espaldas su mirada doliente. Ulises entendió poco esto, y uno aprende de errores ajenos a veces. Déjame con Dido, escribe: enviará un hijo nacido del vientre de ella a fundar a Roma.
Ve delineando tu Arcadia, vela componiendo. Tú serás exiliado de igual manera, como lo será Ovidio y el florentino a quien servirás de guía.
Yo me quedo en Cártago: mejor las largas piernas de Dido a alabar con complacencias a los Césares.

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