lunes, 6 de julio de 2009

La pajita y la cayapa

He vivido en El Cafetal la mayor parte de mi vida. Estudié en la Alfaro Zamora, mejor conocida como La Escuelita. En esos tiempos uno arreglaba las cosas de una manera sencilla: nos veíamos en la Biblioteca Raúl Leoni, que tiene unos espacios en círculo que funcionaban perfectamente como ring de boxeo. La cosa empezaba así: en la cancha o en el patio donde ocurría el primer desencuentro con el otro, luego de miradas frías y empujes, aparecía alguien que ponía una pajita, una hoja, lo que fuera en el hombro del otro y te retaba a tumbárselo. Si lo hacías, sonaba un griterío y se pautaba el combate para la hora de la salida. Y eso era un combate de boxeo: dos en el medio y el resto alrededor en círculo, cual un coliseo en miniatura. El que ganaba, ganaba y ya está. Pero había, lamentablemente, otra versión de la pelea. Te buscaban afuera o, en alguna verbena de colegio, te buscaban varios con vistas a golpearte a mansalva. Generalmente, alguien salía en apoyo tuyo y así, se armaban unas tánganas sin igual que se detenían con la llegada de la policía metropolitana, que hizo estragos en esos años (nunca me detuvieron, pero el recuerdo de un par de peinillazos no se olvida así como así).Participé poco de ambas modalidades. Tuve 3 combates, 2 ganados y 1 empatado. En cuanto a la segunda modalidad, en esos tiempos en que empezaba a fumar, los pulmones estaban enteros y en los cien metros nadie me ganaba. Es decir, corría y no era alcanzado. De todas maneras fui de los tranquilos del colegio, nunca participé de grupos o bandas, como fueron las de Plaza Las Américas o los punketos de Caurimare. Lo más cercano a banda alguna era el grupo de amigos de mi hermano, un año mayor que yo, que contaba con la bicoca de tener en su sección a las muchachas más bellas de todo el colegio. Ese era el combate mayor: que ellas lo vieran a uno. Uno hacía paralelas, barras, estaba en todos los equipos de deportes, trataba de vestirse mejor, etc solo por ellas. Al fin y al cabo, entre un ojo morado y una sonrisa de alguna, ganaba la sonrisa claro está.Hago memoria de esos años, memoria no siempre feliz, pues alrededor de estos sucesos ocurrió uno que viene al caso de lo que quiero decir: en ese tiempo estudió conmigo un muchacho hijo de un ex-guerrillero, miembro del MIR, rebelde por demás. Yo soy hijo de militar, que combatió las guerrillas de los sesenta. Hicimos amistad. Y un día, en vistas del deterioro del colegio (público), decidimos cerrar la calle del frente, y sacar los pupitres rotos como barricadas. Hicimos la que creo fue la primera protesta de corte político del colegio. Hubo convergencia, acuerdo, tolerancia en pos de un objetivo común.Soy profesor en estos momentos en la Universidad Simón Bolívar. He seguido con cuidado el movimiento de los estudiantes y me complace ver quizás aquello que algunos ya sentíamos fue un signo de los tiempos: se lucha por un país de incluidos, no de excluidos. De nada vale el "quitate tu pa ponerme yo" como proyecto de país. Venezuela, en democracia (con sus desastres y horrores, sumamente criticables) ha sido epicentro de la discusión entre izquierda y derecha en el continente y el mundo. Hemos visto empresarios nacionalistas y gente de izquierda que rompe con la línea soviética y cubana. Hemos tenido personajes como Eugenio Mendoza y Gustavo Machado en nuestro haber, así como a Hans Neumann y Teodoro Petkoff, por decir algunos. Bajo esa línea, se mueven los jóvenes de hoy. Jóvenes que son hijos de la caída del Muro de Berlín y ahora de la caída de la Bolsa de Nueva York. Entre la crisis de la izquierda y la crisis de la derecha debe prevalecer el acuerdo, el diálogo, la tolerancia: la convergencia (y no hablo de la agrupación política de hace unos años).A pesar de esto, el gobierno, de una forma más que suicida, insiste en descalificar a los estudiantes. ¿Qué va a hacer, pasarles un tanque por encima como hicieron los chinos en Tiannamen?. La juventud, los estudiantes son la rebeldía, son los que critican, los que señalan, los que preparan los tiempos de cambio. Son también, por desgracia, la carne de cañón, los héroes y mártires. Como profesor, como admirador de mis estudiantes y por el profundo respeto que les tengo, hago un llamado a que se les de el lugar que les corresponde: el presente. Ya basta de futuros. La modernidad se ha levantado sobre esa promesa constante de futuro en detrimento del presente que nos corresponde a todos, en especial a los jóvenes. ELLOS son la gran mayoría del país, y ellos toman las calles, protestan, se niegan a vivir un país de comiquita en donde el super héroe representa la metástasis de 30 años (10 ya de ellos) de corrupción y de burla del presente de ellos, en donde el super héroe no sabe que en cualquier momento pierde.No podemos seguir siendo nosotros los muchachos de un tiempo pasado. En este tiempo, la paz vale mucho más que tumbar una pajita y terminar con un balazo. El cambio real, maduro, adulto, vale más que creerme dueño del poder por tener una moto y en bandada, caerle a cayapa a las mujeres y los ancianos en la calle y luego correr.Ser valiente, en estos días, nos es reírse de los muchachos e insultarlos. No es creerse el papaúpa al que todas las mujeres quieren darle un muchacho. Ser valiente es levantarte a las 4 de la mañana porque vives en los valles del tuy o Guarenas tienes clases a las 7:30 de la mañana en Sartenejas. Y tienes exámen. Y te quieren quitar la oportunidad de labrar tu futuro y construírlo.Ser valiente es dejar atrás la pajita y la cayapa, dejar atrás la inmadurez de tus 50 años Hugo y respetar la madurez de aquellos que tienen 18 años.

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