lunes, 6 de julio de 2009

El desierto de la red: cultura Google y sacralidad de las palabras

" y de repente había visto en sus ojos el desengaño, el momento en el que el alumno nota que su profesor se anda por las ramas y no sabe las respuesta. Seguí fluctuando todavía algo sobre hora y duración, pero ya había delatado mi impotencia. Cuando se marchó-como una mujer-supe que había desengañado a una niña, y esto también forma parte de mi profesión: la corrupción de menores. A través de la demolición de tu propia autoridad los remites a un mundo sin respuestas. No es agradable convertir en adultas a las personas, sobre todo si aún resplandecen."

La historia siguiente.Cees Nooteboom

La impotencia como profesor que puedo sentir latiendo en las venas no nace del salario que uno devenga, de los largos períodos sin cobrar y de esa espera interminable y burocrática paraaspirar a un cargo con los beneficios más básicos que puedan existir. Mi impotencia se marea entre un pasado enfermo que nos cerca y no nos deja tranquilos y un presente que se desintegra. Hablo del pasado y el presente de las palabras, del idioma que hablamos, disfrutamos y padecemos.Mis alumnos no suelen pasar los veinte años y ya llevan una carga muy pesada sobre los hombros: les enseñaron a desconfiar de las palabras. Sus queridos profesores de primaria o secundaria (estoy seguro que algunos se salvan, pero tampoco me lleno de vastas ilusiones) les hicieron hincapié en lo duro, difícil que es aprender a leer y escribir y en lo complicada que es la lengua española (¡imagínense muchachos....es considerada una de las lenguas más difíciles de aprender por los extranjeros por su gramática!). Tenían que sentirse realizados si lograban colocar todos los acentos donde iban, o si sabían determinar donde iba un punto y coma, por ejemplo. Ellos (y nosotros), hemos padecido una educación de nuestro idioma en donde la clave de todo está en el sufrir y en la abnegación. Por alguna extraña circunstancia de la historia, en nuestras aulas de clases no han sido ajenos nunca ni el olor del incienso ni la bota militar. Nos hemos movido entre esos elementos tan peninsulares hasta nuestros días. Es decir, el sacrificio de beatas y el uniforme del colegio (por eso el afán de rayar las camisas cuando nos graduamos de bachilleres), esa inutilidad, nos han marcado. Y esto se hizo extensivo a las palabras.Me encuentro con múltiples casos de alumnos que llegan a mis clases detestando ver Lenguaje, Castellano, Taller de Escritura, lo que sea. No les gusta escribir, y la lectura no les quita el sueño. Lo entiendo completamente, más cuando recibimos, como bien dijo Rafael Cadenas en su momento, clases de Gramática, no de Castellano. Es casi imposible para un muchacho de 17-18 años identificar el idioma que habla todos los días con "eso" que le piden escribir o leer. Y lo entiendo pues su penar viene del pasado gris ante el idioma y desemboca en un presente hecho de pantalla de computadora o Blackberry. Viven inmersos en la cultura Google. Todo está. Click y ya está. Para qué libros, para qué Bibliotecas (y las opciones en la red aún no son exploradas y decantadas como se debería). No hay una relación a partir de los sentidos y por tanto, no hay una relación desde el cuerpo con el conocimiento del idioma. Amo la tecnología, pero debemos darle espacio a la lentitud, así sea dentro de la misma tecnología.El idioma está hecho para saborearse (recordemos a María Fernanda Palacios), decantarse. Para jugar con él, explorarlo, disfrutarlo, recrearlo. No nos enseñaron eso. No nos enseñaron a escuchar las palabras, a identificar su sonido. Nadie lee en voz alta, nadie escucha el repicar de las palabras contra el universo. Y no por exceso de silencio, o por esa presencia fundamental que es el mismo en el concierto del idioma: es por ruido. El ritmo de la modernidad hace que todo sea rápido, veloz, apurado. No es lo mismo la eficiencia que reclamamos en esa rapidez al metro o al chofer de autobús, o a la persona que va en el carro de al frente y no ha visto que el semáforo cambió y aquello que deseamos recibir de lo que nos gusta. Nada más triste que un sexo eficiente. O una comida llena de exactitudes.Me encuentro con alumnos que no identifican elementos comunes en el lenguaje diario con lo que leen en un texto. Algunos, no logran descifrar una ironía. Llegan así del bachillerato y posiblemente algunos culminen sus carreras no en mejor forma. Se les enseña a ver el lenguaje, a visualizar al idioma que hablan exclusivamente como un objetivo comunicativo. ¿y el placer del idioma?, ¿y su música, su plasticidad?. ¿Cómo puede conocer uno un idioma si no se da la oportunidad de escucharlo en toda la extensión sonora de sus vocales abiertas o cerradas?,¿en la vibración de las erres?, ¿en su no-exactitud?.Aparte de esto, me encuentro con muchachos capaces de mostrar su punto de vista, su pasión por algo que lo conmueve y con su incapacidad de ponerlo por escrito. Corrijo: su supuesta incapacidad. Han crecido bajo la premisa estúpida de un bachillerato que divide a las personas en humanistas y científicos, como si uno fuera una raza de Cocker Spaniels (¿ingleses o americanos, cual será más lindo?. este es más grande, este más peludo, bla, bla, bla). La excesiva tecnificación de la vida nos invade. La exactitud, la pulcritud, la perfección (supuesta perfección) nos rodea. ¿y lo insensato?, ¿y quebrar paradigmas?,¿y lo no-racional?. Creo firmemente que la dificultad que puede tener un adolescente para construir un discurso, un ensayo, no nace de su sentido no desarrollado del orden lógico en ese discurso, sino por su casi imposibilidad de atreverse a correr riesgos con las palabras. Si me equivoco (y no hablo de comas, nisiquiera de redacción), me raspan. Los muchachos desconfían de las palabras, de la capacidad que puedan tener para expresar lo que quieren decir. Y los entiendo. Por eso hace mucho tiempo se mudaron a la calle de la música. El ritmo, el golpe de los tiempos, transmite mucho. Y les han presentado un idioma en donde eso parece que no existiera.Una generación levantada sobre la cultura del SMS, del Chat, con sus premisas de rapidez comunicacional frenética no sabe detenerse, respirar. Respirar. Al escribir, hay que dejar a las palabras respirar, tomarse su tiempo, y eso incluye las diversas opciones de escritura que hay en la red,comenzando por el blog. ¿Pero cómo hacerlo si vivimos en un mundo en donde ya no hay tiempo para nada? El ocio es una "pérdida de tiempo". Nacemos con un minutero que determina eficiencias.Tengo la sorpresa de encontrarme con alumnos que cuando conocen esto, se sueltan, se aventuran a contar, narrar, ensayar sus vidas, sus opiniones, miedos, terrores. Incluso sus secretos. No hablo de sesiones de autoayuda ni de alcohólicos anónimos. Hablo de muchachos que tienen mucho que decir pero no les enseñaron cómo. Ante las palabras, para con las palabras, se sienten en un desierto. Y no hay oasis. Pues muy bien, han querido descubrir el carácter sagrado de ese desierto, de ese velar por la palabra necesaria. Y ya muchos lo han encontrado o van muy bien encaminados.En este día, a estas alturas del trimestre que finaliza, el semestre que comienza, ya ni lo sé muy bien, puedo dormir bien. No todo está perdido. Tengo la felicidad de ver a muchachos, adolescentes que han descubierto un rito de antaño: sentir la sacralidad en las palabras.Pero hay que seguir velando. No quiero que sean adultos todavía. Quiero que hagan la luz necesaria con sus palabras. Quiero que brillen en toda la extensión de sus palabras, reflejadas en el brillo contento de sus ojos.

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