martes, 7 de julio de 2009

Firenze, Palazzo Pitti

Llegamos en tren. Caminamos bajo la lluvia arrastrando las maletas hasta la vía XXVII Aprile en donde dormiríamos. A la tarde, bajamos por la vía Camillo Cavour hasta la Piazza del Duomo. Seguimos bajando y nos perdimos hasta dar con Santa Croce, en donde rendimos respetos a Dante, Maquiavelo, Galileo. Avanzamos hasta el Pallazzo Vecchio y la Galleria degli Uffizi. Pero ellos serían vistos mañana. Seguimos y desembocamos en el Ponte Vecchio y el Arno. Ahí te vi. Seguías hacia el Pitti y le sugerí a mi hermano que fuéramos allá. El Pitti fue comprado por los Médici cuando Luca Pitti y su familia se arruinaron.Fue ampliándose con los años. Entraste a la Galería Palatina y a los Aposentos reales. Tenías el cabello oscuro y largo, las cejas finas. Sin ser muy alta, eras larga. Los ojos de almendra oscura, no muy grandes. Preferiste la sala de Júpiter antes que las de los holandeses.Te detuviste al frente de un cuadro de Caravaggio. Y volteaste. Si, eras del norte a pesar del cabello oscuro. Sonreíste con los ojos con el cuadro atrás y toda la luz de Italia entró en ese cuarto, callado y oscuro. Bajé los ojos. Seguías mirando. Entró mucho gente y aún así me buscabas. Terminé en el baño que Napoleón adaptó para él preguntándome porque uno sigue a alguien por tan largo trecho y después no puede continuar.
Al bajar al Ponte de nuevo, a la luz del sol sobre el Arno te vi caminar alejándote: Es la belleza, la luz de Italia en mayo iluminándote y tú iluminándola. Es la belleza toscana que mezclada con la tuya, lombarda, turbia te enceguece.
Es la Belleza, que también acobarda.

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